Leóncio Badin observaba desde el ventanal transparente de su habitación, la mujer que paseaba a su perro Vil, esté parecía muy agusto con ella, tanto como el lo había estado desde su llegada.
Una monja atrevida, esa mañana, cuando llegó a su casa, lo había prácticamente violado, una fascinante posesión. Ya sabía que las monjas podían tener un líbido pecaminoso escondido debajo de su hábito.
Todas las que lo habían cuidado por más de 10 años, habían de una u otra forma tocado su cuerpo, pero no a los extremos atrevidos de Sol. Ella llevaba ventajas, le aumento tanto el deseo que al final sucumbió y se vió enterrándose en su coño virgen. Incluso esa tarde había durado horas follandola. Sentía algo muy especial cuando la tenía piel con piel. Las fuerzas lo abordaban con un simple roce de esa hermosa criatura. Volvió a examinar sus facciones, eran perturbadoras, el rostro de un ángel, con cuerpo de diabla, sus curvas eran una locura y ni hablar de su delicioso coño, su interior era una cueva apretada y rocosa, con lava hirviendo. Con ella la debilidad salía corriendo.
La razón de su debilidad era la de siempre, cuando 15 años atrás descubrió que su otra mitad, su destinada había nacido, decidió buscarla en la tierra, por cinco años anduvo casi todos los rincones del planeta sin resultados. Después de no dar con su paradero decidió ingresar al infierno, todas las noches. Un suplicio por 10 años, cada vez que salia después del último campanario su cuerpo quedaba inmóvil, su lengua se atragantaba. En definitiva, convertía en un pedazo de carne inservible.
El sonido de una puerta abriéndose a su espalda lo saco de esa área gris de su existencia. Pronto la voz añeja de Brenda lo termino de despertar.
—Estas muy mejorado querido esposo.—Esta solía estrujar las palabras con malicia al hablar. Hubo un tiempo que lo encontró hasta seductor. Ya no, todo en ella le era indiferente.
—Últimamente me recupero más rápido de mis viajes, al parecer el cuerpo vuelve a adaptarse a esos tiempos en los que vivía en esas profundidades.
—Es extraño, los demonios desterrados jamás se vuelve mas resistentes, según pasan los años, somos más vulnerables.—Los delicados brazos de la mujer, lo rodearon con deseo, fue rápido en apartarse.
—¿Por qué volviste?.—Esa pregunta lo tenía en un punto ciego, sabía que Brenda no se movía sin un plan o interés de por medio.
—Por tí, al final de cuentas somos marido y mujer.
—Solo de palabra, no hay vínculo más allá. Sin contar que decidiste abandonarme hace más de 10 años.—La volteó a ver para dejarle claro que ella no significaba nada en su vida. —Aun no entiendo tu regreso.
—Volvi para quedarme, espero que desistas de la idea de buscarla. Quizás el Oráculo mintió cuando fuiste a verlo. —Se le acercó lo suficiente para sentir su calor y la excitación vacía.—Soy tu único refugio Leóncio. Estamos a tiempo de empezar de nuevo.
—¡Alejate de mí!. No creo en ti. —Ella debía esconder algo, en todos esos años, apenas se había comunicado con el o su madre, incluso prácticamente la había borrado de sus recuerdos.—Prefiero que te marches de mí casa. Como sabrás no tienes derecho a nada. Lo perdiste el mismo día que me abandonaste.
—No tengo a dónde ir.—La altivez de Brenda rodó por el piso. Debía ser difícil para una mujer vanidosa, acostumbrada a lo mejor, verse en la calle.
—Entiendo, ya te gastaste todo el dinero que te di. No me sorprende. —Se sentó en uno de los sillones de su recámara.—Debes de entender que no es mi problema, no te quiero en mi vida Brenda. Es más, estoy pensado volverme a unir a otra persona.
—¡No juegues, eso jamás pasará!. Además dudo que en este mugroso pueblo encuentres alguien como nosotros. Todo el ambiente está infestado de humanos.—Brenda lo apunto con el dedo. Su reproché vacío no le causaba ni frío ni calor.
—Incluso conozco la candidata perfecta.—Enmarco una risa mordaz, antes de darle la última estocada.—Pronto sabrás quién es. Así que lo menos que espero es un poco de decencia de tu parte y que te largues de aquí.
