—¿Y tú qué harías? —preguntó Félix, dejando caer la pregunta con la misma desgana con la que agitaba el café con leche en el vaso de cristal. Marisa lo miró por encima del borde del portátil. Tenía el pelo recogido con un lápiz, las gafas en la punta de la nariz y el gesto alerta, como si hubiese estado esperándolo. —¿Yo? ¿De qué hablamos exactamente? ¿De invitar a cenar a una mujer a la que llevas veinte años sin ver y que te dejó con el corazón hecho papilla? ¿O de seguir quedando con otra que te está tratando como un ser humano y que, según tus propias palabras, “huele a hogar”? Félix suspiró. El rumor de la oficina a esas horas era tenue, como de pecera. Algunos teclados sonaban al fondo, alguien reía por teléfono. Era uno de esos días en los que todo seguía su curso pero él se sent

