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4837 Palabras
almohadas y el pus junto a los excrementos líquidos, que había penetrado en la enorme apertura del muslo que dejaba visualizar el trozo de fémur, se depositaban en la fosa ilíaca, que desde su extrema delgadez, era muy acentuado, prácticamente era un pozo de pus y excrementos que se detenían en aquella zona.             Herminia nunca se imaginaba que iba a padecer tan cruelmente, la enorme sed que le quemaba, el agudo dolor, la terrible fetidez que ella misma no soportaba y la sonda obstruida que le explotarían la vejiga. Como sufría; le pedía a Dios la muerte, quería dormir por lo menos dos minutos; para ver si descansaba de su tortura.             Después de unas horas sintió un agradable sueño, ya no sentía dolor alguno, ni sed, ni mal olor. Sentía que su cuerpo era muy liviano, claro, la delgadez extrema así lo permitía.             Despertó y pudo decir unas palabras >. Miró fijamente el techo y notó que este estaba tan cerca que lo podía tocar si extendía la mano. Se sintió como en una nube, podía moverse con facilidad, ya no tenía las intensas ganas de orinar, sintió que se elevaba. De repente  volteó y miró algo insólito, debajo de ella una mujer idéntica a sí misma, yacía con los ojos completamente abiertos, un inmenso globo vesical, un manantial de pus que subía por todo su abdomen y le llegaba hasta el tórax, y una gran cantidad de gusanos, le recorrían todo el cuerpo. Herminia contemplaba su propio cuerpo, vacío, ya sin vida, mientras su alma, era elevada hacia el seno de Dios.             Había fallecido Herminia, la querida tía que Rigoberto amaba como una madre, la familia estaba destrozada. Ya Ernesto, había cargado varias maletas en uno de los lujosísimos autos y se había marchado donde lo esperaba su patrón. A las dos semanas, unos nuevos dueños se posesionaron de la gran mansión, y como traían su propia servidumbre, las mujeres que habían trabajado para la familia, también se marcharon. Nadie supo  el paradero de Lázaro, salvo Ernesto que no se lo manifestó a nadie. La muerte se presentó nuevamente hiriendo con sus desgraciados tentáculos, quitando de la faz de la tierra a aquellos seres amados.             Nuevamente Andrés Eloy y Rigoberto, quedaron completamente solos. Rigoberto hubo de marcharse nuevamente a proseguir sus estudios y Andrés Eloy solo, debía darle la cara a la vida, como siempre, por su hijo.             Antes de partir, Rigoberto se encerró en su alcoba y comenzó la eterna plática. “Mamá, ahora si es verdad que estoy sufriendo como un condenado. Se me murió mi otra madre. Espero que esté a tu lado, y ahora le pido a las dos que velen por mi padre, que ha quedado completamente solo. Quisiera renunciar a todo, pero el juramento que les hice a ustedes no me lo permite. Debo terminar mi carrera. Mamá, Tía Herminia, por qué me dejaron tan solo”. – Les reprochaba Rigoberto y lloraba como un bebé, pues ahora no tenía a ninguna de sus dos mamás.             La vida continuaba y era obvio, había que seguir viviendo. - Maldita seas muerte, que te empeñas en quitarme lo que tanto amo. Tía Herminia que Dios te bendiga al igual que a ti mamaíta de mi alma.                              En la Universidad, había fabricado una bonita fama de excelente estudiante. Las clínicas eran superadas,  y cuando en el servicio de pediatría, algún especialista le preguntaba algo en la revista, meditaba largo rato su respuesta y le contestaba con una perfección que fascinaba a todos.             Asistía a congresos, exponía trabajos de investigación. En el noveno semestre hizo y presentó  en una revista científica un trabajo titulado: “Incidencia de Embarazo en Adolescentes que Acudieron al Servicio de Gineco obstetricia del Hospital Central de Valencia Durante el Primer Semestre del Año...” ganando el primer premio mención publicación y eso que era aun como bachiller.             Aun residía en el pequeño apartamento junto a Neptalí; el compañero que provenía de otro estado.            Estudiaban hasta altas horas de la madrugada, con mucho ahínco y dormían muy poco, esa era la única forma de triunfar y lo estaba demostrando.             Se habían hecho  muy buenos amigos, y se contaban las conquistas, Rigoberto no había tenido nada más en serio desde la decepción que se llevo con Rosa, y Neptalí, si tenía su novia oficial y dentro de poco se casarían, aún sin terminar la carrera, ella era maestra de primaria y estaba haciendo la licenciatura por nivelación profesional.             