La paz de Cornualles era una burbuja frágil que estalló de la manera más violenta posible. El helicóptero apenas calentaba motores cuando el teléfono de Máximo, aquel que solo sonaba en casos de emergencia nacional dentro de su organización, comenzó a vibrar con una insistencia frenética. Vi cómo la expresión de Máximo pasaba de la calma post-reconciliación a una máscara de furia asesina en cuestión de segundos. Sus nudillos se tornaron blancos mientras apretaba el dispositivo. —¿Cómo que entró? —rugió Máximo, ignorando el ruido de las hélices—. ¡Tenías una orden, Walter! ¡Una maldita orden! El pánico me atenazó el estómago. Sabía, con una certeza instintiva, que esto tenía que ver con Leslie. Me acerqué a él, tratando de leer sus labios, pero él se giró, dándome la espalda, con los hom

