El señor Leóncio parecía afectado por su intención de parar el juego s****l entre ellos, oh más bien experimentar, ya había tenido el placer de disfrutarlo, no pensaba seguir, más sabiendolo un hombre casado.
Se lo puso claro cuando la encaro una hora atrás. Aunque lo deseaba y se había comportado como una promiscua desde el día uno con el, respetaba el matrimonio. En la iglesia, especialmente en el concesionario, había sentido los llantos de muchas mujeres confesando las infidelidades de sus esposos. No sería la causa de las penas de esa señorita tan fina, llamada Brenda.
Fue desafiante, camino en el pequeño espacio de la habitación, antes de salir. Respiro profundo mientras hacia rodar el pomo de la puerta, empujaba hacia el interior.
Salió con prisa, ya habían pasado unos diez minutos después de su conversación, algo tensa. Después de bajar los escalones, fue directo a la cocina, agradeció que no había nadie. Tomo dos peras y las guardo en los bolsillos de su abrigo.
Cuando fue al salón en busca del señor, supo que habían comenzados sus ataques.
—Por fin apareces monjita inepta.—Sin duda había aplastado su ego a la mitad, la veía con mucho desprecio.—Toma la silla de ruedas. !Vámonos!.
—¿Puedo ir con ustedes?.—La señorita Brenda se levantó del sofá, animada. Parecía entusiasmada por la idea.—Incluso yo podría llevarte mi amor, te cuidare mejor que ella.
—Lo veo bien señora. Usted es su esposa.—Dijo con voz apacible. Deseando que esté lo aprobará, el estar muy cerca de el, en un bosque peligroso y solitario no le agradaba nada.
La carne era débil, más la de ella, si estaba cerca de Leóncio Badin.
—¡No hables niñita!. Ubícate, no eres nadie para dar tu opinión.—Bajo el rostro algo avergonzada, sabía por que lo hacía, aún así la humillación era dolorosa.—Brenda mejor mantente aquí, en tu pedestal, para algo está la monjita.
Se mantuvo en silencio, cuando esté empezó a avanzar hacia la salida, fue tras el arrastrando la silla de rueda. Todo el camino, el mutismo los mantuvo en una distancia vibratoria. De no ser porque sus manos se rozaron cuando seguía el camino asfaltado del bosque, que los guiaba al circulo donde debía dejarlo, no hubieran hecho contacto visual.
Por suerte el extraño punto apareció, este se quedó parado en el, ella en cambio, retrocedió, prácticamente salió corriendo, aunque hubiera sido astuto, quedarse y descubrir el secreto de Leóncio.
Se alejo hasta dejar de sentir la humedad del frío bosque y unos ecos ultratumba.
Se sentó en uno de los banquillos con la mirada fija en la entrada, a la vez devoró las peras, estaban jugosas y dulces como los labios del León, suspiro excitada e intento apartar su deseo de volver unir su cuerpo a el. Más despues de su comportamiento ruin y despreciable, delante de su esposa.
Esa noche, el sueño no le ganaría la partida, lo sacaría a tiempo, a pesar de haber sufrido las consecuencias de lastimar su ego.
Veía su reloj cada cierto tiempo. Esa noche el bosque estába bullicioso, había una estela Carmesí. Los rugidos temblorosos la espantaron de repente, por lo que decidió ir una hora antes por el señor Leóncio. Si cometía una imprudencia, intentaría dar una excusa convincente, algo se le ocurriría, era buena en eso.
Se adentro en el bosque sin miedo, la neblina estaba algo densa, mezclada con un tono desigual, al principio rojo, cuando más profundizaba sus pasos al interior del espeso bosque, se empezaba a revelar un matiz violáceo, cada vez más puro.
Agradeció su condición de diabla, su visión era clara, siguió el camino sin dudar, los gritos seguían presentes, al llegar a la mitad del trayecto la temperatura cambio, desde el suelo se desprendía un vapor caliente. Empezó a sospechar la naturaleza de todo lo que la rodeaba.
Lo comprobó con pasos determinados en dirección al círculo. Se paralizó unos metros antes. El círculo de concreto no existía como tal, en ese instante era un hueco profundo, que emanaba un destello de llamas lineales en sentido vertical.
Era un portal al infierno, una diabla reconocía sus orígenes, su madre desde que tuvo uso de razón le enseño alejarse de eso. Pero en esos momentos no pudo, se sintió atraída por los gritos, en especial por el rugido del señor Leóncio.
Retrocedió unos pasos cuando lo sintió más cerca. El grito diabólico fue tan intenso en esa ocasión que los aleteos de cientos de murciélago salieron de entre las ramas frondosas. La tierra volvió a temblar. Volvió a sacudir todo. Esta vez, con algo extra, escupió un ser extraño, de piel dorada y grandes cuernos color azabache. Flotaba junto a las flamas que sobresalían y las sombras huesudas de algunos diablos que deseaban alcanzarlo.
Su mirada ausente la penetro, pura ausencia de luz en sus cuencas. Todo en ella se estremeció, sentía una atadura especial con el. Casi corre a sus brazos de no ser por el empuje que tuvo el demonio hacia el suelo, cuando el círculo se sello de forma violenta.
El vendaval la hizo rodar unos metros atrás y chocar con la corteza dura de un árbol. Fue dolorosa y breve su recuperación, volvió avanzar al círculo, el demonio estába tirado en posición fetal, en ese instante su sentido común palpo mejor la visión, tenía el mismo atuendo del señor Leóncio.
Era el, sus rasgos se fueron transformando, tomando nuevamente la piel humana. Ya empezaba a entender todo, se veía tan débil. Posó su vista en el cielo, estaba tan oscuro. En ese preciso instante era que debía comenzar a ingresar al bosque.
En ese lapso los vestigios infernales se ocultaban, incluyendo la identidad del demonio que era el señor Leóncio. Vió la marca en su frente, parecía doler esa (X), era con la que se señalaba a los demonios desterrados.
Se recostó de un árbol, si tenía algo de suerte, Leóncio no recordaría que ella había descubierto su gran secreto.