Rigoberto recientemente había tenido un romance con una joven médico; pero fue tan fugaz que no duraron siquiera tres meses. La primera vez que se enamoró le dejó un sabor amargo y procuró no hacerlo de nuevo.             En las pasantías que había hecho por cuidados intensivos, Rigoberto aprendió lo máximo en esos seis meses. Tomaba muestra perfectamente de las femorales e incluso había realizado varias punciones lumbares en neonatos e infantes. Era una máquina de aprender tan rápido que a todos dejaba maravillados. En cierta ocasión realizo una toracocentésis, en un caso de suma urgencia, e insertaba catéteres centrales tanto en la subclavia  como en la yugular con suma facilidad. Era muy aventajado el joven estudiante que ya se preparaba para realizar el décimo semestre, estaba ansioso de graduarse muy pronto.             Le quedaba muy poco tiempo para visitar a su padre, pero se llamaban con tanta frecuencia, era como si estuvieran juntos. Cuando tenía un pequeño tiempecito se reunía con él y departían alegremente un eterno fin de semana.             Aquella casa le quedaba tan grande a Andrés Eloy, y ya el paso de los años no le hacía  sentir tan bien como antes, cosa que ocultaba a su hijo.             Una noche, Rigoberto, después de estudiar para un seminario que presentaría al día siguiente, se fue a recostar a la tres de la mañana e inmediatamente se quedó dormido. Neptalí no había pasado la noche en casa. Que pícaro.             En medio del cansancio, tuvo un lindo sueño, una altísima montaña completamente cubierta de nieve en su cima, se levantaba majestuosa. A su lado, otras dos montañas de menor tamaño, hacían un cuadro como sacado de las manos del mejor pintor de la historia. Eran como tres  impetuosas diosas, que vigilaban la totalidad del paisaje. El azul intenso del cielo, hacía un precioso juego con lo blanco de la nieve de la cima, era un azul extremadamente delicioso. Al pie de los mismos, existía una verde vegetación donde crecían miles y miles de flores de todos los colores, que parecían un mosaico decorado con deidad.  Un río de cristalinas aguas no producía ruido alguno y solo corría sin cesar, y del mismo, una cierta cantidad de truchas, saltaban jugueteando.  El césped era muy fino, y los arbustos con figuras, como podados por manos profesionales. Un inmenso Araguaney estaba precisamente en medio de aquella  maravilla, y en sus ramas, varios turpiales dejaban  escuchar sus gloriosas melodías.             Una víbora de cascabel retozaba animadamente con un tierno conejillo y no le hacía daño alguno. El volar de muchísimas aves de todos los colores, hacía aún más bello a aquello observado.  El sol que brillaba en lo alto, parecía que regalaba una sonrisa.             Que hermosura, aquel sueño era una delicia, por primera vez, una persona tiene un sueño tan hermoso, que de verdad, provocaría habitarlo para sentirse en el verdadero paraíso.             En una de las orillas de aquel riachuelo, varios árboles de diferentes especies, albergaban en sus ramas una gran variedad de espectaculares orquídeas de diversos colores; pero los que más llenaba de ilusión eran unas lindísimas especies negras que eran la excepción de lo más bello dentro de lo verdaderamente precioso.             Que espectacular forma de soñar, aquel sueño de nunca acabar, lo disfrutaba tanto. En su rostro dormido, una sonrisa de satisfacción le cubría, le tocaba. Hasta que la alarma del despertador le sacó de aquel formidable mundo mágico y le transportó a la realidad. Abrió sus ojos y se quedó así, por unos instantes, recordando aún lo que en su memoria  estaba. Un sueño tan especial, como misterioso. En realidad le había agradado aquel hecho y parecía que por fin algo verdaderamente lindo le ocurría desde hacia ya mucho tiempo. El aroma del café se dejó sentir desde la cocina, ya que la programada cafetera dejaría de hacerlo, sí, y solamente si no había energía eléctrica.  Se introdujo al baño y dejó que la ducha palpara a plenitud su cuerpo desnudo y disfrutó verdaderamente de aquel delicioso baño de agua tibia. Pasó lentamente la toalla por toda su piel, lo hacía como un autómata, su cuerpo obedecía y lo hacía automáticamente; quien sabe de donde provenía la orden.  