Capítulo 4

1188 Palabras
​Pasé la mañana siguiente en la cafetería donde trabajaba, moviéndome como un autómata entre máquinas de espresso y el olor a pan tostado. Cada vez que la puerta del local se abría y el calor húmedo de la calle entraba, mi cuerpo se tensaba. Miraba de reojo hacia la entrada, medio esperando ver a un hombre de traje gris carbón exigiendo respuestas, pero solo eran oficinistas apurados buscando su dosis de cafeína. ​—Lucía, la mesa cinco quiere otro latte, y trata de no ponerle azúcar esta vez —me regañó mi jefe, un hombre sudoroso llamado Carlos que no tenía tiempo para mi distracción. ​—Perdón, Carlos. Ya voy. ​A mediodía, cuando el flujo de clientes bajó, me escondí en el pequeño almacén trasero y saqué mi teléfono. No había correos nuevos. El silencio de Mateo Altamira era más aterrador que una respuesta furiosa. ¿Habría descubierto que el borrador era un fraude? ¿Habría llamado a la verdadera Jimena Vega? ​Justo cuando guardaba el móvil, una notificación hizo que mi corazón se detuviera. ​De: Presidencia - Grupo Altamira Para: Jimena Vega ​"El borrador es aceptable, aunque carece de la mordacidad que esperaba de Vanguardia. Sin embargo, ha captado matices que otros pasan por alto. Necesito terminar esto en persona. La espero hoy a las 4:00 p.m. en la Boutique Le Grand, en Multiplaza. Se le ha asignado una cita para su vestuario de la gala de mañana. No acepto un no por respuesta." ​¿Gala? ¿Vestuario? Me apoyé contra una caja de sacos de café, sintiendo que el mundo daba vueltas. Él no solo quería otra entrevista; me estaba arrastrando a su círculo social. Y lo más aterrador: seguía pensando —o fingiendo pensar— que yo era Jimena. ​Pedí el resto del día libre inventando una migraña atroz. Carlos refunfuñó, pero me dejó ir. Corrí a casa, me duché con agua fría para intentar despejar mi mente y me puse el vestido más decente que tenía: uno n***o, sencillo, que resaltaba mis curvas sin ser demasiado obvio. Pero el dilema volvió a surgir frente al espejo. ​Los lentes de contacto. ​Mis ojos, el verde y el miel, me devolvieron una mirada llena de miedo. Si volvía a ponerme los lentes, mis ojos se irritarían hasta sangrar. Pero si iba así, confirmaría que le había mentido desde el primer segundo. Recordé su nota: "El verde le sienta mucho mejor". ​—Al diablo — susurré, dejando la cajita de los lentes sobre el lavabo. Si iba a caer, caería con mi propia mirada. ​Llegué a Multiplaza a las cuatro en punto. El centro comercial era un templo al consumo de lujo, y la Boutique Le Grand era su altar principal. Al entrar, el olor a perfume francés y el silencio sepulcral del lugar me hicieron sentir como una intrusa. ​—¿Señorita Vega? —Una mujer elegantísima, con un moño perfecto y guantes de seda, se acercó a mí—. El Sr. Altamira la espera en el área privada. Acompáñeme. ​Me guio hacia la parte trasera, donde las alfombras eran tan gruesas que mis pasos no emitían sonido. Allí, sentado en un sillón de terciopelo azul con una copa de cristal en la mano, estaba Mateo. Ya no llevaba la corbata, y los dos primeros botones de su camisa estaban abiertos. Se veía relajado, pero sus ojos, al posarse en mí, tenían el brillo de un cazador que acaba de ver a su presa entrar en la red. ​Su mirada bajó a mis ojos y se detuvo ahí. Un silencio denso se apoderó del probador. ​—Veo que decidió hacerme caso —dijo con esa voz de barítono que me erizaba la piel—. Esos ojos son demasiado interesantes para estar ocultos tras plástico barato, Lucía. ​Me quedé helada. Había pronunciado mi nombre. Mi nombre real. No "Jimena". ​—Usted... usted lo sabe —logré articular, mi voz apenas un hilo—. Sabe que no soy periodista. ​Mateo dejó la copa en una mesa de mármol y se levantó. Su sola presencia parecía absorber todo el oxígeno del lugar. Se acercó a mí con esa lentitud tortuosa, deteniéndose a solo unos centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo. ​—Lo supe desde el momento en que me estrechó la mano ayer. Las periodistas no tiemblan así, ni tienen manos manchadas con trazos apenas visibles de pintura al óleo —tomó mi mano derecha, frotando con su pulgar una mancha roja casi imperceptible cerca de mi uña—. Y ciertamente, no intentan robar fotos de mi colección privada con una Leica que tiene el número de serie de la Facultad de Artes. ​Sentí que mis rodillas flaqueaban. El pánico era una ola fría. —¿Va a entregarme a la policía? ​Mateo soltó una risa seca, un sonido que no tenía nada de gracia. —Podría. Allanamiento, falsedad de identidad, intento de robo de propiedad intelectual... pasaría una buena temporada en una celda no muy elegante. ​Me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. El contraste entre mi ojo verde y el miel parecía fascinarle bajo las luces dicroicas de la boutique. ​—Pero tengo un problema, Lucía. Mañana es la gala de la Fundación Altamira y mi acompañante oficial, la verdadera Jimena Vega, ha decidido que era un buen momento para aceptar una exclusiva en Londres. Necesito a alguien que sepa fingir, alguien que tenga esa mezcla de inocencia y audacia que vi en mi despacho. ​—¿Me está pidiendo que sea su acompañante? —pregunté, incrédula. ​—Le estoy dando una opción —corrigió él, su pulgar acariciando ahora mi labio inferior, un gesto que me hizo temblar de una forma que no tenía nada que ver con el miedo—. O viene conmigo mañana, se pone el vestido que he elegido y actúa como la mujer más fascinante de la sala, o llamo al comisario ahora mismo. ​Miré a mi alrededor. Los vestidos de miles de dólares, el lujo asfixiante, y frente a mí, el hombre más peligroso y atractivo que jamás había conocido. Estaba atrapada. Pero una parte de mí, esa parte que siempre buscaba la luz y el color en sus cuadros, quería ver qué pasaba si aceptaba el trato con el diablo. ​—¿Y qué gano yo, además de no ir a la cárcel? —me atreví a preguntar, desafiante. ​Mateo sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, haciéndolos parecer aún más oscuros. —Ganará acceso a un mundo que los artistas solo pueden soñar con pintar. Y quizás, si juega bien sus cartas, dejaré que se quede con la foto del cuadro de ayer. ​Se inclinó hacia mi oído, su aliento cálido rozándome la piel. —Dígame, Lucía... ¿es usted una buena actriz? ​Tragué saliva, sintiendo que mi vida acababa de cambiar para siempre. —Supongo que estamos a punto de descubrirlo, Sr. Altamira.
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