—¿Qué diablos estás haciendo aquí, demonios? ¿Acaso has venido a pagar tus deudas? —inquirió el rey de los necios, con desdén impreso en cada línea de su rostro, como si la arrogancia fuera su segunda piel.
Ella, sintiendo el peso de la vergüenza, se esforzó por ocultar su rostro al encontrarse de rodillas frente a él, recordando con amargura su promesa de jamás someterse.
—No... ¿Y tú? ¿Qué te trae hasta aquí? —respondió, con su voz temblorosa apenas audible.
—Yo simplemente realizo mi trabajo. Aunque te arrastres suplicando perdón, no habrá misericordia si no saldas tus deudas —se mofó, con su sonrisa de satisfacción desafiante, como si disfrutara del poder que ejercía sobre ella.
—¡Ojalá fuera tan sencillo! He venido por una entrevista de trabajo —replicó, levantándose y ocupando el asiento con la firmeza de quien se niega a ser doblegado.
Santiago se acomoda frente a su imponente escritorio de caoba, cuyo brillo pulido refleja la luz tenue de la lámpara de pie ubicada en una esquina de la oficina.
Las paredes están adornadas con cuadros de artistas renombrados y estanterías llenas de libros antiguos.
La oficina emana poder y ostentación, con detalles lujosos como una alfombra persa tejida a mano y cortinas de terciopelo rojo que denotan su estatus.
—Comencemos, con la entrevista. ¿Cuántos años tienes? —inicia con tono autoritario, su voz resonando en el espacio majestuoso.
—Tengo 23 años —responde ella con sinceridad, tratando de mantener la calma aunque su voz tiemble ligeramente, mientras sus ojos escudriñan discretamente los detalles opulentos que la rodean.
«Sorprendente», piensa Santiago, mezclando sorpresa con una pizca de curiosidad. «Esta mujer que me saca de mis casillas es una Chiquilla. Esto se pondrá interesante».
—¿Cuál es tu nivel educativo? —continúa preguntando, su mirada recorriendo su figura con una nota de desprecio, como si evaluara su valía en función de su apariencia.
—Cuento con estudios universitarios en administración de empresas y mercadotecnia —responde ella con firmeza, intentando ganarse su respeto, consciente de la importancia de causar una buena impresión en este entorno hostil.
—¿Has obtenido algún certificado de tu maestría? —pregunta con un tono sarcástico en su voz, como si ya hubiera anticipado su respuesta y estuviera disfrutando del juego.
—No, todavía no he terminado con los estudios básicos. Sigo estudiando mi licenciatura —responde ella, notando una ligera sonrisa en el rostro de Santiago.
Se pregunta qué es tan gracioso para él, mientras observa los detalles minuciosos de su expresión facial en busca de alguna pista sobre sus pensamientos.
—Entonces, parece que tienes poco tiempo disponible y tus estudios no son muy destacados —comenta, condescendiente, como si ya hubiera llegado a una conclusión sobre ella basada en su breve interacción.
—No lo diría de esa manera —replica, con una mirada que denota determinación en sus ojos. —Estudio los fines de semana y me ha costado mucho esfuerzo.
Pero sabe que no puede permitirse abrirse sobre su situación personal. La muerte de su madre y la adicción de su padre han arrojado una sombra oscura sobre su vida.
Aunque comparte techo con su amiga Christine, aún siente el peso de la responsabilidad de cuidar de sus hermanos menores.
Todo esto ha sido un desafío colosal para ella, pero comprende que él nunca lo entendería.
—Siguiente pregunta... —hace una pausa, sus dedos se tamborilean sobre el pulido escritorio de caoba—. ¿Qué estarías dispuesta a hacer por el puesto?
Santiago había escuchado demasiadas propuestas indecentes ese día, y ahora quería saber qué ofrecía ella.
Esperaba una respuesta convincente, consciente de que su apariencia no era precisamente su mayor fortaleza.
Ella frunció el ceño, confundida y sorprendida por la inesperada acusación de aquel hombre. Los delicados pliegues de su ceño reflejaban su perplejidad ante la declaración incomprensible. No comprendía a qué se refería con «propuestas indecentes». Sin embargo, sus palabras resonaban con una actitud ofensiva y despectiva, teñida de desdén.
—¿De qué rayos hablas? —Su voz, cargada de indignación, resonó en la lujosa sala de entrevistas, haciendo eco en las paredes engalanadas con óleos de artistas desconocidos.
Recordó las historias que había escuchado sobre hombres que creían tener derecho a obtener favores sexuales a cambio de un trabajo, pero ella se negaba rotundamente a cruzar esa línea. La intensidad de su mirada, desafiaba cualquier insinuación de esa naturaleza.
