Capitulo 4

1787 Palabras
Capitulo cuatro. Diana 4 horas. Miro fijamente el cielo estrellado dando profundas respiraciones, sintiendo como el aire frío entra en los pulmones con lentitud, saliendo caliente y pesado. Las estrellas surcan el cielo de la capital, llenando el espacio que debería ocupar la luna, cierro los ojos pensando en lo que sucederá en estos meses, la normalidad nunca se siente bien en los descansos después de las misiones peligrosas. Es como si esa aclamada y deseada normalidad no perteneciera a nuestra realidad, se siente ajena e incorrecto; y no entiendo que tan mal debo estar para pensar de esa forma. Aprieto la mandíbula y los labios en una línea recta tensada, recordando el único mensaje que había en el teléfono del apartamento; pocas palabras confirmando una muerte, la muerte de mi abuela, la única familia que me quedaba, además de mi hermana. Sé que murió y cuando lo hizo, pero no es lo suficiente importante para que este llorando o sufriendo por ese hecho. No siento nada, absolutamente nada. La única persona que me importa es mi hermana, y aun así no he oído nada de ella en estas seis horas que llevo en la ciudad capital, cuando salga el primer rayo del sol, saldré a buscarla a su apartamento, Marieth, siempre está ahí esperándome cuando llego de una misión. Es el único apoyo que me quedo cuando me uní a las fuerzas especiales a temprana edad. Mi abuela materna, Elizabeth, se enojó conmigo y me echo de la casa cuando se dio cuenta de que no iba a cambiar de opinión, no sin antes decir que mi padre debería estar revolcándose en la tumba con mi. Nunca llegue a comprender completamente, ha que se refería realmente. Ahora mucho menos sabré a qué se refería. –Será mejor que duermas algo–anuncia la voz ronca de Jeick, abro los ojos alzando la mirada, encontrándome con el dorso moreno desnudo del hombre de voz ronco, quien revuelca los cabellos negros una y otra vez con parsimonia. Haciendo que la imagen dormida que mostraba vaya cambiando a algo mas sexy y atrevido. –No deberías aconsejar lo que no puedes hacer–Jeick deja salir una carcajada ronca ahogada, sentándose en el piso a mi lado, mirando fijamente el cielo nocturno–no has gritado esta vez–informo desviando la mirada, un sonido ronca bajo sale de la garganta de Jeick a modo de respuesta. No hay la necesidad de decir algo mas, lo cual provoca que un silencio tranquilo y relajante nos rodee, dándonos una sensación de paz. –Gracias–susurra en un maullido suave– ¿estás preocupada por algo? –hace el intento de preguntarlo, aunque él sabe que algo me preocupa, no tiene la necesidad de preguntarlo para qué sea confirmado. Jeick sabe cuando está pasando algo con cada uno de nosotros, sin necesidad de que hablemos con él. –No es nada, por ahora. Si necesito ayuda lo pediré. –Eso espero–susurra dejándome sola hasta el amanecer, bostezo observando los rayos rojizos y amarillos del sol. El primer rastro de luz del día. Camino hacia la cocina, entre la oscuridad de la madrugada enredada en pensamientos ilógicos e innecesarios, incoherentes, que me quitan la poca cordura que poseo. Trastabilló y choco contra las orillas de los muebles y las paredes, llegando entre tropiezos a la cafetera donde se encuentra ese líquido oscuro y vital que pocas veces podía tomar en meses; el aroma del café puro inmunda la cocina esparciéndose suavemente por cada habitación del apartamento. Dejo escapar un suspiro cargado de felicidad al tomar el primer sorbo de café, sintiendo como la energía va volviendo poco a poco, dándome la última pizca de motivación que necesitaba para enfrentarme a la búsqueda de mi hermana. Recojo el saco n***o saliendo de la casa que compartimos los cuatro adentrándome en la ciudad capital. Jalo la capucha del saco n***o sobre la cabeza tapando la mitad del rostro, las calles oscuras de la capital están iluminadas meramente por las lámparas que hay en cada esquina de las calles. Una luz tenue y blanquecina que solo ilumina menos de un metro cuadrado. Grafitis y estampas camufladas entre las paredes blancas, negras y de ladrillos, marcando discretamente a que distrito pertenece el territorio. Hay cambios en cada tramo de la capital que recorro, algunos son mas notorios que otros, pero lo que resalta aún mas que las marcas son los vigilantes en cada esquina. Miradas salvajes, oscuras y sedientas de sangre. Vigilan entre las sombras de la madrugada, tomando información de cada cosa que está sucediendo a estas horas; desvío la mirada hacia un vigilante sin girar la cabeza, mirándolo por el rabillo del ojo. Lo único que está descubierto son los ojos. El pasamontañas n***o que lleva puesto deja una franja recta descubierta de piel en la cual se enfocan unos ojos serios y atentos, analíticos que te siguen desde la distancia; ojos que te vigilan como un depredador al acecho listos para lanzarse al ataque a la menor provocación. No es la primera vez, ni la última que veré ese tipo de mirada; cubierta de seriedad, cuando la realidad es que la locura abunda en ellos; en la mitad de la batalla. La cruda realidad que va mas allá