Porque su cerebro, tenía como un único objetivo el pensar en lo que hacía apenas unos instantes vivenció mientras dormía.             Pensaba en aquellas orquídeas negras que  junto a todas las demás de los diferentes colores le hacían creer aun más en la vida. Que paz, aquella verdadera paz, esa paz que la Biblia nos ofrece en la vida eterna, y que muchos nos empeñamos en no desear. Rápidamente tomó un sorbo de café ya frío y salió velozmente rumbo a la universidad. El tema del seminario se refería a la acidosis metabólica en pediatría, era para él un tema muy interesante y el que dominaba con gran facilidad. “El PH esta bajo, la PCO2 estaba baja, los síntomas son taquipnea, cianosis, palidez. El tratamiento consiste en mantener el equilibrio hidroelectrolitico, bicarbonato de sodio...”. Explicaba meticulosamente cada una de las pautas a seguir, y escribía unas formulas en una pizarra. Concluido su tema, comenzaba las diversas preguntas por los médicos varios, y por sus propios compañeros de estudio, a los cuales contestaba con una asombrosa exactitud, salvo en dos que permaneció pensativo un rato; pero que igualmente contesto con una asombrosa veracidad, y en una sola erró la respuesta.  Una ovación de aplausos cerró la intervención del bachiller Rigoberto Palacios y las felicitaciones no se hicieron esperar sobre todo la de una bellísima bachiller de nombre Rosángela, que dándole un abrazo muy fuerte le susurró al oído, “te felicito, estuviste magnifico” y le plasmó un beso en la mejilla. Él, sorprendido por la actitud de la bella señorita, solo atino a decirle:  - Gracias, muchas gracias. Llegada la hora del almuerzo, se sentó solitario en una mesa del cafetín y nadie parecía querer compartir aquella mesa, de hecho había muchas desocupadas. Tomó solamente un jugo natural y un emparedado de jamón y queso el cual comió lentamente. Miraba lejos, varias personas hacían la cola en la caja registradora y luego solicitaban lo que habían decidido. Había un nutrido grupo de chicas estudiantes de Enfermería y solamente un hombre que debería sentirse de ese modo en la gloria ya que era rodeado de excesiva belleza. Varios niños pedían dinero a los comensales y casi nadie les daba, salvó alguien que por lastima o caridad, le ofrecía algún dinerillo. Una señora de aproximadamente muchísimos años, vestía ropas muy sucias y desgastadas. Un chal cubría su cabeza, y con un pedazo de papel, donde aparecían anotado diversos nombres de medicamentos, pedía dinero a todo el que pasara frente a ella, muchos no le daban, sino que le mandaban a trabajar. Otros le decían “vieja vaga”. Rigoberto les miraba indignado, y se paró bruscamente de su asiento y le dijo al muchacho que le había llamado delincuente y sinvergüenza a la pobre dama. _ Mira,  estúpido, ¿tú acaso no tienes madre o abuela?  El individuo se marchó sin contestar. Rigoberto tomó el récipe que la anciana llevaba en sus manos, muy deteriorado, acucioso leyó su contenido, le regaló dinero y le obsequio un suculento almuerzo que la anciana degustó devorándolo en un instante, luego de haber acabado, le iba a dar las gracias a su benefactor y este se había esfumado. Habían pasado dos días desde que soñó aquella maravilla, y no hacia más que pensar en aquel suceso que desde ahora, le cambiaba la vida. Era un mes de diciembre, los primeros días, y aunque estaba de vacaciones había solicitado un especial permiso a las autoridades de la facultad de medicina y a la dirección del hospital para seguir asistiendo unos días más a la pasantía. Era que aquello le fascinaba. Llegó como todo los días a la seis y treinta de la mañana,  era un verdadero adicto a la puntualidad. Habían amanecido varios casos nuevos, una anciana infartada, varias víctimas de un doble accidente de transito, ya estables. Uno de ellos con la pierna derecha en alto, sobre un sistema de poleas, en una tracción músculo -  esquelética. La rutina de la guardia matutina transcurría sin mayor novedad. Las enfermeras, hermosamente vestidas de blanco hacían sus respectivas funciones, y los galenos otro tanto. Eso sí, había una gran avalancha humana en la puerta, y el portero hacía magia para no dejarlos  entrar a todos a la vez. Como a las diez de la mañana, una sirena anunciaba la llegada de un nuevo caso, de las que a cada instante llegan a aquel hospital enorme. Los adiestrados en atención pre hospitalaria descendían