La fetidez del antiséptico se profana por mis fosas nasales, sentía mi cabeza estallando, el dolor era previsible, dolía demasiado. Mis parpados pesaban, mi cuerpo me trasmitía una tranquilidad muy inquietante, y mi mente me trasmitía tensión como la de una cuerda a punto de quebrarse. Dos cosas totalmente opuestas, haciendo que me preocupe con lo que me está ocurriendo. -Paul -escuchaba mí nombre, parecía tan lejano, pero tan inminente-. Paul, cariño. ¡Es la voz de mi madre!, se podía sentir entre inquieta y abatida. Me siento mal por ella. Lo último que recuerdo era haber caído de rodillas en el medio de la vía, y las autobiografías de Richard que me consumen por completo. La necesidad de no aceptar su muerte me atormenta a cada día. Siento su presencia, no en físico, si no emocional;

