El cuerpo del hombre dejo de temblar unos 15 minutos después, al igual el bosque recuperó su naturalidad. Acercó la silla de rueda y lo ayudo a subir, en esos momentos volvieron a mirarse de forma especial.
Debía sentirse frustrado, no podía hablar. Empujo la silla de rueda por todo el camino, su cuerpo permanecía inerte. Respiro profundo. El nunca había sufrido ningún accidente, todo era una máscara. No tenía como justificar su realidad.
Luego de salir del bosque justo a tiempo, cruzo el jardín, ya algunos hombres los esperaban junto a la señora Inés. Fueron alcanzarlos, cargaron al hombre y lo llevaron al interior de la mansión. La señora Inés no dijo nada, solo dió la espalda y entro detrás de estos.
Permaneció un largo rato en exterior, se sentó en las escaleras de la entrada. Le gustaba ver el alba, incluso recibir los primeros rayos del sol, tibios, eran una caricia cálida para su piel. De no ser por la llegada impertinente de Carlota, no se marcha hasta calentar más el sol. Está salió con un escobillon, barriendo la entrada e intento lanzarle todo el polvo a ella. Se levantó, subió varios escalones y no se limitó en atravesar el pie, para que se cayera.
—¡Estupida, perra!.— Exclamó. Su única respuesta fue voltear el rostro para que viera que se estaba riendo de su caída.
Avanzó hasta la entrada. En su andar, no tardo en llegar a su destino. La habitación de Leóncio. Le tocó cuidarlo por 3 horas, a la espera de que llegara la señora Inés, para tener un merecido descanso, tuvo una sorpresa antes de que está llegara.
La esposa entró con bastante interés y un atuendo que dejaba mucho que desear. Era media mañana, no era lógico que andará en camison rojo y unos provocativos tacos a juego.
Se contoneo despacio hasta quedar muy cerca de la cama donde reposaba el señor.
—Te puedes marchar niña.—Sus manos tenían unos ademanes extraños. En esa casa nadie era lo que parecía.—¿Cuál es tu nombre criatura?.—La enfocó con interés, al menos su mirada no era tan fría como la de la señora Ines.
—Sol. Señora Brenda.
—No me digas Señora. Soy muy joven. —Paso la mano por su figura esbelta, para que comprobará su belleza y juventud.— Reservate ese calificativo para la vieja de Inés.
—Disculpé, la llamé así por respeto.—Se dispuso a levantarse del asiento.—Por su estatus de ser la esposa del señor Leóncio.
—¡Ahh!. Si. Eres inteligente niña. — Parecía pensativa, hasta que volvió a decir otra incoherencia.—Eso me hace la señora de la casa e Inés la doñita.—Al parecer la señora Brenda no era una lumbrera.
Agradeció que su boca se silencio. La señora Inés entro. La miro de arriba abajo.
—¿Qué haces en paños menores a estás horas?.—El rostro de la señora Inés era muy expresivo, su vista se paseo con desaprobación por la silueta de Brenda.
—Es obvio, vine a estar con mi esposo.—Su tono fue desafiante. Esto no puso furiosa a la señora Inés, más bien le provocó un ataque de risa.
—No entiendo el chiste. Es lógico que tengamos intimidad.
—Pensé que ya habías superado la estupidez, querida Brenda. Mira el estado de mi hijo.—Lo Apunto con la mano derecha.—Mejor vete, yo lo cuidare.—Luego dirigió la mirada hacia ella.—Tambien te puedes ir Sol. Desayuna y descansa, te llamaré cuando te necesite.
Asintió y salió de la recámara. Detrás de ella sintió los berrinches de Brenda al salir también. La ignoro y siguió su camino.
El siguiente paso fue ir por su desayuno. En la cocina el ambiente era tenso, Carlota la veía con desprecio, soporto ver sus ademanes de perra, hasta sentir su estómago satisfecho y disponerse a huir a la recamara.
