Capítulo 3 Último Deseo

896 Palabras
Juan Carlos llegó a urgencias una hora antes de lo previsto, quería revisar varios exámenes que tenía pendientes, había logrado cambiar el turno con una colega. De las seis horas asignadas, solo estaría dos horas y media. Adelantaría unos informes y revisaría varios exámenes. Uno de los sobres captó toda su atención: era el sobre con los resultados de Nora, una afable mujer a quien, después de unos chequeos, le había enviado a practicar varios exámenes. Temía lo peor. Allí estaba en la sala de urgencias, nuevamente afectada. Tendría que internarla, pues al ver los resultados comprendió que el tumor era fulminante. Le embargó un sentimiento de tristeza, Nora no solo era su paciente, era su amiga. Su cariño y aprecio por sus pacientes, le hacían esforzarse cada día más en su profesión. Su tarea consistía en salvar vidas, pero esta vez no podía hacer nada. No tenía palabras en esta ocasión. El tumor había avanzado mucho, y el tiempo que le quedaba se estaba acortando. Tendría que notificar a su esposo e hijos; sería un duro golpe para ellos. Era una verdad brutal y devastadora, pero al final, la verdad solía ser mejor. Así que procedió a ingresarla y citar a sus hijos. Se haría cargo del caso de ella de manera personal. Estaba acostumbrado a dar, en muchas ocasiones, la fatal noticia; era parte de su día a día. Se quedó sorprendido, allí junto a la cama de Nora, tomando su mano mientras buscaba las palabras adecuadas. Fue Nora quien interrumpió la frase. -Querido; Mira mis ojos, se la verdad, mi tiempo se está acortando, pero no por eso dejaré de sonreír - ¿Sabes que es lo más emocionante? -Iré a mi descanso, es un paso que todos afrontaremos, pero mientras dure el espíritu en mí, viviré para confortar los míos- Quédate tranquilo, tu busca una buena chica, y ¡cumple mi último deseo! -. -Nora, es muy serio… Juan Carlos entrelazó sus manos- -Yo también lo digo muy en serio, estoy bien, aún estoy aquí cariño, luchando, batallando... el día que unos ojos te prenden, y los tuyos le cautiven, sintiendo que ya no puedes vivir sin ella, es allí donde entenderás que el amor toca la puerta -Déjalo pasar- la afable mujer cerraba sus ojos mientras su caja de música emitía las notas. Juan Carlos miró el reloj en la pared; Marcaba las Ocho y veinte minutos. Una enfermera avanzaba a paso rápido y, al entrar en la habitación, llamó su atención. Nora, por suerte, estaba dormida; eso le haría Bien. -Doctor, -Buenas noches-quería que usted revisara este chiquillo, esta con dolor agudo en el estómago, en esta zona-. dijo ella señalándolo- sé que usted hará entrega de su turno en pocos minutos, pero se lo pido por favor-. Él hizo una señal para que lo siguiera y, al entrar en la pequeña sala de consulta, miró al niño y lo entretuvo con algunas preguntas mientras le realizaba la revisión. Se quedó pensativo unos segundos, organizando los exámenes, y luego lo dejó en manos de la enfermera. Estaría en buenas manos; Santana, su colega, lo atendería con el mayor de los gustos. -Igualmente, me mantiene al tanto, por favor- dijo a firme voz. El pastel de chocolate y avellanas reposaba sobre la mesa auxiliar. Ani extendió su mano y dio una palmada en la de su hermana, a quien ya veía con intenciones de untar sus dedos; Debería esperar a que llegara el momento de tomar su tajada. El horno emanaba un olor exquisito. En el amplio comedor, todo se encontraba en orden. En el centro, una mesa se extendía, ofreciendo espacio para tres puestos más. El espacio del comedor era amplio y confortable, decorado con tonos hermosos. La abuela miraba la televisión atentamente. Había insistido en cocinar, y Ani le animó, pues le gustaba. La abuela era una cocinera que disfrutaba sentirse útil siempre que sus males le permitieran un pequeño Capricho. Esa vez había preparado un estofado de pollo con papas y zanahorias, todo sazonado con un toque de cilantro fresco. También había ensalada de aguacate con cebollas en Juliana, repollo y una deliciosa mayonesa. Para acompañar, había arroz con almendras y filetes de pescado en salsa casera al Horno. Como entrada, rollitos de queso y jamón y el pan ya estaba cortado. En solitario faltaban el vino, el agua y, por supuesto, que todos llegaran. La abuela tenía sorpresas: salsa de pimentones rojos. Su Hermano Solía acabársela en cuestión de segundos. Champiñones y cebollas en salsa blanca llenaban el ambiente con agradables aromas. Ani escuchó el motor de los autos aparcando fuera de la Casa. Subió a su habitación, se lavó las manos con calma y, en su tocador, eligió una de las fragancias que se aplicó con cuidado. Se había dado tiempo para perfumarse antes de que todos llegaran a cenar. La sutil fragancia de rosas impregnó su cuello, que adornaba un hermoso collar de perlas azules magenta, regalo de su padre en su último cumpleaños. Se dio un vistazo al espejo y salió a recibir a sus hermanos y sobrinos. La avalancha de familiares entró a casa; Los Chicos corrían por los pasillos, inundando la cocina con gran alboroto a su paso. El pastel de chocolate y avellanas reposaba sobre la mesa auxiliar. Ani extendió su mano y daba una palmada en la de su hermana.
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