Las paredes del despacho de Alaric me parecían frías, como si ocultaran secretos que nunca nadie había tenido el valor de desenterrar. Pero esa tarde, bajo la luz dorada del atardecer que se colaba por las ventanas altas, ese lugar no me pareció solo frío. Me pareció cruel. Cínico. Una prisión vestida de lujo. Esa mañana había evitado mirarlo, evitado hablarle, evitado respirar siquiera cerca de él. Después de ese maldito beso, mi cuerpo no me obedecía, mi mente era un caos y mi corazón... ni siquiera sabía si seguía siendo mío. Lo detestaba, y aún así, maldita sea, algo en mí seguía temblando cuando lo sentía cerca. Era como si me hubiera poseído de una forma que no podía deshacer. Pero esa tarde, todo cambió. Después de que terminé de jugar un rato con Lilith, salí a caminar y lo vi ba

