Mantuve la mirada fija en el hombre mientras se tomaba su bebida antes de darle un par de vistazos a su reloj, comprendí que se estaba impacientando, y supe que cuando alcanzara su límite empezarían los problemas; me bastó ver su rostro para saber que no se iría sin armar un gran escándalo.
—¡Hey, amigo! —Oí el llamado a mi izquierda—. Alguien debería hacer algo con esos sujetos, ¿van a esperar que se desnuden? ¿No es este un sitio decente?
Me giré para ver al hombre parado junto a mí. Señalaba hacia la zona VIP en la mezzanina, donde un par de chicos se besaban sin decoro frente a todos los demás. En otro momento, hubiese tenido un par de palabras con él, pero no estaba para distracciones, y, sin embargo, aquello ya me había costado valiosos segundos.
—Espere un momento, señor —le dije regresando mi atención a la mesa, pero para mi sorpresa, esta estaba vacía.
Barrí el local con la mirada y lo encontré en la barra, discutiendo con Allie, y cuando vi a Manuel acercarse e interponerse entre ellos, maldije al estúpido homofóbico que me distrajo.
No supe qué se había dicho antes de mi llegada, ni cómo se habían dado las cosas para llegar a ese punto; solo sabía dos cosas:
La primera fue que el hombre con el que teníamos que tratar estaba bastante enfadado, y eso se notó a leguas. Y la segunda fue que, por mala fortuna, la persona que había sido elegida para llevar el asunto fue Allison Mason… La más imprudente, temperamental y explosiva de todas las personas en el bar, eso había sido estúpido y nos pasó factura muy rápido.
—¡Zorra tu abuela, malnacido! —gritó Allie, acercándose a la barra para confrontar al hombre—. ¿Sabes dónde está Lena? ¡En su casa! ¡Lejos de tus garras! ¡Puerco!
Manuel intentó evitar que Allie siguiera avanzando, pero no lo logró y vi con horror cómo el hombre, colérico por las palabras de la mujer, se abalanzó sobre ella y, logrando aferrarse a su coleta, le estrelló la frente contra el orillo de la barra, haciendo que Allie cayera al piso al instante.
«¡Maldita sea!», ladré mientras me lanzaba sobre él, al tiempo que los gritos se desataban en el bar.
Lo tomé por el cuello de la camisa y lo aparté de la barra, pero cuando intenté rodearlo con los brazos, oí el impacto del golpe que le asestó Manuel, lanzándose desde la barra hacia nosotros y haciendo que perdiera el equilibrio.
—¡Malnacido! —gritó Manuel amenazando con lanzar otro golpe.
—¡¡Ayuda a Allison!! —ladré con furia mientras forcejeaba con el sujeto, y cuando Manuel volvió a saltar sobre la barra, casi al mismo tiempo que Franz llegaba a ver a la chica, pude dedicar toda mi atención a someter al imbécil que seguía luchando por soltarse de mi agarre.
Le di una patada en la parte trasera de las piernas para hacerle flaquear las rodillas y tumbarlo al piso, y una vez ahí lo tomé de la nuca y lo lancé al piso, manteniendo su cabeza firmemente pegada a este y sujetando sus brazos a su espalda.
—¡Suéltame!
—Quédate ahí, imbécil, o te juro que te mato —gruñí entre dientes, presionando más su nuca, queriendo descargar mi furia y golpearlo hasta que ya no pudiera más.
Los gritos continuaban y, aunque las personas se habían apartado para dejarme maniobrar, no se fueron muy lejos. Tenía a decenas de personas rodeándome, alarmadas y haciendo exclamaciones escandalizadas. Tom llegó a mi lado en ese momento y se apresuró a ayudarme a ponerle de pie.
—¡Dije que me suelten!
—¡Cállate, imbécil! —Le zarandeó Tom sin cuidado—. ¿Qué diablos pasó? —preguntó al tiempo que yo me sacaba unas de las bridas plásticas que llevaba siempre en la chaqueta, y le amarraba las manos con eso para luego obligarle a sentarse en una silla de las mesas cercanas.
—Allie está herida.
—¿Qué dices? —preguntó horrorizado y se inclinó sobre la barra con los ojos abiertos de par en par; entonces me maldije una vez más, por la expresión en su rostro supe que el asunto era grave. Mis ganas de matar al hombre, en lugar de atarlo a la silla, aumentaron.
