No siempre reconoces a la gente por la cara. A veces es por un gesto, una forma de andar, una sombra familiar que cruza la acera y te hace volver la cabeza. Eso me pasó con Aurora. Era una mañana de viernes. Yo salía del estanco con un paquete de tabaco que prometía no empezar, y allí estaba ella, justo al otro lado del paso de peatones, sujetando una bolsa del supermercado y con el pelo recogido en un moño apresurado. Llevaba unas gafas grandes, de pasta, y una cazadora de esas que llaman oversize. No debería haberla reconocido. Pero lo hice. —¿Aurora? Ella frunció el ceño un segundo, como quien duda si girarse o seguir andando. Luego sonrió. No una sonrisa amplia, sino de esas que se insinúan primero con los ojos. —Félix Castro—dijo, como si repasar el nombre fuera parte del reconoci