Al entrar no hubo espacio para pensar en lo ocurrido en el bosque, tenía los párpados pesados. Graduó el despertador y se derrumbó. El sueño la sobre cogió por algunas horas hasta que el sonido interrumpió el descanso. Casi tira el objeto contra la pared. Deseaba seguir, durmiendo, más no era posible, se estrujo los ojos y se deslizó por la cama, hasta sentarse en el borde.
Volvió a comprobar la hora, aún tenia una hora. Una buena ducha la relajaría. Se desnudo con impaciencia, sus grandes pechos quedaron en liberta, luego su sexo. Tomo las prendas y avanzó con ellas hasta la entrada del baño. Antes de entrar por completo, escaneo el pequeño espacio, se sentía observada. Al no ver nada extraño entro.
Ya en la ducha tarareaba canciones de aquelarre, incluso le gustaba contonearse como una víbora cuando lo hacía.
Estrujaba su pelo con los ojos cerrados cuando fue sometida. Sabía que era Leóncio, termino de enjuagar su pelo, cerro la llave y le dió el frente.
—¿Qué desea, señor Leóncio?.
El no respondió, la elevó como si no pesara nada, al igual que ella, estaba desnudo, la aplastó contra las finas baldosas. Piel con piel. La volvió a empujar hacia arriba. Su frondosa punta choco contra la entrada de su coño. El muy traicionero ya palpitaba. El dejo que su cuerpo descendiera para que su m*****o se clavara paulatinamente en su interior.
—Por favor señor Leóncio, déjeme.—El no hizo caso y empezó a embestírla.—Si no lo hace tendré que marcharme de su casa.—Susurro entre gemidos acalorados. En ese momento tenía un choque moral, en su mente. Dejar que siguiera dándole placer, le gustaba sentirlo dentro. De lo contrario buscar fuerzas y zafarse, debía respetar el vínculo sagrado que este tenía con la señora Brenda.
—No lo harás. Si lo haces te Perseguiré, igual que a ella. Me perteneces Sol. —Esas palabras la hicieron perder la cordura, su cuerpo tomo el mando, al igual que su instinto pasional. Le rodeo el cuello con sus brazos. El no paro de follarla con fuerza. Su coño era uno con su m*****o, sus espasmos lo pusieron a vibrar.—Vez, como me entregas tus jugos.
—¡Ay!. ¡Qué rico!.—Estaba perdida, cuando el orgasmo la ahogo, lo beso. Sus lenguas se estrujaron, el le siguió el juego. Tarde recordó sus palabras de que estaba prohibido besarlo, se aparto.—Disculpa.
El guardo silencio, casi al instante la bajo, después de otro puntazo fuerte en su coño. La hizo arrodillarse ante el y engullir su grueso tronco. hasta que su semen resbaló por su garganta, estaba caliente y viscoso, igual le gustó. Lamió de forma descarada toda su punta, buscando más líquido.
—Ya pequeña, te la acabaste toda.—El azotó a su m*****o contra su mejilla. Eso la hizo entrar en razón y se levantó avergonzada.
Se terminó de duchar mientras el la miraba con inquietud. Esquivo sus ojos leoninos, no deseaba que viera todos los secretos que guardaban sus ojos. Cuando terminó salió seguido, cubriendo su cuerpo con una toalla. El permaneció unos minutos más en el baño.
Eso permitió que caminará de un lado a otro. A la espera de un cuestionamiento por su parte.
—Pensé que me esperarías acostada.—Su voz repentina, casi la infarta.
—Mejor, vaya a su recamara señor Leóncio. Ya me poseyó como si fuera su esclava s****l. —Le brillaron los ojos. Lo que acaba de decir tenía un trasfondo infernal, los demonios como el, solían esclavizar a las diablas. Más si era híbrida. Aunque no era precisamente una bruja, la sangre de una, fluía por sus venas.
—Me gusta la idea. —Sonrió, se fue acercando, ya tenía su m*****o erecto. No podía negar que era un demonio. Uno muy follador. La despojo de la toalla, está cayó al piso, volvió a estar expuesta ante el.—Ven.
Se recostaron en la cama, en una posición cariñosa. Esté parecía tener un ritual amatorio con respeto a su cuerpo.