en una camilla a una persona, completamente cubierta de sangre y le condujeron a un cubículo que alguien les señalo que lo colocaran allí. Inmediatamente una dama de blanco se cercioro de la tensión arterial, la cual estaba muy baja, y tan pronto como lo había hecho, instalo una aguja por donde pasarían unas soluciones que el médico le indicaba. Por otro extremo del diván, otra profesional de enfermería extraía aproximadamente diez mililitros de sangre y los introdujo en varios tubos que junto a varios boletos entregó al camillero que velozmente desapareció. En una empinada calle de aquella gran ciudad, un joven de dieciséis años, iba a bordo de una bicicleta a una velocidad excesiva, no poseía frenos aquel vehículo, y él más velocidad le imprimía. En la intersección de otra vía el semáforo fue violado en su luz roja que desde hacía rato estaba indicando el pare. Una camioneta que también venía a exceso de velocidad, envistió a aquel imprudente ciclista lanzándolo varios metros por el aire y cayendo al pavimento con un ruido estrepitoso que su cuerpo produjo al impactar. Una gran cantidad de curiosos se aglomero y quien conducía la camioneta, una señora, caía víctima de un mar de nervios y gritaba desesperadamente. _ Yo no tuve la culpa, se trago la luz roja, yo no tuve la culpa.  A los pocos minutos una unidad de emergencia se llevó al herido y la gran cantidad de personas comentaban lo sucedido y un gran charco de sangre junto con un zapato del pie izquierdo quedaron en el sitio. Ahora estaba en una camilla del hospital, le fueron desgarrada su ropa para examinarle bien. Varias enfermeras le limpiaban la sangre que ya estaba secándose, y un medico que usaba barba le introdujo una larga aguja por el abdomen para ver si manaba sangre, como en efecto lo hizo. Rigoberto le inserto un delgado tuvo por el pene y expelió un líquido claro al principio, luego  una gran cantidad de sangre. Ambos se miraron al instante. El Peroné izquierdo se asomaba a través de la piel y el pie del mismo lado no existía. El húmero derecho también se asomaba por una horrible herida que dejaba ver toda la red venosa y los tendones. La cabeza era una suerte de inmensas heridas en el cráneo y otra,  aun más enorme en la mejilla izquierda que dejaba visualizar la dentadura y la lengua. La nariz no parecía tal. Le había sido colocado el monitor. Una línea subía y bajaba constantemente. El  pulso y la tensión arterial eran sumamente bajos. El especialista ordenó trasladarlo inmediatamente al área quirúrgica. Cuando lo estaban pasando a la camilla portátil, el globo ocular derecho dejo escapar un líquido diáfano y tibio. Ya Rigoberto lo había intubado casi a su ingreso y mediante un ambú le daba el oxigeno requerido. Corrían velozmente por el pasillo rumbo al ascensor, y mientras esperaban que este llegara, el joven falleció víctima del horripilante accidente del que fue protagonista. Todos regresaron sin que nadie pronunciara palabra alguna, a sus respectivos sitios. Todo fue recogido, lavado y guardado. El cadáver fue conducido como es natural a la morgue, y minutos después se escucharon unos gritos de dolor y desesperación de parte de la familia del muchacho. Rigoberto camino lentamente hacia una silla que estaba al  final del pasillo previo a la emergencia. Le dio un puntapié a un vaso de plástico que había en el piso y se sentó en dicha silla, preso de una gran impotencia. Lloró levemente, a solas. Pensó nuevamente en lo que había soñado, y un brillo apareció en sus ojos, espontáneamente. Recordó aquel verde intenso y aquellas flores de todos los tipos, en cuyos corazones, miles de colibríes succionaban el dulce néctar que de allí manaba. Decía miles, porque aquello era un paisaje inmensamente grande, era dulcemente maravilloso. Solamente la mano de Dios podía haber creado todo eso.  