La llamada llegó un jueves por la tarde, justo cuando había terminado de corregir un catálogo de maquinaria agrícola que me había dejado el alma llena de óxido. La pantalla del móvil mostraba un nombre que no veía desde hacía años: Sonia Barba. Respondí con una cautela que me sorprendió a mí mismo. —Hola, Félix. ¿Te pillo mal? Su voz no había cambiado. Era ágil, brillante, con ese entusiasmo que a veces rozaba lo irritante. Sonia siempre había sido la animadora de todo: de las fiestas, de los trabajos en grupo, de las campañas de recogida de firmas. Había algo en ella que se negaba a marchitarse. —No, no. ¿Qué tal, Sonia? —Pues mira, llamo porque te vi anoche en el grupo y no dijiste nada. Y claro, me dije: este tío está dudando. Y no se puede dudar, Félix. La vida es para saltar sin