de ese círculo de seguridad que envuelve a las ciudades, el cual solamente es una fachada. Mas allá de esa sensación de seguridad; está la guerra, la muerta, la locura que se enfrentan cada segundo del día… Del año, lo cual se encuentra debajo de las narices de los ciudadanos que ignoran la locura que envuelve su tranquilidad nefasta. Estos vigilantes cubiertos de n***o con armas y miradas serias es lo mas cerca que esta ciudad verá la locura que hay en lo mas bajo del sistema. El bajo mundo nunca estara mas presente que en este momento. Sigo adelante, ignorando las miradas, centrándome en el cielo y las calles que faltan para llegar al apartamento de mi hermana. El sol ha salido completamente en el cielo, al mismo tiempo que los uniformados de n***o, se han escondido desapareciendo de las calles, dándole paso a los felices ciudadanos hacer sus vidas diarias sin preocupaciones. Es un ciclo repetitivo, la suciedad de la capital se esconde dando la sensación y apariencia que no hay nada mal en esta ciudad. – ¿Marieth? –llamo tocando el timbre del apartamento 65 asomando el ojo por la mirilla, esperando ver algo mas allá de la puerta. Presionó una vez mas el timbre esperando unos segundos, donde el silencio es la única respuesta que obtengo. Presiono el timbre tres veces mas con impaciencia, esperando obtener alguna respuesta esta vez. Un sonido débil, pero audible, sin importar de quien sea la voz de ella o el ladrido de la bestia que tiene por mascota. Pero nadie responde, ni el mas mínimo sonido es emitido desde el otro lado, solo hay un silencio inquieto que es perturbado por el sonido del timbre y mi respiración. Tomo una profunda reparación dejando escapar un suspiro pesado, dejando a un lado todos los pensamientos desalentadores que me invade, cada uno mas terrible que el anterior. Cuento hasta diez decidiendo si tocar una vez mas el timbre y obtener el mismo resultado o tirar la puerta al piso; la impulsividad me invade y la decisión es cada vez mas clara y jugosa. No hay mas opciones, solamente hay que tirar la puerta y entrar. Ajusto la postura, cuadrando la cadera y espalda correctamente, dejando caer toda la fuerza sobre el pie de apoyo, balanceándome hacia atrás, preparándome para tirar todo el peso hacia adelante. Detengo el empuje del pie cuando recuerdo la última conversación que tuve con Marieth. –Diana–se queja mi hermana gemela, pasando la mano delante de mis ojos, moviéndola de un lado a otro, tratando de llamar mi atencion– ¿me estás escuchando? –pregunta cuando mis ojos se centran en ella. Niego despacio observando como hace un puchero con los labios, dando una imagen de ternura. –No, lo siento. ¿Qué decías? –inquiero sonriendo ante su gesto, Marieth borra el puchero susurrando que nunca le presto atencion. La pelinegra de ojos azules refunfuña una y otra vez diciendo que nunca la escucho cuando habla. –Te estaba contando que cambie el sistema de cerrado de la casa, es por huella y llave–explica entusiasmada, mostrando la pequeña llave con dientes extraños–voy a guardar tu huella en la cerradura y te dejaré un cambio de llave fuera, en una maceta, para que puedas entrar en cualquier momento–anuncia lo último a modo de reclamación, dejando en claro que aún no se ha olvidado de lo que sucedió hace días. –No volverá a pasar, pensé que te había pasado algo malo–suspiro explicando otra vez el motivo de mi acción. –Dañaste la puerta, Diana, la partiste en dos y entraste gritando como una loca apuntando con un arma. Fue una completa locura, casi haces que se muera mi acompañante en ese momento, es un milagro que no le diera un infarto, apenas te vio pasar por esa puerta. No te basto con dañar la puerta, sino que esposaste al pobre hombre quien estaba mas pálido que una hoja. Me encojo de hombros ocultando la pequeña sonrisa que surca los labios con diversión, fue muy divertido ver como rogaba por su vida el hombre, temblaba aún más que una colegiala. Marieth gruñe provocando que estalle en carcajadas, la pelinegra niega susurrando que nunca voy a madurar. –No fue para tanto–susurro entre risa. La pequeña maceta de varios colores resalta al lado de la ventana, una flor falsa está dentro de ella dándole vida y sentido a esa decoración. Hurgo entre el abono esperando encontrar la llave, ya que es la única forma de entrar al apartamento sin tirar la puerta, nunca llegue a colocar la huella en el sistema. –Bingo–susurro encontrando la extraña llave, limpio el abono que se adhiere a ella dejándola como nueva–con permiso–coloco la llave en la cerradura desbloqueando la puerta, dando paso a la sala minimalista de Marieth… A la sala minimalista que ya no lo es. Cierro los ojos con fuerza, volviéndolos abrir rápidamente, esperando que la imagen que está ante mis ojos se borre y aparezca el gusto refinado y excesivo de Marieth. Pero el desastre sigue ahí, paredes manchadas y los muebles están volteados, pero lo que más llama la atención es el mensaje que hay en la pared. Perra del este. ¿Qué sucedió en este lugar? No entiendo nada.
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