Aquel sueño le perturbaba, no sabia que extraña suerte de hechizo había en él; pero había logrado su cometido. Le había hechizado, lo había embrujado de tanta belleza. A las tres de la tarde, hora hasta que permaneció sentado en aquella silla, pensando una y otra vez como una película, en aquel maravilloso paisaje con el que había soñado. Un paciente de aproximadamente cuarenta y cinco años de edad acudía a la emergencia, y Rigoberto corrió a realizar su trabajo. En la pantorrilla izquierda una gigantesca herida sangraba muchísimo. En el diván, procedió a presionar con fuerza la herida para lograr detener la hemorragia, sin éxito. Con más pinzas que llaman “mosquito” logró tomar algunos vasos sangrantes, hasta que había cedido la hemorragia. Con raudos catéteres en ambos brazos, igual cantidad de soluciones de Ringer penetraban a su organismo tratando de algún modo reponer el enorme caudal del vital líquido que había perdido. Aproximadamente 500 cc calculaba, además de  las muestras para los análisis que se le habían practicado, posiblemente era más la cantidad que había perdido. Se ordenó inmediatamente una unidad de sangre fresca, a lo que el paciente muy molesto se opuso, ya que era practicante de una religión que no ve con buenos ojos la utilización de transfusiones bajo ningún concepto. Aunque la vida estuviese en peligro, y como él mismo alegaba, prefería morir pero no recibir sangre. Bueno hay que respetar las religiones. Rigoberto, inició la sutura de aquella gigantesca herida, comenzando por el tejido muscular, hasta  que al cabo de dos horas y media culminaba su labor, la cuál haría con una delicadeza extrema, y muy lentamente; para que saliera a la perfección como de hecho, habría resultado. Luego de haber culminado, le elaboró una historia clínica y era dejado en observación por 48 horas; para que recibiera antibióticoterapia endovenosa. La noche transcurrió como tantas otras, casos no muy complicados, consultas por los más diversos motivos, incluso llegó un anciano a las dos de la madrugada quejándose que le picaba mucho un sabañón que tenia desde hace varios meses. El Doctor Fernández con mucha paciencia, pero enormemente disgustado le ordenó a la enfermera que le buscara algo, le extendió una receta y le dijo que fuera por consulta externa en la mañana, le explicó que aquello no era una emergencia propiamente dicha. El anciano muy molesto no se dejó hacer nada ni tomó el papel que el Doctor le ofrecía y diciendo un montón de groserías se marchó, quejándose que no quisieron atenderlo y eso que se sentía muy mal. Tanto el médico como la enfermera, después que el anciano hubiese marchado, rompieron en unas sonoras carcajadas. Es que en los hospitales se ve cada cosa, de verdad que era la primera vez que un paciente llegaba a un hospital y a esa hora de la madrugada porque tenía sabañones. Coloquialmente se le decía asi y aun se le dice, a una infección por hongos en los dedos de los pies. Específicamente en el área interdigital. Verdaderamente daba risa el asunto. A las 4 de la mañana, Rigoberto, aún recordaba el sueño, sentado en el escritorio, estaba en el consultorio. El médico que permanecía en vigilia según el sorteo que entre ellos realizan para hacer el turno de reposo, se había adormitado en unos de los divanes que habían desocupados. Absorto en su pensamiento Rigoberto fue interrumpido por un señor y un joven que llevaban cargada a una anciana y a quién recostaron en un diván. - ¿Qué le ocurrió a la doña?- indagó Rigoberto. _ Doctor- siempre le llamaban así, a pesar de que aún era interno de pregrado- mi mamá, estaba dormida y de repente se comenzó a quejar de un fuerte dolor en el pecho. Rigoberto le realizó un electrocardiograma el cuál contempló detenidamente, descubrió en él algo que le llamó la atención; luego llamó al médico de guardia, y este completamente de acuerdo con Rigoberto, la refirió a la unidad de cuidados coronarios. El electrocardiograma demostraba un  infarto al miocardio. En la mañana, llegó al departamento.  Neptalí ya se había marchado hacia su ciudad, en el oriente, en donde por cierto iba a contraer matrimonio, le dejó una invitación; pero Rigoberto ya se había comprometido con su padre de que pasarían varios días juntos. Leyó el periódico por un largo rato mientras escuchaba un programa por la radio al que no le prestaba atención. Por  cierto salió la noticia del joven fallecido en el accidente, entre otras también de sucesos. Muertes violentas, asesinatos entre bandas, en enfrentamientos con los cuerpos policiales, violaciones, robos, etc. Buscó afanosamente la sección científica y leyó un interesante artículo sobre la osteoporosis que estaba editado. Por último, examinó minuciosamente los artículos de opinión  uno a uno. Acabado esto; dejó el periódico sobre la mesita central y se fue a bañar para disponerse a almorzar. Luego del almuerzo, realizó las maletas para el viaje que emprendería muy temprano en la mañana,  