—¡Llama a la policía! —le grité antes de acercarme el intercomunicador y activarlo—. Hay que desalojar el bar, la policía viene en camino… Allie está herida.
—¡Mierda! —exclamó Viktor—. ¿Necesitas que te ayude?
—No, ya tengo al malnacido amarrado, y… —Miré hacia la barra y vi a Franz levantarse, su rostro lo decía todo mientras se acercaba a mí. Aquello era un maldito desastre—. Solo haz lo que digo. —Terminé de hablar justo cuando Franz se detuvo frente a mí.
—¿Quieres explicarme qué maldita mierda fue lo que pasó? —preguntó entre dientes, con el semblante enrojecido de ira. Nunca antes le había visto así.
—Las cosas se nos salieron de las manos y…
—¿Nos? ¡¡Era tu jodida responsabilidad, Bastian!! —Ladró, dando un paso más hacia mí y golpeando su dedo contra mi pecho—. Me dijiste que todo estaría bajo control. ¡Lo dijiste! Y ahora Allison está ahí, sin poder reaccionar… ¡¡Porque tú dejaste que ese hijo de puta la tocara!! ¡¿Dónde mierdas estabas?! ¡¿Dónde tenías la puta cabeza?!
—No fue su culpa, Franz —intervino Manuel—. Allison lo provocó y prácticamente se fue sobre él.
Franz cerró los ojos unos segundos al oírlo y resopló en silencio, para cuando volvió a mirarme su cólera había disminuido, pero no lo suficiente para que pudiera relajarme; sabía que todo se había ido a la mierda.
—Tienes cinco minutos para desalojar el bar. Y no quiero que este malnacido se mueva de esa silla, esta vez asegúrate de eso. —Asentí a su orden y le vi alejarse hacia la barra otra vez.
—Lo siento, señores; pero es momento de retirarse. —Escuché vociferar a Tom, mientras hacía gestos con sus manos para movilizar a las personas en el salón.
Respiré profundo y moví la cabeza de un lado a otro... aunque eso no disminuyó en nada mi furia interna.
Franz pocas veces me llamaba la atención, y cuando lo hacía no era más que una conversación sería, jamás me alzaba la voz. Pero nunca antes habíamos tenido una situación así, entendí y respaldé que estuviera tan furioso... Yo lo estaba conmigo mismo.
Me acerqué al hombre que había ocasionado todo ese desastre y luché contra todo mi ser, que pedía a gritos que le rompiera la cara, pero, en cambio, solo tomé sus manos atadas y las até al espaldar de la silla con otra brida, para luego hacer lo mismo con una de sus piernas, pero él empezó a forcejear otra vez.
—¿Quién te crees, maldito imbécil? ¡No puedes amarrarme como a un perro! No creo que a la policía le guste eso —exclamó, mientras seguía batiendo las piernas, pero logré atraparle una y, hundiendo mis dedos con fuerza sobre su pantorrilla, le inmovilicé mientras lanzaba otra palabrota, pero al final logré atarlo, asegurándome de que no podría desplazarse estando así.
—Te explicaré algo de la policía: No les va a gustar encontrarte amarrado, eso es cierto; pero les gustará mucho menos enterarse de la chica inconsciente de allá, o de tu amiguita que tuvo que salir huyendo de ti despavorida. ¿Entiendes eso, estúpido? —Le toqué la sien varias veces con el dedo—. ¿Te gusta amedrentar y golpear mujeres? Pasarás un tiempo encerrado por eso.
—¿Y crees que un par de bridas van a detenerme? —siseó él con una sonrisa perversa y desafiante.
—¡Adelante! Inténtalo. —Di un paso atrás para darle espacio—. Pero te advierto que cuando caigas al suelo, te quedarás en esa maldita posición hasta que vengan por ti.
Me miró con odio pero empezó a ceder y, finalmente, apartó el rostro hacia la barra, de seguro reprochándose por haberse metido en problemas, pero no me importó, haría todo para dejarlo encerrado por lo que hizo.
Ayudé a Tom a despachar a los clientes en el interior, sintiendo que la cabeza me daba vueltas. No había visto a Allie, una parte de mí no quería hacerlo. Temía que ver su rostro hinchado o ensangrentado derribara la última pizca de control que me quedaba y terminara matando al desgraciado que tenía atado a la silla.
