No logré asentir, no me dejó decir nada, en su lugar, una de sus manos subió por mi pecho, lo apretó por un instante en el que lo pesó y lo masajeó, pero no se contuvo, ascendió hasta mi cuello para arquearme de lleno. Mi mano se fue a su hombro para tratar de enderezarme, para que mis pies en puntas no se cansasen al sostener mi peso. Gruñó contra mi oreja. ―Estás calientita… Lo estaba, me iba a derretir. Sus dedos se expandieron en mi cuello, sin apretar, solo sosteniéndome, manteniéndome pegada a él de todas las maneras posibles, al punto que sentí su dureza apretujándose contra mi trasero. Lloriqueé con la vista distorsionada, anhelando ver hacia dónde iba nuestro encuentro, pese a que temí su terminación. Su otra mano subió a mi pecho, que pesó y masajeó con tiento. La suave te

