Penétrame

1530 Palabras
PATRICIA Cuando llegamos al club, había una cola muy larga, pero Marisol me arrastró hasta la parte trasera del club, donde su amigo el camarero nos dejó entrar por una salida de emergencia. —Tomemos unos tragos—, me gritó Marisol al oído. En ese momento me alegré mucho de haber elegido el vestido con aberturas, porque hacía mucho calor allí dentro. Cuando llegamos a la barra, el camarero, que se llamaba Harold, nos invitó a cuatro tragos. Dos para cada una, que nos bebimos rápidamente. Normalmente puedo con tres tragos, pero Marisol solo puede con dos. —¿Nos pones dos martinis, por favor?—, le dijo Marisol a Harold con voz pastosa. Él se apresuró a prepararlos y, cuando estuvieron listos, nos los entregó y le guiñó un ojo a Marisol. Yo solo me reí y di un gran trago a mi bebida. —¡Patricia!—. Oí que me llamaban y vi una maraña de pelo rubio corriendo hacia mí. Era Irlanda. —Hola, Irlanda—, le sonreí y ella se apresuró a darme un abrazo. —¿Con quién has venido?—, me preguntó. —Oh, lo siento, esta es mi mejor amiga, Marisol, y Marisol, esta es la hermana de Richard, Irlanda—, dijo Irlanda, estrechándole rápidamente la mano. —¿Con quién estás tú?—, le pregunté a Irlanda. —Con Richard y mi novio—, respondió, y yo sonreí. Richard está aquí, no sé si debería estar contenta o nerviosa, pero me da igual. —Vengan con nosotros—, dijo Irlanda, agarrándonos a ambas de la mano y arrastrándonos por el club. Cuando llegamos a una mesa, un atractivo chico rubio estaba sentado a un lado y mi sexy jefe, al otro. En cuanto llegamos, Irlanda prácticamente se tiró encima de él y empezó a besarlo apasionadamente, así que rápidamente desvié la mirada. Miré a Marisol, que parecía decepcionada, porque estaba claro que le gustaba ese chico. —Patricia—, me saludó Richard con la cara roja, como si llevara horas bebiendo. —Señor Guzmán—, le saludé sintiéndome incómoda. —Fuera de la oficina soy Richard. —Esta es Marisol, mi mejor amiga. Él le estrechó la mano rápidamente y la saludó. Irlanda levantó la cabeza del chico que supuse que era su novio. —Sientanse, chicas, no es como si fuéramos desconocidos. Ah, y por cierto, este es mi novio Diego—, dijo rápidamente. Marisol y yo decidimos dejar a la pareja en ese lado, así que nos apretujamos en el lado de Richard de la mesa. Después de unos 20 minutos de conversación entre Marisol, Richard y yo, él se volvió hacia la pareja que se besaba. —Oigan, cálmense con el intercambio de saliva, sigo siendo su hermano—, le gritó a Irlanda, quien lo miró con ira, pero dejó de besarse. —Deberíamos tomar tragos—, dijo Marisol antes de levantarse de un salto y correr hacia la barra. —Genial—, gemí. —¿Qué?—, dijo Richard mirándome. —Marisol no aguanta mucho, dos tragos es su máximo y ya se ha tomado dos y un martini, así que ahora mismo está destrozada—, le expliqué y Irlanda se rió. —¿Tú eres de poco aguante?—, preguntó con una sonrisa burlona. —No tanto como ella—, respondí justo antes de que Marisol apareciera con doce tragos. —Marisol, no, no vas a beber tres—, la regañé. —Venga, vive un poco, ahora mismo no estás siendo una madre, ahora mismo eres una mujer soltera de veinticinco años que necesita divertirse un poco—, y yo no podía estar más de acuerdo. Los cuatro pusimos tres tragos delante de nosotros. Los bebimos muy rápido y me di cuenta de que Marisol estaba muy borracha porque estaba en la pista de baile intentando hacer twerking, pero no podía, así que parecía rara, pero todos los chicos la rodeaban. Yo solo me reí. Miré al otro lado de la mesa a Irlanda y Diego para ver cómo seguían con lo suyo. Estaban peor que unos adolescentes de 16 años. Básicamente, solo quedábamos Richard y yo, pero antes de que pudiera hablar con él, Marisol corrió hacia mí, me agarró de la mano y me arrastró a la pista de baile. Estaba casi tan borracha como Marisol, pero aún conservaba un poco de sentido común. Marisol y yo nos restregamos la una contra la otra hasta que un chico se acercó por detrás y empezó a frotarse contra nuestras