Iris desvió la mirada rápidamente, sintiendo cómo su corazón galopaba contra las costillas como un pájaro enjaulado, como si quisiera escapar del cuerpo que lo contenía.
Con manos que temblaban bajo los guantes de seda blanca, entregó su ramo de rosas blancas y mirto —el mismo que había preparado para Selene— a Maëlle, quien ocupaba el lugar de la dama de honor siguiendo instrucciones urgentes.
Luego, con un último suspiro que nadie escuchó por la música triunfal del órgano, que ahora estaba en su momento más fuerte, puso su mano sobre la de Cassian.
Su piel era muy cálida a través del delgado cuero de los guantes. Sus dedos largos y firmes la rodearon con una presión que era tanto posesión como apoyo, un gesto confuso que la desorientó aún más.
Casi la sostuvo cuando sus rodillas flaquearon por un instante, un movimiento tan leve que solo él lo notó, sus dedos apretando levemente los suyos en respuesta, un mensaje silencioso: "No aquí".
Juntos, dando el último paso que los separaba del Gran Obispo —un hombre anciano con una túnica bordada de hilo de oro que había coronado a tres reyes y bendecido dos generaciones de matrimonios reales—, completaron la procesión.
El obispo comenzó la ceremonia con una voz profunda y resonante que llenaba las altas bóvedas de la catedral, palabras en latín y en la lengua antigua de Aurelion que hablaban de alianzas sagradas, de deberes perpetuos, de la unión indisoluble entre dos seres destinados a gobernar juntos.
Las palabras fueron un murmullo lejano para Iris, un sonido que llegaba a través del agua, a través de la niebla de su propio terror. "... en la prosperidad y en la adversidad... en la salud y en la enfermedad... en la riqueza y en la pobreza... hasta que la muerte los separe."
Promesas escritas para otras personas, para amantes verdaderos que se elegían mutuamente, para uniones bendecidas por el afecto y no por la necesidad política.
Cuando llegó el turno de Cassian, él dijo sus votos con una claridad que no dejaba lugar a dudas. Su voz llenó cada parte del templo y, a través de los altavoces, llegó a cada plaza del reino donde la gente se reunía para escuchar.
―Yo, Cassian Valmont, te tomo como mi legítima esposa, y prometo serte fiel en todas las cosas, protegerte de todo peligro, honrarte ante el reino y ante el mundo, como un hombre debe ser a su mujer, y como un rey debe ser a su reina, desde este día y para siempre.
Luego, el obispo se dirigió a ella, con sus ojos viejos y sabios miró su rostro cubierto e inocente.
―¿Y tú, Selene Argyros, aceptas tomar a este hombre como tu legítimo esposo? ¿Prometes obedecerle, servirle, honrarle y amarlo todos los días de tu vida, ante Dios y este reino que también será el tuyo?
Un silencio incómodo se extendió por la primera fila, donde los nobles más ancianos, los que conocían a Selene desde la infancia, comenzaban a percibir que algo no encajaba.
Iris sintió cómo la mano de Cassian apretaba la suya levemente, una advertencia, un recordatorio del precio de la desobediencia, de las vidas que podrían arruinarse si ella hablaba, si revelaba la verdad en ese momento sagrado.
Abrió la boca.
―Yo... ―la voz le falló, atrapada en la garganta como si alguien la estrangulara. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire cargado de incienso y cera derretida, buscando en lo más profundo de su ser el valor que había encontrado antes.
«Sobrevive», le susurró su voz interior, la misma que la había sostenido toda la vida. Solo hoy. «Solo este momento. Luego verás.»
―Yo, Iris Kovač... ―dijo, y un murmullo de confusión recorrió la primera fila como una corriente eléctrica, un susurro de desconcierto que se propagó hacia atrás aunque la mayoría de los presentes, demasiado lejos, no entendieron lo que había dicho.
El obispo parpadeó, desconcertado, sus ojos sabios mirando al rey en busca de orientación, de una señal de que debía continuar, de que aquella ruptura del protocolo estaba prevista, era aceptable.
―...Tomo a este hombre como mi legítimo esposo―, terminó Iris, omitiendo el nombre falso y reclamando su identidad en este juramento forzado.
Así, dejó una señal para la historia, aunque solo unos pocos la comprendieran, de que quien se casaba con el rey no era la princesa desaparecida, sino la doncella que la servía.
El hombre religioso miró a Cassian, quien dio un breve, casi imperceptible asentimiento, un movimiento de cabeza que solo quienes lo conocían bien podrían interpretar.
―Continúe ―murmuró el rey, su voz tan baja que solo el anciano y quizás Iris pudieron oírla.
Los anillos fueron intercambiados entonces, el pesado sello real de Aurelion, una banda de oro macizo con el águila tallada, que Cassian deslizó en su dedo anular, un peso que pareció hundirla en el suelo; y un aro de oro sencillo pero macizo que ella, con manos temblorosas, colocó en el dedo de él.
Las bendiciones fueron pronunciadas en la antigua lengua del reino, palabras que Iris apenas entendía pero que sentía como una soga que se cerraba sobre su cuello. El incienso se elevó en espirales azuladas hacia las altas bóvedas. Las velas brillaron con una luz que parecía demasiado brillante.
Y finalmente, llegaron las palabras que sellaron su destino, las palabras que no podrían ser deshechas sin deshacer también el reino:
―Ante Dios y ante este reino, ante los testigos aquí presentes y ante el pueblo de Aurelion que observa y espera, los declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Lo que el deber ha forjado, que el tiempo no disuelva. Cassian Valmont, Rey de Aurelion, e Iris Kovač, ahora Reina de Aurelion, pueden besarse para sellar este sagrado pacto.
La ovación volvió a estallar, muy fuerte, llena de una felicidad que Iris no podía sentir, una alegría que le parecía extraña y dolorosa.
Cassian se giró hacia ella y, por un breve momento, antes de que el deber los absorbiera del todo, antes de que tuvieran que cumplir con el beso ceremonial, sonreír ante las cámaras y saludar a la multitud que los animaba, sus miradas se cruzaron a través del velo que los separaba.
En los ojos grises del rey, Iris no vio triunfo ni alivio. No vio satisfacción por haber salvado su reino del escándalo, por haber encontrado una solución a un problema imposible.
Vio el mismo reconocimiento que sentía ella, la misma comprensión de que un abismo acababa de abrirse bajo sus pies, y que a partir de ese momento, tendrían que caminar juntos sobre un fino borde, sosteniéndose mutuamente para no caer, aunque no se conocieran, aunque no se quisieran, aunque todo entre ellos fuera una mentira necesaria.
Luego, Cassian levantó su mano, que estaba unida a la de ella, hacia la multitud. Este gesto de victoria y unión fue recibido con una ovación que pareció mover los cimientos de la catedral.
Iris Kovač, la doncella huérfana de los barrios bajos, la mujer que había servido en silencio durante años, limpiando suciedad ajena y soñando sueños pequeños, era oficialmente la Reina de Aurelion.