Alejandro Había tenido un presentimiento desde temprano. Esa sensación incómoda que te recorre la espalda cuando el día promete problemas. Y no me equivocaba. A media mañana, Bertita asomó la cabeza por la puerta. -Licenciado Rodríguez, el señor Rodrigo Fernández está aquí. Dice que tiene una reunión con usted. Mi estómago se apretó. Claro que sí. Rodrigo Fernández. El empresario encantador, sonrisa de anuncio y auto de lujo, que ahora venía a irrumpir en mi oficina. -Dígale que pase -dije, intentando sonar neutral. Entró con paso tranquilo, impecable en su traje color arena, una seguridad que rozaba la insolencia. Extendió la mano. -Alejandro, un placer volver a verte. Sonreí con el tipo de sonrisa que se usa para una foto institucional. -Lo mismo digo. ¿A qué debo el honor