—Eso nunca. Tampoco dejaré que te unas a otra mujer.
—¡Brenda, maldición!. — Se le acercó con desprecio, se le carcomían los sesos cuando veía esa actitud tan irracional.—Ahora soy yo quien no te desea a mi lado.
—No es justo, me fui porque no me tocabas, de alguna forma tu fuiste quien me abandonaste. —Esta puso el rostro como si fuera a llorar, sabía que solo eran muecas ensayadas.—Solo tenías tiempo para buscarla, no me hacías el amor.
Al verla acercarse a el, se alejo, camino al otro extremo de la habitación y salio sin darle respuestas. Ella no lo merecía. El tampoco a esas alturas la deseaba, apenas la recordaba.
Camino por el pasillo, volvió a uno de sus rincones favoritos, su despacho. Al entrar observo que todo seguía impecable, las enciclopedias, el ordenador, el escritorio de madera preciosa. Todo se lo debía a su madre. Ella se había encargado de cuidarlo, de manejar la casa, incluso de traer a la última monjita.
Su v***a se puso dura, al pensar en Sol, lastima que en su estudio no habían ventanales. Quizás estuviera tirada en el césped del jardín acariciando el perro.
Su excitación no mermo, apenas se contuvo cuando la vió varias veces cruzar el salón. Esa noche no le apetecía su infierno cotidiano, el que lo dejaba moribundo, prefería uno más excitante.
Unos 10 minutos antes de su hora de salida habitual, para internarse en el bosque, cruzaba por el pasillo, al ver la puerta de la habitación donde se hospedaba Sol, entreabierta. Tocó su dureza y entro.
La chica se colocaba un abrigo. Le extraño que no se sorprendiera al verlo.
—Estoy lista señor Leóncio, ya pensaba bajar por usted.—Se veía muy seria y distante como si todo ese juego seductor entre ellos hubiera cambiado.
—Ya te prohibi llamarme Leóncio.—Cerro la puerta a su espalda, con fuerza y se acercó a ella.
—Asi le diré de ahora en adelante, nada de papi, ni mí León. —Se quedo en silencio unos instantes, antes de arremeter nuevamente.—El jueguito acabo, es más, imagínemos que nunca paso algo entre nosostros.
—¿Me estás dejando?.—Sintio un fuerte azote en su pecho. Ni los que le habían alcanzado, cuando corría de los demonios enemigos en el infierno, le dolieron tanto.
—Es imposible dejar algo que nunca estuvo en mis manos.—Hablaba con una serenidad perturbadora para sus nervios.—Señor Leóncio. Lo que pasó entre nosotros solo fue culpa mía. Lo asumo. Espero que disculpe una estúpida novicia, que quiso estar con un hombre antes de consagrarse.
Sintió su respiración agitada y falta de sinceridad.
—Una muy descarada, tomando en cuenta que en esos momentos apenas se podía mover.
—Tampoco se haga la víctima, yo me insinue y recree con usted un juego que había visto en revistas.
—Y con el padre y la madre superiora.—La interrumpió para recordarle sus palabras atrevidas al confesarle una verdad tan pecaminosa.
—Si, pero olvidemos eso. Usted tiene su esposa.
—¿No será que estás celosa?, Sol.
—No señor, así como me ve, no soy lo que aparento, aúnque si respeto el compromiso. —Lo esquivo retrocediendo algunos pasos cuando lo vió acercarse.—Aléjese de mí. Míreme como su simple acompañante.
—Y si te pido que volvamos a estar juntos. Me gusta tu cuerpo.
—Le diría que invoque los recuerdos, mi cuerpo, mi olor, mis gemidos, todo lo que usted sintió cuando estuvo en mi interior, no volverán. —La vió lamerse los labios, algo que lo desquició aún más.—No volveré a ser suya, señor Leóncio.
—¡Maldición!.—Presentía que era por la llegada imprudente de Brenda.
—Es mí decisión, espero que sea todo un hombre y no me insinue nada fuera de tono. Señor.
—Ok, tu lo decidiste, veremos cuánto aguantas. Sol. Aparte de que tú estadía en esta casa se volvera un infierno de ahora en adelante.