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1109 Palabras
Me seco la cara con rapidez al escuchar su voz. —No pasa nada —miento —solo quiero irme ya a casa. —¿Tu amigo no vino? —pregunta con su boca muy cerca de mi oreja lo cual hace que se me ericen los vellos de la piel. Niego con torpeza y no puedo evitar poner mis manos en sus caderas. Alzo mi rostro para mirarlo y nos encontramos muy cerca. Sus pupilas están bien oscuras y sus mejillas tienen un matiz rosado encantador. —Te llevaré a casa —dictamina rompiendo la magia. —¿No quieres bailar un poco? —inquiero tomando distancia y moviendo mis hombros de un lado a otro. Con solo verlo, ya me siento mucho mejor, incluso creo que ya se calmó el dolor en mi trasero y en mi espalda baja. Lo veo reír y sonrió de oreja a oreja. La risa de Andrés es contagiosa, se le marcan unos hoyuelos preciosos y muestra sus dientes blancos y bien delineados. La magia de los Brackets en la adolescencia. Lo veo asentir y toma mis manos mientras comienza a moverse. Como en todo local nocturno, la música es movida y resuena en nuestros oídos. Hacemos pasos ridículos sin dejar de mirarnos mientras reímos. Muevo mis brazos frente a mi rostro y hago muecas solo para ver como él ríe con más fuerza. De pronto, la melodía se torna suave, las parejas en la pista se abrazan, aunque la mayoría se están comiendo la boca sin reparos. Paso saliva, Andrés me tiende la mano y la tomo. “Suffer” comienza a tomar fuerza y la voz de Charlie Puth es como una droga. Doy un giro sin soltar la mano de mi primo y luego el me atrae contra él quedando mi espalda contra su pecho. Cierro los ojos y me dejo llevar por la música. Se siente tan bien tenerlo tan cerca, la calidez que me brinda es maravillosa. Pero nada dura para siempre, siento que me tocan el hombro y cuando abro los ojos, Eliana está frente a mí. —Es mi turno ahora —dice con voz lo suficientemente alta para que la escuche. Así que sí, me libero del agarre de Andrés y me hago a un lado para que ellos bailen. A él parece no importarle cambiar de pareja, así que no puedo evitar sentir algo de decepción en el pecho. Obviamente él no me ve de la misma forma. Camino en dirección a la barra para buscar a las chicas, pero no las veo por ninguna parte. «Deben estar bailando con alguien ya», pienso con molestia. La preocupación de mi primo parece haberse esfumado porque ahora se ve como uña y mugre con mi mejor amiga. —Deme tequila por favor —le pido al hombre que atiende la barra. Él me mira intrigado, pero asiente. —¿Tienes cómo pagar? —pregunta con una sonrisa sarcástica. Ruedo los ojos y pongo mi cartera sobre la superficie. —Claro que sí —replico molesta. No es como que necesitase que alguien pague el trago por mí. —Yo puedo pagarle el trago a la señorita —vocifera alguien que se pone a mi lado. Se trata de un hombre de pelo canoso, pero que lleva un traje de vestir. Lo estudio durante algunos segundos y elevo una ceja. —Ya dije que puedo pagar mi propio trago, gracias. —Una mujer tan bella como tú —me dice el hombre —debería poder tomar todos los tragos que quiera gratis. —¿No se le ocurre algo mejor que decir? —inquiero aburrida —en fin, pague el trago si tanto quiere lucirse. El canoso paga y yo recibo mi tequila. Lo bebo de un solo sorbo y arrugo el rostro cuando el líquido quema mi garganta. —¿Quieres ir afuera? —pregunta. Miro en dirección a donde se encuentra mi primo feliz de la vida bailando con Eliana. Más que un baile, parecen estar cogiendo en medio de la pista. No paso por alto que una mano de él se encuentra apretando uno de los pechos de ella. «Suertudos», pienso amargada. Miro a mi canoso, no está mal. Tiene un rostro bonito y al menos se ve elegante. —Ok —respondo y lo sigo. Una vez afuera, la brisa nocturna choca contra mi rostro e inhalo profundo sintiéndome un poco más animada. «Vine a divertirme» me repito y estudio al hombre que me acompaña. Con la iluminación de las farolas, debo admitir que el señor no está nada, pero nada mal. Su vestimenta se ciñe a su cuerpo y queda claro que tiene unos brazos fuertes. —¿Cómo te llamas? —inquiere mientras saca una caja de cigarros de su bolsillo. —Sara ¿Y usted? —respondo abrazándome a mi misma porque la brisa tan fresca me provoca frio. Claro, sin la calidez del gentío en aquel local, me siento expuesta. —Puedes tutearme —comenta y toma una primera calada —Carlo sin ese —susurra y sopla. —¿Quieres? Asiento y le arrebato el cigarro sin pensarlo demasiado. Él hombre ríe. —Parece que necesitas entrar en calor —añade tras escucharme toser un poco por el humo inundando mi cuerpo. —¿Me ayudarás con eso o nos quedaremos congelándonos aquí afuera? —replico devolviéndole el cigarro. —Vayamos a un hotel —concluye y me toma de la mano. Me limito a seguirlo sin más. Mi vientre se contrae ante la expectativa de lo que va a pasar y no puedo negar que aquel señor me atrae. No soy muy exigente, cuando alguien me gusta puedo hacerlo hasta en el carro, pero hotel es hotel y no desperdiciaré esa oportunidad. Esa noche, Carlo y yo lo hacemos dos veces seguidas en un hotel lujoso. Luego, tan rápido como sucede todo, él se viste, se ajusta la corbata y se marcha. —Puedes quedarte hasta mañana —dice antes de cruzar por la puerta —pedí esta habitación por 24 horas. —Bien, gracias —le digo. Él cierra la puerta y el silencio es absoluto. No me había fijado en la mesita de noche, pero cuando lo hago, me fijo en que dejó una tarjeta personal al lado de una pequeña paca de dinero. Quiero levantarme molesta para aventarle aquel dinero en el rostro, pero las palabras del tipo de la disco se arremolinan en mi mente. “¿No es esto lo que te gusta putita?” y ahí, sola, en una cama mullida y en medio de una habitación lujosa, lloro desconsolada.  
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