Chupo su coño, incluso su lengua la penetro, haciendo unos círculos en su interior, que la hicieron encogerse por la dosis extrema de placer brindada.
Lo vió en se juego, sus ojos se conectaron.
—León por favor. —Trago saliva, ante el inminente orgasmo y la escena erótica de el estrujando su boca contra su coño. Cuando sus fluidos afloraron, lo noto con aire triunfal.
Subió despacio, besando todo el camino que conducía hasta sus pechos.
—Me gustan. Son grandes, redondas y responden con disciplina a mi lengua. —Era cierto, con una sola lamida, sus pezones se apretaban con dureza.
Su boca jugo con ellas, hasta dejar esa parte de su piel con chupetones. Lo siguiente fue levantarla para que se sentará sobre el. Volvió a penetrarla.
—Te enseñaré a cogerme bien.—Le susurro luego de liberar uno de sus pezones. La levanto un poco, después la dejo caer con fuerza. Lo hizo varias veces, sentía como su punta alcanzaba lugares más profundos, le gustó. Se empezó a mover con agilidad, un poco inclinada hacia atrás.
El aprovecho la posición para amasar sus glúteos y darle nalgadas fuertes.
—Mira como lo disfrutas Sol.—Vio la unión de sus sexos, su gruesa v***a la atravesaba. Eso la excito más y se movió más.—Follame, duro.
—¡Ay!, eso quiero. Nunca es suficiente.
—Nunca lo será. —El cambio un poco su voz, apareció un trasfondo demoniaco. Incluso sus ojos adquirieron el color. Ella se dejó de mover e intento Zafarse.—No te dejaré ir.
Solo salió de ella un breve instante, para cambiar de posición y quedar arriba. Se le mostró como en el bosque, con la piel dorada y los cachos. Se sintió débil. El estaba dentro de ella. Moviéndose con suavidad. No podía fingir siendo vulnerable. Solo deseaba que la clavara con más fuerza.
—¡Dame más duro papi León!.—Acaricio sus cachos y su rostro dorado. Aún así era divino. Lo rodeo con sus piernas.
La penetro con ritmo desquiciante, lo peor, le regalaba sus gemidos. El placer fue más vibrante.
—¡Ay!. Delicioso. ¡follame duro!.—Aruño su trasero duro, para que siguiera clavandola con fuerza, hasta ambos correrse.
Después de recuperar el aliento, se mantuvieron abrazados por largo rato. El le pasaba la mano constantemente a su sexo, y lamía su pechos. Aunque era un demonio, y ella en verdad un diabla, el no lo sabía, tampoco se lo diría. Por otra parte le causaba curiosidad su apego s****l.
—Debemos jugar un poco más.
—Mejor vete a tu habitación. Ya casi saldré a pasear a Vil. —Lo empujó para que sacara uno de sus pechos de su boca. Había recuperado su aspecto humano y por suerte no había tocado el tema de su secreto.
—Regalame otra cogida.—Su v***a estaba otra vez dura.
—Leóncio, me gustaría, pero debo salir.—Se levantó de la cama.—Recuerda que yo soy la única que saldré perdiendo.—El también se levantó y la abrazo por detrás
—Nadie lo hará. —La hizo ponerse en cuatro y la poseyó, mientras le daba fuertes azotes en sus glúteos. Su coño ya estaba resentido por la fricción constante, cuando esté la libero. Para cambiar de posición. Su preferida. Tenerla debajo, con los pies al nivel de su cabeza. La perspectiva era más salvaje. Su m*****o lo machacaba con bestialidad. Hasta que sintió el líquido caliente inundarla. Luego un fuerte temblor interno. El a pesar de alcanzar el orgasmo siguió dentro. Aún estaba duro.
Miro hacia abajo y lo comprobó.
—Debes saber que aún no termino. Ya sabes mi secreto. —Siguió con un ritmo lento.—Ahora yo deseo saber quien eres tú. ¿Cuál es tu naturaleza, sol?. Más te vale decirme la verdad ahora mismo.¿Qué eres?