—Si tu carrera universitaria es mediocre y no tienes experiencia laboral, ¿por qué debería contratarte? —prosiguió él, su tono condescendiente, resonana como un eco distante en la opulenta atmósfera de la oficina. Su gesto altivo y su postura erguida dejaban en claro que no le encontraba ningún mérito a su interlocutora, como si su mera presencia en aquel lugar fuera una molestia que debía ser justificada.
Ella inhaló profundamente, tratando de mantener la compostura en medio de la creciente tensión que llenaba la habitación. Cada respiración era un intento por canalizar la determinación que latía en su pecho, una fuerza interna que se negaba a ser sofocada por el desdén del hombre frente a ella. Con cada latido de su corazón, se fortalecía su resolución de enfrentar esta prueba con valentía y firmeza.
Con la firmeza de una guerrera que enfrenta su batalla más difícil, ella preparó su respuesta.
Sus palabras serían su espada y su escudo, defendiendo su dignidad y su derecho a ser considerada por sus habilidades y su potencial.
Con la mirada fija en Santiago, listo para desafiar cualquier juicio o prejuicio, ella pronunció cada palabra con claridad.
—Deberías ir al grano. —Respondió con cierta firmeza, pero procurando no perder la calma. —Si es lo que quieres, demuéstrame por qué debería contratarte. No creo que los «encantos» físicos sean la única manera de convencer a alguien.
Él soltó una risa burlona, complacido con el desafío que ella le presentaba. Sus ojos brillaban con malicia mientras observaba la reacción de ella.
—Eres un verdadero patán prostipirugolfo —dijo ella, disgustada y decepcionada por su comportamiento. La indignación ardía en sus palabras, reflejando su repudio hacia su actitud despectiva.
Se levantó de su asiento, decidida a abandonar la habitación y poner fin a esa humillante situación. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, él la tomó bruscamente del brazo, impidiendo su escape. La fuerza de su agarre dejó en claro su determinación de retenerla a su lado.
Los rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, y la tensión entre ellos se intensificó, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Ella forcejeó, tratando desesperadamente de liberarse, pero su determinación no menguaba ante la adversidad.
En un arranque de ira, él la besó a la fuerza, su acción violenta inundando el ambiente con una sensación de violencia y agresión. Mientras su mano se dirigía hacia su pecho en un gesto posesivo, ella reaccionó con furia y comenzó a golpearlo, liberando toda su rabia acumulada en un arrebato de defensa propia. Finalmente, logró alejarse de él, su respiración entrecortada y su corazón latiendo con fuerza mientras se apartaba de aquel hombre despreciable.
—¡¿Qué te pasa, reverendo idiota?! Debería matarte.
Su voz, cargada de furia contenida y desdén, resonó en la sala, cortando el aire con su intensidad. La incredulidad se reflejaba en su mirada, mientras se enfrentaba al despliegue de misoginia por parte de aquel individuo.
—¿Qué te sucede, eh? Nadie te había besado ni tocado antes, ahora eres la virgen. Deberías agradecer que te toque, apuesto a que no cualquiera se acercaría a una mujer tan poco atractiva como tú.
Las palabras hirientes del hombre cortaron el silencio incómodo, como cuchillas afiladas en el aire. Ella tomó una respiración profunda, intentando contener el torrente de emociones que amenazaba con desbordarse. El fuego de la ira ardía dentro de ella, pero se esforzaba por mantenerlo a raya.
—Así que eso es lo que quieres... Bueno, tengamos sexo.
Su tono sarcástico y desafiante revelaba su determinación de no dejarse intimidar por los comentarios ofensivos del hombre.
Él sonrió satisfecho, convencido de que había logrado hacerla ceder a sus demandas degradantes. Se acercó a ella con una expresión triunfante, buscando su sumisión.
—Si vas a tener relaciones conmigo, deberías quitarte la ropa primero para poder inspirarme y ver qué tan grande tienes... ya sabes.
Su voz, cargada de lascivia, dejaba en claro sus verdaderas intenciones mientras avanzaba hacia él con una mirada lujuriosa.
Decidida a desafiarlo hasta el final, él aceptó su provocación con determinación en los ojos.
—Muy bien, si eso quieres, te diré que la tengo muy grande y gruesa. Cuando te penetre, te haré llorar de placer.
Sin titubear, él desabrochó su pantalón y su bóxer, depositándolos sobre el escritorio con una arrogancia mal disimulada.
Ella observó con incomodidad y consternación, evaluando sus opciones en medio de la tensión palpable que llenaba la habitación. La confrontación alcanzaba su punto álgido, y estaba claro que la decisión que tomara a continuación tendría repercusiones significativas en el curso de los acontecimientos.