Gruñó por lo bajo al volver a besar mi monte de venus. Pasó la mejilla por entre mis piernas, como un minino necesitado y regresó en su recorrido, arrancándome gemidos y estremecimientos que elevaron mi cuerpo. Lo acaricié, pasé las uñas por su nuca. Avanzó y lamió una vez más entre mis pechos para ascender a mi cuello que torturó por unos instantes, mientras me enredaba con su cabello espeso que despeiné hasta que su apariencia me desequilibró. Su piel morena, sus ojos verdes, su barbilla cincelada, todo en él me atrajo a dejar que me arrastrara hasta el primer círculo del inferno, directo a mi perdición. Sus manos apretaron mis nalgas y, sin ninguna orden expresa, más que la de su mirada en la mía, me alejó de la pared, me hizo rodear su cintura con las piernas y su nuca con las manos

