Elizabeth estaba exhausta de aquel hombre arrogante que creía que su fortuna le confería el derecho de tener a todas las mujeres a su disposición.
Sin embargo, lo que sucedió ese día fue algo que ni siquiera ella misma podía asimilar. Ansiaba llegar a casa para compartir con su amiga Christine lo ocurrido.
Al entrar a su apartamento, Elizabeth notó cómo los tonos cálidos y acogedores decoraban cada rincón, mientras un suave aroma a velas perfumadas llenaba el aire, creando un ambiente reconfortante.
Cristen la esperaba en el sofá, su lugar predilecto para disfrutar de largas conversaciones entre amigas, con una expresión de curiosidad evidente en su rostro.
—¡Hola, Elizabeth! Qué emoción verte. ¿Cómo te fue en tu entrevista? —preguntó Christine con entusiasmo, levantándose para abrazar a su amiga.
Elizabeth correspondió al abrazo, sintiendo el apoyo reconfortante de su amiga.
—Fue... complicado. Tuve un percance en el camino. Choque con un hombre desagradable y para colmo, tu auto fue llevado por la grúa —respondió, dejando escapar un suspiro de frustración.
Christine frunció el ceño con preocupación, sus labios se apretaron en una línea tensa, como si estuviera conteniendo un torrente de emociones.
Sorprendida por esta reacción, Elizabeth se disculpó apresuradamente, prometiendo hacer lo que Christine quisiera.
Rogó que no se enojara y le permitiera explicarle, mientras su corazón latía con nerviosismo, sintiendo cada latido resonar en sus oídos como el tic-tac de un reloj bajo presión.
Con evidente enfado reflejado en sus ojos, Christine accedió, aunque su expresión dejaba claro que la paciencia estaba llegando a su límite. Sus cejas fruncidas formaban una línea dura sobre sus ojos, que parecían lanzar destellos de furia contenida.
Mientras Elizabeth relataba lo ocurrido, el miedo se apoderaba de ella al notar la creciente furia de su amiga.
Las posibles consecuencias parecían cada vez más aterradoras, como sombras acechantes en un callejón oscuro, listas para engullirla en su oscuridad.
—Iba tranquilamente en el auto, escuchando música, cuando un hombre se detuvo bruscamente frente a mí sin motivo alguno, provocando un choque. ¡Fue tan irresponsable y ni siquiera se disculpó! Luego me exigió que le pagara medio millón de dólares como si yo fuera la culpable —balbuceó Elizabeth, con la voz entrecortada por el nerviosismo.
Christine, cada vez más enojada, respondió con vehemencia, su tono lleno de un fuego abrasador que amenazaba con consumirlo todo a su paso.
—¡Ese impresentable se cree que puede hacer lo que quiera por tener dinero! ¡No puedo creerlo, Elizabeth! ¿Qué hiciste después? —su voz resonaba con indignación y una chispa de rabia, como un trueno distante que presagiaba una tormenta inminente.
En medio de un torbellino de emociones, Elizabeth compartió su experiencia con Christine, quien escuchaba con una mezcla de enojo y asombro, mientras el relato se desenvolvía con una tensión palpable.
—Llena de rabia, rayé su auto como forma de desahogarme, lo cual solo lo enfureció aún más. Pero eso no fue lo peor —sus palabras se deslizaban entre dientes apretados—, cuando llegué a mi entrevista, descubrí que ese hombre despreciable era la misma persona que me iba a entrevistar. Intentó tocarme de manera inapropiada, pero me negué rotundamente. Decidí vengarme de otra forma robándole su ropa.
El ambiente tenso y lleno de incredulidad se palpaba en el aire mientras Elizabeth narraba esta parte de la historia.
Christine, enojada pero también sorprendida por la valentía de su amiga, escuchaba atentamente mientras los sentimientos seguían en aumento en su interior.
—¡Bravo, Elizabeth! No puedo creer lo valiente que fuiste al enfrentar a ese patán. Definitivamente merecía una lección —exclamó Christine, con su voz resonando con un tono de admiración.
Elizabeth se encontraba en ese momento con prendas de hombre de diseñador y riendo descaradamente. Sin embargo, su alegría se veía empañada por su preocupación acerca de cómo podría vender esa ropa y utilizar el dinero obtenido para comprar un nuevo automóvil para Christine.
Mientras tanto, en la oficina de Santiago, su padre entró inesperadamente.
La llegada repentina de su padre dejó a Santiago desconcertado, preguntándose qué motivos tendría para estar allí y qué podría significar su presencia en ese momento tan inoportuno.
—Papá, ¿qué haces aquí? —preguntó Santiago, con una mezcla de sorpresa y preocupación en su voz, mientras observaba la expresión seria en el rostro de su padre.
Conocía muy bien a su padre y sabía que era aún más despiadado que él, y que no solía aparecer sin una razón específica.
—Santiago, necesitamos hablar —dijo su padre con seriedad, con su voz resonando en la tranquila atmósfera de la oficina.
—¿Qué sucede, padre? ¿Por qué estás aquí? —preguntó Santiago, visiblemente intranquilo, con los ojos fijos en el rostro impasible de su progenitor.
Su padre suspiró antes de responder, su mirada penetrante mostraba una determinación inquebrantable.
—Sé sobre tus flirteos con las secretarias. ¿De verdad crees que puedo ignorar lo que has estado haciendo?
Santiago frunció el ceño, sintiéndose irritado.
—Padre, es mi vida privada. No tienes derecho a entrometerte en ella —replicó, intentando mantener su compostura ante la presión paterna.
—Como tu padre, tengo todos los derechos de interesarme en tu vida y en las implicancias que esto tiene para nuestro negocio, además, si te acuestas con alguna de ellas deberías de dejarle algo a tu padre —respondió su padre con firmeza, sus palabras resonaban con autoridad.
El padre continuó:
—Pero este no es el motivo principal de mi visita. Hay algo más serio que debemos discutir.
La curiosidad se apoderó de Santiago.
—¿Qué es lo que sucede, padre? ¿Qué más tienes para decirme?—Suspiró tratando de soportar la incomodidad que su padre le causaba.
Su padre tomó aliento antes de revelar la noticia impactante:
—Tu tío planea impugnar el testamento de tu abuelo. Alega que él tuvo una hija con una de sus secretarias hace 23 años.
Santiago estaba atónito.
—¡Eso es imposible! Mi abuelo siempre dejó claro que solo su nieto heredaría la compañía. ¿Cómo puede reclamar algo así?
—Lo sé, hijo. Pero debemos idear un plan para asegurarnos de que esta supuesta hija no pueda reclamar la herencia que te corresponde legítimamente a ti —respondió su padre, preocupado, mientras el peso de la responsabilidad se hacía evidente en sus palabras.