Caminaron sin rumbo aparente, pero ambos sabían que algo los guiaba. La ciudad era la misma y, sin embargo, distinta: más ancha, más vieja, más ajena. Pasaron por el parque donde años atrás Isabel le había dicho que le gustaba otro, Héctor, con esa franqueza cruel que a veces tienen los jóvenes sin querer. Félix miró de reojo la verja del parque, oxidada, como si aún esperara al chico que fue entonces, con la noticia palpitándole en el pecho como una bomba. —¿Recuerdas aquí? —preguntó ella sin detenerse. —Claro —respondió él, sin añadir nada. No hacía falta. Doblaron por calles estrechas del centro antiguo, con farolas que apenas vencían la penumbra. Pasaron junto a la librería donde una vez él le regaló un libro de Benedetti. Ella fingió entonces que no lo tenía. Él fingió que no le i

