Capítulo 1: El deber de la corona
Aurelion, Palacio Real de Solara – Amanecer del Día de la Boda Real
La primera luz del amanecer iluminaba los mármoles del palacio cuando el rey Cassian Valmont se dio cuenta de que su mundo se estaba derrumbando.
Estaba frente al espejo de su vestidor, abrochándose el último botón del uniforme ceremonial de boda. Era un atuendo lleno de símbolos: el águila de Aurelion bordada en hilo de oro en el pecho, la capa roja del linaje Valmont y el sable real con empuñadura de zafiro que pendía de su cinturón. Cada prenda representaba siglos de tradición, de poder y de estabilidad. Y ahora, cada una parecía burlarse de él.
—Repítelo —ordenó Cassian, sin apartar la vista de su reflejo. Su voz era un glaciar en la habitación cálida.
Detrás de él, Lucien Moreau, secretario real y hombre de confianza desde la adolescencia del monarca, tragóttt saliva. El gesto fue minúsculo, pero Cassian lo captó en el espejo. Lucien nunca tragaba saliva.
—Su Majestad… la princesa Selene Argyros ha desaparecido.
Cassian cerró los ojos apenas un segundo.
—Eso ya lo dijiste —respondió—. Lo que quiero escuchar es la parte en la que explicas por qué estás perdiendo mi tiempo con suposiciones.
Lucien respiró hondo.
—La suite fue revisada. Los jardines internos. Las galerías privadas. Nadie la ha visto desde el amanecer. Su doncella… cree que pudo haber sido secuestrada.
Cassian giró lentamente. Los ojos grises, heredados de su madre, se clavaron en Lucien.
—¿Secuestrada?
—La doncella cree que podría serlo, pero…
—Pero.
Lucien bajó la mirada.
—No hay signos de fuerza. La puerta estaba cerrada por dentro hasta que la doncella la abrió esta mañana. Solo encontraron una ventana del balcón entreabierta.
—Entonces sugiere que mi prometida, en la víspera de nuestra boda, decidió escapar por el balcón. —La voz de Cassian era peligrosamente calmada. —Selene pudo haberse escondido. Por los nervios o por miedo. Es una mujer criada para obedecer, no para enfrentar multitudes.
La sorna no engañó a Lucien, quien conocía cada matiz del carácter del rey.
—Majestad, los jefes de Estado ya están llegando a la capital. Las delegaciones de Thalassa, de Monteverde, del Imperio del Norte. La plaza central está abarrotada desde anoche. La transmisión internacional…
Cassian se apartó, apoyando una mano enguantada sobre la mesa.
—Lo sé. —Cassian cortó el aire con un gesto. —La estabilidad de Aurelion depende de esta unión. Los acuerdos comerciales, la alianza con las islas Argyros, la demostración de fuerza frente a los separatistas del norte—. Enumeraba los puntos como un general revisando un mapa de batalla. —Posponer es inadmisible.
—El palacio ha sido registrado por completo. Selene no está aquí.
El rey no reaccionó. Había sido educado para eso.
En ese momento, algo en Cassian se fracturó. No en el rostro —ese permaneció tallado en mármol, como le enseñaron desde que tuvo uso de razón. “Un rey no muestra emoción. Un rey es el reino.”
Desde niño le enseñaron a no temblar, a no llorar, a no amar. Aurelion necesitaba un rey, no un hombre. Su madre fue severa. Su padre… ausente. Abandonó el trono sin mirar atrás, dejando a Cassian como heredero de una corona demasiado pesada para su edad.
—Quiero hablar con la doncella —decidió.
Al salir de sus aposentos, el caos era palpable.
El pasillo que conducía al ala de las mujeres resonaba con un caos contenido. Las criadas pasaban rápido, y sus susurros se callaban cuando aparecía Cassian. Guardias, rígidos en sus puestos, evitaban su mirada. El rey avanzaba con paso firme, la capa carmesí ondeando a su espalda. Cada mirada evitada, cada susurro sofocado, confirmaba lo que ya sabía: la noticia se filtraba como veneno en el torrente sanguíneo del palacio.
