Promesas Rotas

1387 Palabras

Renunciar era lo más fácil del mundo. Más fácil que callarme cada vez que él me provocaba. Más fácil que ignorar cómo mi piel reaccionaba cuando me rozaba con intención. Más fácil que soportar cada mirada suya como una mordida que me recordaba que estaba atrapada. No, renunciar no dolía. Era un maldito alivio. Era abrir una ventana en medio de una habitación sin aire. Era imaginarme lejos de él, de su poder, de sus juegos mentales, de su sonrisa cruel que me perseguía incluso cuando dormía. Era irme… aunque no pudiera pagar el precio. Porque la cláusula estaba ahí. Negra sobre blanco. Como un tatuaje en mi piel: si rompía el contrato antes del tiempo estipulado, debía pagar una suma que superaba con creces lo que yo podría juntar incluso vendiendo mi alma al diablo. Y, para colmo

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