Félix miró la hora en el móvil. Las siete y cuarto. La cena era a las ocho y media, y aún no había decidido si iría solo. Pensó en Isabel, en la mañana en el hostal, en cómo lo había mirado al despedirse. “No la pierdas por mí”, le había dicho. Y él, con torpeza, había salido a medias corriendo, sin saber a dónde. Abrió el contacto de Aurora. Dudó unos segundos. Luego pulsó llamar. —¿Sí? —Hola, soy yo —dijo, como si hiciera falta. —Ya lo sé —respondió ella. La voz no era fría, pero tampoco cálida. —Quería preguntarte si quieres que pase a recogerte. Para la cena. Un silencio breve. —¿Estás seguro? —Sí. Me gustaría ir contigo. —Vale. Estaré lista en un rato —añadió, con una ironía ligera que lo hizo sonreír—. Pero no salgas pitando. Ven tranquilo. —En treinta minutos estaré ahí.