Mientras caminaba, pensó en Selene. La conoció cuando ambos eran niños —un compromiso anunciado entre risas diplomáticas y brindis vacíos. Ella, de cabello oscuro como la noche y ojos que reflejaban el mar Egeo. Él, el heredero frío y distante. En los últimos años, sus reuniones fueron formales: bailes de estado, cenas oficiales y paseos por los jardines con la supervisión de chaperonas.
Nunca hubo intimidad. Nunca la buscó. Supuso que ella, como él, entendía el matrimonio como un deber. Un intercambio: su sangre real por la riqueza naval de las islas Argyros.
¿Ignoró señales? ¿Alguna frase ambigua, alguna mirada demasiado larga hacia el horizonte? Cassian rechazó la duda. No había tiempo para ella.
La suite de Selene estaba en el ala este, una serie de habitaciones que alguna vez pertenecieron a su madre. La reina Isadora, una mujer de belleza glacial y crueldad refinada, había muerto cuando Cassian tenía diez años, dejando tras de sí un legado de elegancia venenosa. Al entrar, el fantasma de su madre pareció flotar en el aire perfumado.
Varias mujeres lloraban en el salón. Al ver al rey, una de ellas —una dama de compañía mayor— señaló con mano temblorosa hacia el dormitorio. Cassian entró sin anunciarse.
La habitación estaba llena de desorden. El vestido de novia, hecho de encaje y seda, hacia todavía colgado frente al espejo. Frascos de perfumes estaban alineados sobre el tocador. En el suelo, junto a la cama deshecha, una joven estaba encogida, tan quieta que al principio Cassian apenas la distinguió. Sin embargo, se dio cuenta de que se trataba de la doncella.
—Levántate ―ordenó, con ese tono suyo firme.
La joven se estremeció. Al intentar ponerse de pie, sus pies se enredaron en la falda sencilla de su vestido de moza y cayó de rodillas ante él. Cassian sintió un destello de irritación. Detestaba la debilidad, el llanto, la falta de control.
—Detesto el drama. Ponte de pie. Ahora. —dijo esta vez con un tono más impasible—. Identifícate.
Ella intentó hacerlo, mientras temblaba.
—Y-yo… —balbuceó.
Lucien, que había seguido al rey, intervino con severidad:
—Habla con claridad cuando te dirijas a Su Majestad.
La joven palideció y comenzó a hiperventilar.
Cassian hizo un gesto brusco.
—Salgan todos. Quiero hablar con ella a solas.
Lucien dudó.
—Majestad…
—Ahora.
Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió tangible. Cassian observó a la doncella. No era más que una niña —diecinueve, quizás veinte años— delgada, con el cabello castaño recogido en un moño desordenado. Sus manos, callosas y rojas, se retorcían en el regazo.
—Mírame —le exigió. —Ahora dime tu nombre.
Ella alzó la vista. Sus ojos eran del color de la miel, inusualmente claros para una nativa de Aurelion. Había miedo en ellos, pero también algo más —una franqueza desarmante.
—I-Iris Kovač, Majestad.
—Cuéntame exactamente lo que sucedió. Cada detalle.
Iris respiró hondo antes de continuar.
—Anoche… la princesa Selene me despidió más temprano de lo usual. Dijo que quería estar sola. Pero yo… yo volví más tarde porque olvidé su chal de seda. La puerta estaba cerrada, pero escuche voces.
Cassian no se movió.
―¿Voces? ¿Qué tipo de voces?
―La de un hombre, Majestad. Y ella… reía con él.
El puño de Cassian se cerró a sus espaldas mientras la frase ¿Reía con él? Daba vueltas en su cabeza.
―Luego él dijo… ―continuo ella―. “Todo está listo. Mañana serás libre”. ―Iris tragó antes de añadir lo último―. Esta mañana, cuando entré, encontré esto sobre la cama.
Extendió una mano temblorosa. En su palma había un sobre de papel grueso, sellado con cera roja estampada con el emblema real: el águila de Aurelion. Pero no era el sello oficial del rey. Era una variación—el águila con una espada atravesada en el pico. El sello personal de Darian Valmont.
