Elizabeth se acerca a él con paso decidido.
Retira su camisa con un gesto seguro, dejando su cuerpo expuesto a la luz tenue de la habitación. Los destellos de luz danzan sobre su piel, resaltando la belleza de sus curvas mientras su respiración agitada revela la intensidad del momento.
Santiago observa cada gesto con una mezcla de fascinación y deseo.
Sus ojos siguen cada contorno de su figura, sin poder evitar notar cómo el rubor adorna las mejillas de ella y cómo su propio cuerpo responde con una excitación palpable.
Se pregunta si su presencia está provocando ese nerviosismo en ella, pero su curiosidad por descifrar lo que pasa por su mente se mezcla con el deseo que arde en su interior.
De repente, ella se acerca y lo abraza por los hombros con fuerza, su voz cargada de furia y desprecio. El calor de su cuerpo contrasta con la frialdad de sus palabras, creando una tensión palpable en el aire.
—Maldito, eres un promiscuo que cree que puede tener a cuantas mujeres quiera. Sabes qué, pudrete junto con tu maldito puesto. No me interesa acostarme con alguien tan superficial como tú. Deberías revisarte, tal vez tengas alguna enfermedad ya que eres capaz de abrirte de piernas con una desconocida —dice Elizabeth, con su tono lleno de amargura, mientras su mano encuentra su blanco y da un golpe certero en su entrepierna.
El dolor fulminante irrumpe en el ser de Santiago, haciendo que su cuerpo se incline hacia adelante instintivamente. Mientras ella toma su ropa y su bolso, abandonando la oficina, él queda allí, aturdido por la sorpresa y la indignación que arde en su interior.
Santiago está enfurecido y se pregunta cómo se atrevió ella a hacerle eso. Promete que la hará pagar cuando la vuelva a ver, deseando con todas sus fuerzas que desaparezca de su vida y de sus pensamientos.
Cuando finalmente recupera el aliento, se da cuenta de que, a pesar del dolor en su entrepierna, su excitación persiste, como una llama que se niega a extinguirse.
Sabe que necesita desesperadamente saciar ese anhelo carnal, o la incomodidad no cesará.
Traga saliva y grita a su secretaria, en un arrebato de ira. Pero en el fondo, se pregunta si su enojo es genuino o si en realidad está anhelando otra cosa.
Mil entra a la oficina, tartamudeando y evitando mirar directamente hacia Santiago, cuyo m*****o ahora está aún más erecto y desarrollado.
A pesar de haber sido rechazada por él, inumerables veces, sigue sintiendo una atracción magnética hacia su jefe, una fuerza que la arrastra hacia él a pesar de todo.
A pesar de que Elizabeth es una desconocida, él no puede sacarse de la cabeza la sensación de su beso. Ordena a Mil que se ponga de rodillas, pero ella intenta acercarse para besarle.
Él la detiene con un gesto firme y le indica que haga otra cosa de rodillas, con su mente en un torbellino de deseo y conflicto interno, más no hacia su secretaria sino a Elizabeth.
Odiando la sensación de aprecio después de lo sucedido con otra mujer, Santiago utiliza a Mil para satisfacer sus propios deseos.
Aunque en el pasado ella era hábil en el sexo oral, ahora la encuentra tediosa y solo la recurre en caso de emergencia.
A ella no le importa, pues su prometido la abandonó para irse con su hermana, por lo que ambos se están utilizando mutuamente en una especie de acuerdo de conveniencia.
Llega el momento de ver hasta qué punto puede resistir, y Mil comienza a acariciar su m*****o con habilidad mientras Santiago, agotado de los juegos preliminares, lo introduce bruscamente en su boca.
Toma su cabello y comienza a mover su cabeza rápidamente, sin preocuparse por la comodidad de ella, que parece estar luchando por respirar.
Después de un rato, la levanta y la coloca de espaldas en su escritorio.
Baja su falda y sus bragas, introduciendo sus dedos en la intimidad de ella, notando lo mojada que está, lo que hace que su m*****o se vuelva aún más duro y grueso.
La inclina sobre el escritorio y la penetra por detrás mientras continúa estimulando su v****a hasta llegar a su punto más sensible.
Ella alcanza el clímax mientras él la embiste con fuerza, el sonido de sus gemidos están resonando en la habitación.
Después de terminar, él le indica a Mil que se cambie y se vaya de su oficina, pues ya ha saciado su deseo.
Aunque tuvo que pensar en Elizabeth para llegar al orgasmo, un pensamiento que lo perturba más de lo que quisiera admitir.
Santiago se lamenta de que las mujeres siempre lo busquen por su dinero y estatus, revelando su profunda desconfianza hacia el género femenino.
Recuerda con resentimiento a su ex novia Isabel, quien lo traicionó, alimentando su creciente desilusión hacia el amor y las relaciones.
Recordarla lo llena de amargura y se pregunta cómo pudo enamorarse de ella.
Siente que Mil ya no lo satisface y considera cambiar de secretaria, pues todo esto se ha vuelto monótono y aburrido para él.
Al principio disfrutaba de las relaciones sexuales con su secretaria, pero ahora la encuentra insípida y poco emocionante.
De repente, en su mente surge el recuerdo de Elizabeth, esa mujer problemática que aún le debe un coche y arruinó su ropa de diseñador.
Al recordar el sabor de su beso, Santiago se estremece involuntariamente y se levanta, tomando una de las prendas de emergencia que guarda en su armario.
Justo entonces, alguien llama a la puerta de su oficina y él le permite entrar.
Mil entra, informándole que su padre ha llegado. Santiago se sienta en su escritorio, preparándose para enfrentar la próxima tragedia que traerá consigo.
Mil, con la voz temblorosa, intenta romper el tenso silencio que se ha instalado en la habitación:
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte, joven Echeverría?
Sin embargo, su mirada evita encontrarse con la de su jefe, temiendo la reacción que podría desencadenar su incomodidad.
Los muebles de la oficina parecen más pesados y sombríos, reflejando el estado de ánimo de Santiago y la atmósfera tensa que lo envuelve.