espaldas. Empecé a restregarme contra él sin importarme quién era. Miré a Marisol y vi que hacía lo mismo, pero me sonreía y me señalaba con la mirada detrás de mí. Giré la cabeza hacia un lado y vi a Richard. Él se dio cuenta de que lo miraba y me guiñó un ojo. Apoyé la cabeza en su hombro y seguí restregándome contra él. Estuvimos así un rato, hasta que él empezó a besarme el cuello y a pasar sus manos por mis brazos y muslos. Gemí en silencio cuando tocó un punto detrás de mi oreja. En una fracción de segundo tomé una decisión. Me giré entre sus brazos y uní mi boca a la suya, y él rápidamente empezó a besarme. Probó con su lengua el borde de mi boca e inmediatamente la abrí, y su lengua se coló y empezó a masajear la mía. Básicamente estábamos frotándonos en la pista de baile porque, de alguna manera, su rodilla acabó entre mis piernas y yo me restregaba contra esa pierna. Se apartó del beso y me miró a los ojos, todavía respirando con dificultad. —Vámonos de aquí—, dijo sin aliento, y yo asentí rápidamente. Me agarró de la mano y me sacó del club. Había una limusina aparcada en la acera y nos subimos a ella. Justo cuando se cerró la puerta, nos abalanzamos el uno sobre el otro. Nos besamos como si nuestras vidas dependieran de ello, los dientes chocaron y ambos dejamos escapar gemidos. Estaba a punto de quitarme la camiseta cuando la limusina se detuvo y llamaron a la puerta. Salimos corriendo y, cuando estuvimos fuera, me di cuenta de que estábamos en mi casa. Antes de que pudiera decir nada, me arrastró hasta la puerta principal. —¿Dónde está la llave?—, murmuró. Alcé la mano, la cogí de encima del marco de la puerta, la bajé y abrí la puerta. Me empujó dentro de la casa y cerró la puerta de un portazo y, antes de que me diera cuenta, sus labios estaban de nuevo sobre los míos y me empujó contra la pared. Gemí cuando introdujo su lengua en mi boca y él gimió al sentirlo. Al segundo siguiente, estaba en sus brazos y me llevaba escaleras arriba. —¿Qué habitación?—, gruñó. Señalé una puerta al final del pasillo y se apresuró a llevarnos allí. Cuando finalmente llegamos, yo estaba en mi cama y él estaba atacando mi cuello con sus labios, chupando y lamiendo todo lo que podía encontrar. Sentí cómo su mano se deslizaba por mi vestido antes de rasgarme las bragas y el vestido, luego se inclinó hacia atrás y se quedó mirando mi cuerpo desnudo, ya que no llevaba sujetador debido a que mi vestido era muy escotado. —Estás tan buena—, gimió mientras recorría mi cuerpo con sus manos. Ya no podía quitarle las manos de encima, así que alcé los brazos y le arranqué la camisa, prácticamente partiéndola por la mitad. Luego se inclinó hacia atrás y empezó a besarme el cuello y la clavícula antes de bajar a mis pechos, donde chupó mis pezones color chocolate en su boca, uno a uno, alternando entre ellos de vez en cuando. Luego bajó por mi estómago y se detuvo en mi ombligo, tomando mi piercing en su boca y tirando suavemente de él. —¡Oh!—, gemí, y pude sentir su sonrisa burlona. Bajó hasta mi centro, donde se puso manos a la obra chupándome y lamiéndome, y yo alcé la mano y le tiré del pelo, haciéndole gemir y enviándome maravillosas vibraciones. Cuando terminó, volvió a subir y pude ver mis fluidos en sus labios, así que alcé la mano y aplasté mis labios contra los suyos. Podía sentir su erección presionando contra mi muslo. —Te necesito—, gemí contra sus labios y él asintió antes de coger un condón y ponérselo. —¿Estás segura?—, preguntó mirándome a los ojos y yo asentí. Me penetró cuando menos lo esperaba y gemí más fuerte de lo que creía posible, y él también. Aceleró el ritmo y nuestros huesos de la cadera chocaron, provocándome un dolor delicioso, pero también placer. Grité su nombre cuando me corrí y él gimió el mío mientras seguía penetrándome lentamente. Cuando terminamos, se retiró y tiró el condón al suelo, pero a mí me daba igual. Me cubrió con las mantas y me abrazó, y yo caí en un sueño tranquilo.
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