Vi a Viktor entrar al salón y acercarse a mí de prisa, con la preocupación plasmada en el rostro.
—Ya despaché a todos los que estaban afuera, ahora me encargo de los de aquí adentro. ¿Dónde está Allie? —preguntó mirando hacia la barra, donde Franz y Manuel la atendían.
—En el suelo... Creo que aún no reacciona. —Logré decir, sintiendo que la mandíbula se me convertía en piedra de la tensión.
—¿La golpeó?
—Pegó su cabeza a la barra.
—¡Puto infeliz! —exclamó, abriendo los ojos de par en par y haciendo el intento de caminar hacia el hombre pero logré detenerlo.
—Eso no va a ayudar. Ya policía ya viene en camino. Atiende la puerta.
—¿Tú estás bien?
—Cree que fue su culpa —comentó Tom pasando a nuestro lado.
—Hombre, Bastian... No lo fue —respondió Viktor.
—No estabas aquí para ver lo que pasó, ¿o sí? —Le desafié entre dientes. Viktor negó lentamente y yo hice una mueca—. Entonces no puedes saberlo. Atiende la puerta, por favor.
—De acuerdo. Hablaremos más tarde, entonces. —Se alejó y se hizo cargo de todo en la salida.
El bar estaba casi despejado y al hacer una revisión rápida vi que Laura, Karla y Bárbara se encontraban arreglando mesas y sillas, aunque las tres estaban muy atentas a lo que pasaba tras la barra. Tuve el impulso de ir a ver, pero me contuve una vez más; no quería comprobar mis temores.
Mi mirada se cruzó con la de Bárbara; ella hizo un gesto apenado y mi mandíbula se tensó de nuevo. Me di la vuelta y continúe lo que hacía. Sumado a la culpa y la preocupación por Allie, llegó también la vergüenza de haber fallado. No quería lidiar con Bárbara sintiéndome así, había querido mostrar una imagen imponente ante ella y, en cambio, lo había arruinado todo.
Por suerte, no tuve demasiado tiempo para pensar en eso porque la policía llegó en ese momento. Viktor señaló hacia mí y los dos oficiales se acercaron.
—¿Señor Hoffman, no? —dijo el más viejo, enseñándome su placa—. Oficial Müller, él es el oficial Weber. ¿Es usted el gerente del lugar?
—No, señor. Soy el jefe de seguridad. El dueño está al otro lado de la barra. Atendiendo a mi compañera, Allison Mason, que fue agredida hoy por ese hombre de allá. —Señalé hasta la silla donde seguía amarrado.
—Bien... Yo iré a hablar con el gerente, Weber; tú toma la declaración del señor Hoffman. —Inclinó la cabeza como despedida y se alejó hacia la barra, llamando la atención de Manuel, ya que Franz no parecía dispuesto a levantarse de donde estaba, mientras el otro oficial sacaba una libreta de notas y una pluma.
—De acuerdo, señor Hoffman... Dígame lo que pasó.
Empecé a hablar con el oficial, descubriendo que repetir todos los hechos solo estaba empeorando mi estado de ánimo. Y mientras daba mi declaración vi con cierto alivio que Allie se ponía de pie; al menos sabía que no estaba en peligro, pero también vi, horrorizado, que, aunque no sangraba, sí tenía parte del rostro muy hinchado.
«La policía se encargará, Bastian... La policía se encargará», me repetí para no ir a golpear a ese malnacido.
—¿Y quién lo ató a la silla? —preguntó el oficial mirando al hombre.
—Yo. —Mi intención no fue intimidar al oficial, pero por su expresión supuse que eso fue lo que pasó, porque asintió y fue hacia él.
En cuestión de minutos vi que lo desataba y lo esposaba, haciéndole caminar hasta la salida, donde Viktor y Tom cruzaron algunas palabras con él, no oí qué dijeron, pero el oficial les hizo un gesto para calmarlos antes de salir.
Me quedé mirando en dirección a Franz, que justo en ese instante parecía estar discutiendo con Allie; seguía malhumorado, y no era para menos. Me pregunté entonces si aquello sería motivo suficiente para despedirme, y pensar en eso solo empeoró todo.
