Capítulo 5

1037 Palabras
​El aire en la boutique se sentía como una corriente eléctrica. Mateo no me había soltado la barbilla; sus dedos, cálidos y firmes, eran el único anclaje que me impedía salir corriendo de aquel santuario de seda y prepotencia. ​—Hagamos algo, Lucía —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz que parecía vibrar en el fondo de mi pecho—. Deja de mirarme como si fuera a devorarte. Si quisiera hacerlo, no habría esperado a que estuviéramos en una boutique de lujo. ​Me soltó, y por un segundo sentí un frío repentino donde antes estaba su mano. Se dio la vuelta y le hizo una seña casi imperceptible a la mujer de los guantes de seda. ​—Traigan el vestido —ordenó. ​La mujer asintió y desapareció tras unas cortinas de terciopelo. Yo me quedé allí, de pie en medio de la alfombra, sintiéndome pequeña con mi vestido de lino barato y mis botas desgastadas por las aceras de Vía Argentina. ​—¿Por qué yo? —pregunté, tratando de recuperar mi voz—. Podría contratar a cualquier modelo, a cualquier mujer de su mundo que sepa exactamente qué copa usar y de qué hablar. ​Mateo se apoyó contra una columna de mármol, cruzando los brazos. Su camisa blanca resaltaba el tono bronceado de su piel, ese color que solo se consigue pasando los fines de semana en un yate en el Archipiélago de las Perlas. ​—Porque las mujeres de mi mundo son predecibles, Lucía. Son cuadros terminados, barnizados y aburridos. Tú, en cambio... tú eres un boceto lleno de errores y de una luz que no saben que poseen. Además —añadió con una sonrisa depredadora—, me divierte ver cuánto tiempo puedes sostener una mentira antes de que se te rompa en las manos. ​En ese momento, la dependienta regresó empujando un perchero dorado. Sobre él descansaba una prenda que parecía hecha de luz líquida. Era un vestido de seda en un tono verde bosque tan profundo que rozaba el n***o, con un escote asimétrico y una caída que prometía acariciar cada centímetro de piel. ​—Póntelo —dijo Mateo, señalando los probadores—. Quiero ver si mis instintos siguen siendo tan agudos como creo. ​Entré en el probador con el corazón martilleando en mis oídos. El espacio olía a jazmín y a dinero. Me quité mi ropa con manos temblorosas, sintiéndome de repente muy consciente de cada marca en mi piel, de cada pequeña imperfección. Cuando me deslicé el vestido de seda, el material se sintió como una segunda piel, fría y eléctrica. La tela caía de forma impecable, resaltando mi cintura y dejando al descubierto un hombro. ​Me miré al espejo y no me reconocí. ​La chica que veía no era la estudiante que contaba centavos para comprar tubos de óleo. Era una mujer que podía incendiar una habitación con solo entrar. Mis ojos, el verde y el miel, brillaban con una intensidad feroz sobre el fondo oscuro del vestido. Me puse los tacones de aguja que habían dejado para mí —unos estilettos negros que me hacían sentir peligrosamente alta— y salí. ​Mateo estaba de espaldas, mirando hacia la calle a través del cristal blindado. Al escuchar el eco de mis tacones, se giró. ​El tiempo se detuvo. ​Vi cómo sus ojos de obsidiana recorrían mi cuerpo, desde mis pies hasta mi cuello, deteniéndose en mis labios antes de subir finalmente a mis ojos. Por primera vez desde que lo conocí, vi una grieta en su armadura de hielo. Su mandíbula se tensó y su respiración se volvió un poco más pesada. ​—Dios santo —susurró, tan bajo que apenas lo oí. ​Caminó hacia mí. No era el paso de un empresario, sino el de un hombre que ha encontrado algo que no sabía que estaba buscando. Se detuvo justo frente a mí, tanto que podía sentir el aroma de su colonia mezclado con el olor a cuero de sus zapatos. ​—Se ve... aceptable —dijo, pero su voz lo traicionó; estaba cargada de una tensión que me hizo estremecer. ​—¿Solo aceptable? —me atreví a decir, ganando confianza de la nada—. Pensé que sus instintos eran agudos, Sr. Altamira. ​Él soltó una risa ronca y se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestras frentes casi se tocaban. ​—Son demasiado agudos, Lucía. Por eso sé que mañana, en esa gala, vas a ser el centro de todas las miradas. Y por eso sé que voy a tener que pasarme toda la noche recordando que esto es solo un trato comercial. ​Su mano subió por mi brazo, dejando un rastro de fuego sobre la seda, y se detuvo en mi nuca. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás para que lo mirara de frente. ​—Mañana a las siete —dijo, su aliento rozando mis labios—. Mi chofer te recogerá. Jimena Vega ha muerto oficialmente. Mañana serás mi mayor secreto. ​—¿Y qué pasa si alguien me reconoce? —susurré, hipnotizada por la oscuridad de sus pupilas. ​—Nadie lo hará. Mañana no serás la chica que roba fotos en oficinas. Serás la mujer que posee la oficina. Y ahora, vete, antes de que decida que la gala empiece esta misma noche. ​Salí de la boutique con el vestido en una bolsa de lujo que pesaba más que toda mi ropa junta. El aire de la calle seguía siendo húmedo y caliente, pero yo me sentía diferente. Mientras caminaba hacia la salida de Multiplaza, vi mi reflejo en una vitrina. Mis ojos, sin lentes, sin máscaras, brillaban con una luz peligrosa. ​Esa noche, en mi pequeño apartamento, no pude pintar. Me quedé sentada en el suelo, mirando el vestido colgado de la puerta de mi armario. Sabía que estaba jugando con fuego, que Mateo Altamira no era un hombre que jugara limpio. Pero mientras recordaba la presión de sus dedos en mi nuca, comprendí que ya no me importaba quemarme. ​
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