La mansión tenía esa manera de hacerte sentir pequeña. Era demasiado grande, demasiado perfecta, demasiado vacía. Como una jaula de oro con cerraduras invisibles. Por fuera, parecía una fortaleza; por dentro, un cementerio de secretos. Y yo era el fantasma que volvía a rondar entre las ruinas de algo que nunca debió revivir. Me he cruzado con la niña solo un par de veces desde que llegué. Y, aún así, su presencia se siente como una sombra que me sigue, que respira en los rincones aunque no diga una palabra. No habla mucho. No me mira mucho. Hay algo en ella... inquietante. Como si llevara demasiado peso para tan pocos años. Como si su alma hubiera nacido vieja. No he intentado acercarme, y no porque no lo desee. Sino porque algo me frena. Algo en su forma de moverse, en sus silencios, e

