La tarde siguiente me encontraba otra vez en Loretta’s Café, mientras esperaba por Bárbara sin saber realmente qué le iba a decir. Había pasado toda la noche meditando al respecto para siempre llegar a la misma conclusión: ¿Con qué derecho le prohibía yo que asistiera a alguna parte? Bárbara era una mujer adulta, soltera y espontánea, que tenía plena libertad de ir al apartamento de Tristán y follárselo todas las veces que se le viniera en gana, incluso si eso incluía a Karla y a Laura. Pero la realidad era que no podía aceptarlo; y supe que lo impediría a toda costa, aunque no tuviera ningún derecho sobre ella. «Prefiero que se líe con Tom», me dije en un intento de elegir el peor de mis males; al menos él era un buen tipo. Pero luego resoplé con enfado, sabiendo que me mentía a mí mism

