El mesero recogió la mesa, rellenó nuestras copas y sirvió el postre. Varias fresas, una fuente de chocolate, junto con un tazón de natilla cuyo aroma se metió en mi nariz. No sabía si podría con un bocado más, aun así, la visión de la cena perfecta me hizo tomar una fresa y meter la punta en la natilla. La llevé a mis labios, lamí la punta pringosa y metí la fresa en mi boca para darle un mordisco pequeño y suculento. Cerré los ojos y gemí de placer. La combinación de la fresa dulce con un toque ácido junto con la natilla hizo explotar mis papilas gustativas. Su bramido bajo retumbó en mis nervios y abrí los párpados para descubrir sus pupilas dilatadas, el ceño fruncido, solo lo suficiente para agudizar su visión. La punta de su lengua humectó sus labios y el pulso se me alteró. ―Te h

