El Mercedes n***o de Mateo Altamira no llegó a las siete; llegó a las seis y cincuenta y ocho.
En el mundo de Mateo, incluso el tiempo parecía doblarse ante su voluntad. Cuando bajé las escaleras de mi edificio, sintiendo el roce de la seda verde contra mis muslos y el vértigo de los tacones de aguja, el chofer ya me esperaba con la puerta abierta. No dijo una palabra, pero su mirada profesional se detuvo un segundo de más en mis ojos. Ya no había lentes de contacto. Ya no había vuelta atrás.
El trayecto hacia el Casco Antiguo fue un borrón de luces de neón y lluvia fina. Mi reflejo en el cristal blindado me devolvía a una extraña: el cabello recogido en un moño desordenado pero elegante, la piel brillante y esos ojos bicolores que ahora, bajo la luz de la ciudad, parecían gemas engarzadas en un rostro pálido por los nervios.
El evento se celebraba en un antiguo convento restaurado, un edificio de piedra colonial que exudaba una opulencia silenciosa. Al bajar del coche, el flash de un fotógrafo me cegó por un instante.
—¡Señorita Vega! ¡Por aquí! —gritó alguien.
El pánico me atenazó la garganta. "Jimena". Todavía tenía que ser ella. Pero antes de que pudiera colapsar, una mano firme y cálida se posó en la pequeña de mi espalda. El calor atravesó la seda del vestido al instante.
—Respira, Lucía —susurró Mateo a mi oído. Su voz era un ancla en medio del caos—. Mira al frente, sonríe y no te detengas. Estás conmigo.
Me giré para mirarlo. Mateo estaba impecable en un esmoquin n***o a medida. La camisa blanca resaltaba el bronceado de su rostro y la dureza de sus facciones. Se veía devastadoramente guapo, pero era la seguridad que emanaba lo que me obligó a enderezar los hombros.
Entramos al gran salón bajo un arco de flores exóticas. El murmullo de la élite panameña —dueños de bancos, magnates del canal, herederos de fortunas coloniales— se detuvo por un segundo cuando Mateo Altamira hizo su entrada. No era solo por él; era por la mujer que llevaba del brazo. Sentí las miradas como agujas: críticas, curiosas, envidiosas.
—Mantén la cabeza alta —me ordenó Mateo en un susurro mientras saludaba con un leve asentimiento a un senador—. Eres la obra de arte más valiosa de esta sala. Actúa como si lo supieras.
—Es difícil actuar cuando siento que todos pueden ver que mis zapatos cuestan más que mi alquiler —respondí entre dientes, manteniendo una sonrisa fija.
Él soltó una risa baja que vibró contra mi brazo.
—Esa honestidad es tu mejor arma. No la pierdas.
Pasamos la siguiente hora en una coreografía de presentaciones superficiales. Mateo se movía por el salón como un tiburón en un arrecife, dominando cada conversación sin esfuerzo. Yo me limitaba a asentir, a beber pequeños sorbos de una champaña que sabía a nubes y a vigilar que nadie se acercara lo suficiente como para notar que no sabía nada de la política editorial de Vanguardia.
Sin embargo, el peligro no vino de un periodista, sino del pasado.
—¡Mateo! Qué sorpresa verte tan bien acompañado —dijo una voz femenina, afilada como un cristal roto.
Una mujer de unos treinta años, vestida con un diseño rojo fuego que gritaba "atención", se interpuso en nuestro camino. Sus ojos recorrieron mi vestido con desprecio antes de clavarse en los de Mateo.
—Isabel —respondió él, y su voz se volvió de hielo—. No sabía que habías regresado de Madrid.
—El aburrimiento es un motor potente, querido. —Ella se volvió hacia mí, entrecerrando los ojos—. Y tú debes ser la famosa Jimena. Qué extraño... conozco al dueño de Vanguardia y me aseguró que su mejor periodista era una rubia de metro ochenta con una cicatriz en la ceja.
El corazón se me cayó a los pies. El aire en el salón pareció volverse denso, irrespirable. Miré a Mateo, buscando una salida, una señal de que debíamos correr. Pero él no se inmutó. Su mano en mi espalda se cerró con un poco más de fuerza, un recordatorio de que él tenía el control.
—Jimena es muy celosa de su imagen pública, Isabel. Lo que ves es el resultado de una mujer que sabe cuándo ser una sombra y cuándo ser un incendio —dijo Mateo, y por primera vez, me miró con una intensidad que me hizo olvidar a la mujer de rojo—. Además, las descripciones de terceros nunca le hacen justicia a la realidad. ¿No estás de acuerdo?
Isabel soltó una risita tensa, dándose cuenta de que no ganaría esa batalla.
—Por supuesto. Disfruten de la noche... mientras dure el disfraz.
Cuando ella se alejó, sentí que mis piernas cedían. Mateo me guio rápidamente hacia un balcón apartado que daba al mar. El aire salino y el sonido de las olas rompiendo contra las murallas del Casco Antiguo me devolvieron un poco de cordura.
—Casi me muero —confesé, apoyándome en la barandilla de piedra—. Mateo, esto es demasiado. No puedo seguir fingiendo ser alguien que no soy frente a personas que te conocen de toda la vida.
Él se colocó frente a mí, bloqueando la luz del salón y atrapándome entre su cuerpo y el mar. La oscuridad del balcón hacía que sus ojos parecieran dos pozos de petróleo.
—No te pedí que fueras Jimena para ella —dijo, su voz bajando a un registro peligrosamente íntimo—. Te lo pedí para mí. Quería verte aquí, en mi mundo, para confirmar algo.
—¿Confirmar qué? —susurré, hipnotizada por el movimiento de su boca.
—Que no importa cuánta seda te ponga encima o cuántos nombres falsos te invente. —Se acercó tanto que nuestras respiraciones se enredaron—. Sigues teniendo esa mirada de artista que quiere robarse el alma de las cosas. Y yo... yo quiero ver qué pasa si te dejo robarte la mía.
Se inclinó, y por un segundo eterno, pensé que me besaría allí mismo, con el eco de la fiesta a nuestras espaldas y el océano como único testigo. Pero justo cuando sus labios rozaron la comisura de los míos, su teléfono vibró.
Él se tensó. Sacó el aparato, leyó un mensaje y su expresión se transformó en una máscara de furia fría.
—Tenemos que irnos. Ahora —dijo, tomándome de la mano con una urgencia que me asustó.
—¿Qué pasa? ¿Es por Isabel?
—Es por la foto, Lucía —respondió, arrastrándome hacia la salida trasera del convento—. Alguien acaba de filtrar la imagen del cuadro que tomaste ayer en mi despacho. Y no solo eso... han puesto tu nombre real en el pie de foto.
El mundo se volvió n***o. El trato se había roto, y el cazador que me protegía acababa de convertirse en el hombre al que más debía temer.