Bavarian's era la única maldita cosa que funcionaba bien en mi vida, lo único que no me generaba complejos. Ponerlo en riesgo me haría tambalear otra vez, y aunque seguía lidiando con muchos traumas, hubo una época muy oscura en mi vida que había sido peor y a la que no quería regresar.
—¿Estás bien? —La dulce voz de Bárbara me sobresaltó. Me giré a mi derecha y la encontré a mi lado, mirándome con preocupación.
—Estoy bien, sí. —Mentí—. Ella no tanto.
—Sí, la pobre no podrá abrir ese ojo en tres días, si tiene suerte —dijo mirando hacia Allie, mientras los oficiales le tomaban algunas fotografías.
—Estupendo —gruñí apretando mis puños y respirando con fuerza.
—Hey, calma... Esto no fue tu culpa.
—¿No lo fue? Franz no opina lo mismo.
—No. Pero se equivoca. Algunas cosas solo se escapan de nuestras manos, y...
—Estrellaste la cabeza violentamente contra la barra, Allison... —La iracunda exclamación de Franz se escuchó en todo el salón, haciendo que todos fijáramos nuestra atención en ellos.
Los oficiales se estaban marchando y mientras la chica seguía con las manos en la cabeza, Franz empezó a ayudarla a ponerse de pie y luego se giró hacia nosotros.
—Llevaré a Allison a que la atienda un médico. Bastian, quedas a cargo. Asegúrate de que todo esté en orden antes de salir —dijo, mirándome con advertencia mientras me lanzaba las llaves.
Aquel gesto me hizo sentir peor que antes. El hombre estaba tan fuera de sí aún que ni siquiera pudo recordar que yo tenía mi propio juego de llaves, no necesitaba las suyas; pero, sin embargo, asentí sin decir una palabra al respecto, él tampoco esperó que lo hiciera, solo fijó su atención en Allie y se apresuraron a salir del salón.
Todo quedó en silencio después de eso.
Viktor cerró la puerta y se acercó a los demás, que se empezaban a agrupar a conversar de lo ocurrido.
—Franz está hecho una mierda. —Le escuché decir a Viktor.
—No es para menos, ¿no le viste la cara a Allie? —respondió Manuel—. Casi me arranca el brazo para apartarme de ella.
—¿Bastian? —Alcé la cabeza al escuchar el llamado de Tom— ¿Qué hacemos ahora?
Todos me miraron con atención, esperando mis instrucciones, y me pareció irónico que ellos siguieran considerándome el hombre al que debían seguir, cuando justo en ese momento yo sentía que lo había arruinado todo.
—Irse... Eso harán. —Saqué las llaves de la Van de mi bolsillo y se las lancé a Viktor.
—¿Tú te quedarás? —preguntó Manuel—. ¿Para qué, hombre? Mañana podemos…
—Franz de seguro no puso en orden nada allá arriba. Eso me tomará tiempo. Vayan, dejen a las chicas en casa, yo tomaré en taxi cuando termine.
—Vamos, Bastian. No... —empezó a protestar Bárbara, pero Viktor levantó una mano para callarle.
—Ya dijo que tomará un taxi más tarde. Todos los demás... Tomen sus cosas y suban a la Van. Creo que todos queremos ir a descansar. —Nadie más protestó e hicieron justo lo que se les dijo—. ¿Seguro estás bien? —preguntó cuando estuvimos a solas.
—Seguro. Solo estoy enfadado conmigo mismo, y necesito despejar mi mente.
—De acuerdo. Hablaremos mañana, entonces —respondió antes de palmear mi hombro y caminar hacia la puerta cuando los demás empezaron salir.
Me apresuré a subir las escaleras y entrar a la oficina.
Vi algunos documentos en el suelo, y me pregunté si Franz los tendría en la mano cuando vio lo que ocurría. Los levanté y luego cerré la pequeña ventana del rincón antes de sentarme frente al ordenador; guardé todos los archivos que estaban abiertos y finalmente lo apagué.
Traté de dejar todo en orden antes de abandonar aquella pequeña habitación y cuando salí sentí mi corazón desbocarse con una mezcla de ira y alegría, porque abajo, en el salón principal, sentada en una de las mesas centrales, estaba Bárbara... esperando por mí.