Cassian tomó la nota. La rompió con un movimiento brusco.
“Querida Elara (y por extensión, mi siempre solemne hermano Cassian)
Espero que esta nota encuentre el palacio en el deleitable caos que merece un día tan real. Por favor, informa a mi hermano que he decidido tomar prestada a su encantadora prometida. Selene, te lo confieso, vino voluntariamente. Resulta que el deber real pesa menos que la perspectiva de vivir. No la busquen. Ya estamos lejos, y el mundo es grande para quienes saben desaparecer en él.
Con el afecto que siempre nos hemos profesado, Darianˮ.
El papel tembló en la mano de Cassian. No por emoción, sino por una ira tan concentrada que parecía volverse fría. Darian. Su medio hermano. El hijo ilegítimo que su padre reconoció en un arranque de sensibilidad agonizante. El eterno resentido, el príncipe sin trono, el fantasma que aparecía cada pocos años para recordarle a Cassian que la sangre Valmont también corría por venas emponzoñadas.
No era un secuestro como Iris había creído. Era una venganza. Una humillación planeada al detalle.
―¿Llegaste a escuchar el nombre de una ciudad o palacio en su conversación? ―preguntó Cassian, su voz ahora férrea.
―No, Majestad. No logre escuche casi nada. Pero la princesa… no parecía asustada. Se oía feliz cuando mencionó el nombre del hombre con el que estaba.
El nombre. Darian. La traición era completa.
Cassian miró por la ventana. Abajo, en los jardines, los preparativos finales para la boda seguían su curso: flores blancas, alfombras púrpuras, guardias formando filas perfectas. Más allá de los muros del palacio, la capital de Aurelion hervía con la celebración. Y en algún lugar, entre la multitud, estarían los espías de los reinos vecinos, los periodistas internacionales, los enemigos políticos esperando cualquier señal de debilidad.
Cancelar significaba: humillación pública. Ruptura de la alianza con las islas Argyros. Crisis económica. Los separatistas del norte alzando la cabeza. Su reinado, manchado desde el primer año.
Cassian giró de nuevo hacia la habitación. Sus ojos recorrieron el vestido de novia, los perfumes, las joyas dejadas atrás—la escenografía de una obra que había perdido a su protagonista.
Luego su mirada cayó sobre Iris.
La observó, realmente la observó, por primera vez. Joven, pero no era una niña. De complexión delgada, pero no débil. Rostro común, pero no desagradable. Cabello castaño que, suelto y arreglado, podría pasar por oscuro bajo un velo. Ojos claros que podrían maquillarse para parecer más mediterráneos.
Y lo más importante: era una criada de palacio. Conocía las normas, las funciones, las plazas. No tenía familia importante que preguntara por ella—recordaba vagamente el apellido Kovač de algún informe sobre empleados leales del sur. Sin compromiso. Invisible.
La idea nació completa, monstruosa y perfecta.
―¿Cuánto tiempo llevas en el palacio, Iris?
―Desde los doce años, Majestad. Mi madre sirvió en las cocinas.
―¿Y conoces a la princesa Selene? ¿Sus modales? ¿Su forma de hablar?
Iris parpadeó, confundida.
―La he atendido los últimos seis meses. La observaba, claro, para servirla mejor. Pero…
Cassian se acercó. Ella retrocedió instintivamente, pero no había a dónde ir.
―En dos horas ―dijo el rey, cada palabra cincelada en hielo, ―voy a contraer matrimonio. La estabilidad de este reino depende de ello. Selene ha elegido traicionar su deber. Tú no.
Iris abrió los ojos, sin comprender aún.
La puerta se abrió. Lucien entró, con el rostro marcado por la preocupación.
―Majestad, los embajadores preguntan. ¿Debemos comenzar a cancelar…?
―No habrá tal cancelación. ―Cassian no apartó la vista de Iris. ―La boda se celebrará como estaba planeado.
Lucien siguió la mirada del rey, fue entonces cuando comprendió. El horror se pintó en su rostro.
―Majestad, no puede ser…
―Iris Kovač será mi esposa.