PATRICIA
—Te lo digo, Marisol, ni siquiera se enfadó, simplemente asumió el papel de padre—, le dije a Marisol cuando Samantha y yo llegamos a casa.
—No sé, siento que un tipo así no aceptaría automáticamente a la hija de una mujer como suya sin querer algo a cambio—, me dijo. Solo suspiré.
—Quizás tengas razón, pero por ahora Samantha es feliz—, le dije, y ella estuvo de acuerdo.
Antes de que pudiera responder, tres traviesos bajaron corriendo las escaleras y se lanzaron a mis brazos, casi tirándome al suelo.
—Hola, chicos—, me dieron besos en la mejilla y en la frente.
—Los amo a todos, pero ¿cuántas veces les he dicho que no bajen corriendo las escaleras?—, les dije con severidad. Valeria y Daniela parecían culpables, pero Marcus no.
—La tía Marisol nos deja bajar corriendo las escaleras—, me dijo con una sonrisa maliciosa.
Siempre le encanta meter a alguien en problemas cuando puede.
—Pequeño...—, empezó Marisol, pero la interrumpí.
—Tiene tres años—, le dije mientras negaba con la cabeza.
—Ya has visto a Patricia, ya has visto que sabe lo que hace—, dijo enfadada.
—Sí, ya sé que es un niño en una casa llena de niñas y que tiene que entretenerse de alguna manera—, le dije mientras le revolvía el pelo a Marcus.
—Vale, suban todos arriba para que podamos hacer las maletas para ir a casa de papá—, les dije. Todos corrieron rápidamente escaleras arriba y yo les grité que no corrieran, pero se rieron.
—Marisol, ve a ayudarles, tengo que preparar la cena para que mi padre no tenga que darles de comer—, le dije, y ella asintió antes de subir las escaleras.
Entré en el salón, donde había dejado a Samantha, ya que se había quedado dormida en el sofá.
No había dormido la siesta porque había estado muy ocupada con Richard.
Después de ver cómo estaba, fui a la cocina y saqué los ingredientes para hacer una cazuela de atún.
Cuando la cazuela estuvo lista, Samantha entró arrastrando su mantita y frotándose los ojos. Se acercó a mí, levantando los brazos por encima de la cabeza y murmurando “mamá”. Rápidamente la cogí en brazos y la acuné contra mi pecho. Ella empezó a jugar con mi pelo y mi boca.
Bajé las escaleras y grité que la cena estaba lista. Valeria bajó de la mano de Daniela y luego Marisol bajó con Marcus en brazos, que estaba inquieto.
Cuando vi que estaba a punto de llorar, se lo quité a Marisol para que no hiciera una rabieta.
—Mamá, tengo hambre—, dijo mientras se frotaba la barriga y me miraba con ojos de cachorro y un hermoso puchero.
—Lo sé, cariño, la cena está lista. ¿Qué te parece una cazuela de atún?—, le dije con entusiasmo en los ojos, mientras los suyos se iluminaban. Rápidamente senté a los trillizos en sus tronas mientras Marisol empezaba a servir la comida. Cuando todos estuvieron sentados, fui a ponerles leche en sus vasos con boquilla y un poco de Sprite en una taza de princesas para Valeria.
Todos comimos en un silencio tranquilo hasta que Marcus empezó a tirar la comida y Daniela se puso a llorar porque no tenía su taza de Elsa. Supongo que oficialmente había terminado de comer. Después de limpiar, subí corriendo, cogí las cuatro bolsas y volví a bajar. Marisol les estaba poniendo las chaquetas mientras yo les calzaba los zapatos.
Trabajamos en equipo para sacar a los niños de casa, porque si no nos dábamos prisa, empezarían a ponerse nerviosos y nunca nos iríamos. Cuando por fin llegamos al coche, nos subimos a mi todoterreno: los trillizos en sus sillitas en la primera fila de asientos, Valeria en la fila trasera y Marisol en el asiento del copiloto.
—Sabes, realmente no sé cómo haces todo esto tú sola—, me dijo Marisol.
—¿Por qué?
—Dan mucho trabajo y tú eres una sola persona. Eres muy valiente, solo tienes 25 años y cuatro hijos menores de nueve. Yo nunca podría hacer lo que tú haces—, dijo con simpatía, y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero me contuve.
—Gracias, aunque tú también haces mucho trabajo—, a lo que ella resopló y dijo que no, que no lo hacía. Finalmente, llegamos a la entrada de la casa de mi padre. Salí y desabroché los cinturones de Daniela y Marcus, mientras Valeria me seguía. Marisol había desabrochado el cinturón de Samantha desde el otro lado. Marcus me agarró rápidamente de la mano mientras yo cogía sus bolsas y empezábamos a caminar por la acera. Cuando llegamos a la puerta, llamé rápidamente y se abrió de par en par. Me encontré en los brazos de alguien mientras un perro me lamía la mano.
—Hola, papá—, le dije contra su pecho.
—Hola, pequeña—, me dijo mientras me besaba en la cabeza.—Entren, entren—, dijo cuando me soltó. Entramos rápidamente en su casa y mis hijos se pegaron a los tres pitbulls de mi padre. Probablemente eran los perros más bonitos y simpáticos del mundo, de lo contrario no les habría confiado a mis hijos.
Mi padre se dio la vuelta sonriendo, pero su sonrisa se desvaneció rápidamente cuando vio a Marisol.
—Hola, Marisol—, dijo educadamente.
—Hola, señor Fernández—, respondió ella con una sonrisa sincera. Esa fue toda su conversación. Mi padre culpa a Marisol de haberme conseguido el trabajo que tenía antes de ser secretaria.
—Mamá, quiero un cachorro—, dijo Marcus acercándose a mí con ojos de cachorro y con los brazos alrededor de Williams, el pitbull blanco y marrón.
—Quizás cuando seas mayor—, le dije mientras le revolvía el pelo. —Vale, papá, la hora de acostarse es a las 8, ya les he dado de comer, necesitan un baño, solo agua o leche, y eso es todo—, le dije.
—Patricia, a pesar de lo que puedas pensar, yo te crié y los he cuidado muchas veces—, dijo riendo, y yo también me reí.
—Bueno, tengo que irme—, le dije, y Marisol salió por la puerta tan rápido que casi dejó una huella con forma de cuerpo en la puerta, como en los dibujos animados.—Vale, mamá los verá mañana—, les dije a mis bebés mientras los abrazaba y besaba a todos.
—Adiós, mami—, dijo Daniela mientras me besaba en la mejilla.
*
—Vale, hora de vestirse—, dijo Marisol mientras rebuscaba en mi armario.
—Estoy tan feliz de que hagamos esto—, dije tumbándome en mi cama.
—Estoy lista para la fiesta—, gritó.
Puede que tenga 25 años y hijos, pero sigo saliendo de fiesta