Florencia no era una ciudad… era una máscara. Bajo su belleza, bajo sus puentes, había secretos antiguos y heridas nuevas. Alessia lo sintió desde que puso un pie en la estación de tren. La niña —esa pequeña con sus mismos ojos— dormía a su lado, como si confiar en ella fuera lo más natural del mundo. Pero Alessia no confiaba ni en su sombra. —¿Cómo se llama? —preguntó Dante, que conducía con una calma ensayada. —Sabrina —respondió Alessia, mirando el espejo retrovisor, como si el pasado la persiguiera. Dante tragó saliva. —¿Estás lista para esto? —No. Pero lo haré igual. El viaje hasta la casa segura fue silencioso. Alessia pensaba, recordaba, dolía. Una hermana. Un pedazo de su padre que nunca supo que existía. Un vínculo que no pidió, pero que ahora protegería con uñas y dientes.

