El silencio que siguió a la noche de la gala no fue de paz, sino de una tregua armada. Durante dos días, Máximo no me dirigió la palabra más que para lo estrictamente necesario, pero su mirada me seguía por cada rincón del penthouse como un radar. Yo, por mi parte, me refugié en la compañía de Leslie, quien intentaba distraerme con planes de escape que cada vez me parecían más lejanos. Mi encuentro con Julian Vanchise había dejado una marca indeleble en mi seguridad; ahora sabía que había otros mundos, otras formas de ser tratada, y que el apellido Bernard no era una sentencia de muerte para mi voluntad. Al tercer día, la puerta de mi habitación se abrió temprano. Máximo estaba allí, pero no vestía sus trajes habituales. Llevaba ropa más informal, aunque su presencia seguía siendo igual d

