La brisa nocturna entraba por la rendija de la persiana y jugaba con la cortina, como si quisiera acunar la habitación. Marisa dormía profundamente, acurrucada contra el pecho de Félix, con la mano reposando suavemente sobre su abdomen, como una niña agotada por un día perfecto. Su respiración era pausada, cálida, tranquila. Félix le acariciaba el cabello sin pensar, como si el gesto le ayudara a encajar en aquella escena. Y sin embargo, no dormía. El insomnio se le había colado por dentro como una vieja costumbre. A veces no necesitaba más que el silencio para activarse. Le había pasado muchas noches, incluso en momentos de calma aparente. Solo cuando hacía el amor con Aurora —y era amor, se decía ahora—, dormía sin pensar, con esa seguridad que dan las cosas que parecen destinadas. Au

