Una mañana gris de domingo, Marisa se levantó antes que Félix. El cielo estaba plomizo, y la ciudad, aún silenciosa. Llevaba días sintiéndose extraña. Molestias abdominales, náuseas pasajeras y una fatiga que no era solo el trabajo ni las noches interrumpidas por Eva. Era algo más. Al pasar frente al espejo del baño, se detuvo. El pijama le bailaba un poco más que otras semanas. Se apoyó en el lavabo, con las manos temblorosas. Por más que lo intentara racionalizar, algo dentro de ella se encendía como una alarma. Cuando Félix despertó y la encontró sentada en el sofá, abrazada a una taza de té que se enfriaba, notó en sus ojos la preocupación sin palabras. —¿Qué pasa, cariño? Ella dudó un segundo. —Creo que debería ir al médico —dijo al fin—. No me encuentro bien. Y he perdido peso.