y se dispuso a mirar una película que daban por un canal de televisión, película que habían repetido en muchas oportunidades; pero que a él le fascinaba. Se trataba de un joven intelectual banquero que fue inculpado por el asesinato de su joven y bella esposa y del amante de esta, siendo inocente; pero todas las pruebas lo indicaban como único sospechoso. Fue sentenciado a dos cadenas perpetuas, trabajo forzado y un sin fin de torturas en una prisión de máxima seguridad. Hizo una bonita amistad con otro reo a quién le confesó que él era verdaderamente inocente. El individuo que fungía como director de aquella prisión de extrema seguridad de la que nadie podía escapar, era un corrupto, asesino y se hacía pasar por un piadoso hombre de bien quién siempre llevaba consigo una Biblia. Hacía compras fantasmas, cobraba por agilizar los juicios, manejaba un grandioso presupuesto que almacenaba en sus cuentas bancarias; infiltraba drogas a la cárcel y todo el dinero, obligaba al joven banquero reo, a que lo lavara. Este creó un personaje ficticio, con documentos personales, carnet de circulación, partida de nacimiento, firma, en fin, un personaje sacado de la fantasía, pero que legalmente existía y era en la cuenta de ese supuesto hombre de negocios que iba a pasar aquella gran suma de dinero. Unos tras otros, todos los días el director de la cárcel le obligaba a realizar las transacciones, y al oponer la más mínima resistencia, le encerraban durante un mes en una celda completamente oscura, a pan y agua y donde tenía que defecar y orinar en el piso. El hedor era insoportable. Cansado de tanta humillación y vejaciones, el joven reo, ya no tan joven, pues llevaba ya casi veinte años privado de su libertad, decidió huir; por todos esos años fabricó un túnel en la pared de su celda con un pequeño martillo de rocas, de esos que utilizan los estudiosos de los minerales sólidos, es como un hacha en miniatura, y dicho túnel cubría con un afiche. Ya en libertad retiró todo el dinero de los  bancos y no le fue difícil ya que fue él quien creó la persona que hacía depósitos y a quien nunca habían visto. Retiró todo el dinero, completamente todo, y antes de trasladarse a otro país, envió todas las pruebas de los diversos delitos que el director cometía, esas pruebas las retiró de la caja fuerte sin que fuese notado. La policía hizo una caída y mesa limpia, y el director se suicido antes de pagar con su libertad. La película en cuestión se llama “Sueños de Fuga” y a él le gustaba tanto que si todos los días la pasaban, todos los días la veía. Era que tenía un mensaje muy aleccionador. Esa noche se dispuso a dormir temprano, había tenido una guardia bastante agotadora. No había dormido un instante la noche anterior. Cuando se disponía a trasladarse a la recamará, repicó el teléfono. Pensó que era Andrés Eloy que le llamaba para cerciorarse que viajaría al día siguiente como se lo había prometido. _ ¿Aló papá? _ No, Rigoberto, creo que no soy tú papá, - bromeo alguien al otro lado de la línea – soy yo, Rosángela. Platicaron animadamente por un largo rato. Se podía notar el interés que se tenía el uno por el otro. La verdad era que Rosángela, quien tenía una enorme calidad humana y era muy bonita, le gustaba bastante. Pero por ahora le interesaba solo como amigos. Rosa le había decepcionado mucho y aún las heridas sangraban. Aun la amaba. Ya sobre su suave y tibia cama, después de rezar sus oraciones, recordó a Rosa, recordó la conversación con Rosángela y recordó obviamente a su mamá, en sentido figurado ya que no se podrá recordar a quien nunca se conoció. Pero aun así él la recordaba. “Buenas noches mamá hacia días que no hablaba contigo ¿sabes? Cada día me haces más falta, cada día te extraño con locura, cada día te amo más que nunca. Sabes mamá, ayer murió un muchacho que tuvo un horrible accidente, verdaderamente hicimos todo lo posible para salvarle la vida; pero no se pudo hacer mucho. No te imaginas lo que siento cuando alguien muere; la impotencia y la rabia de que una vida aun comenzando se pierda. De que personas sientan lo que yo he sentido las veces que la muerte me ha tocado tan de cerca. Recordé a mi tía Herminia que tuvo una muerte tan horrible, bueno más horrible de lo que una muerte siempre es. Recordé a Oscar, como su cabeza quedaba en la camilla cuando levantamos su cuerpo decapitado. Recordé a Wilmer,  a Luis, al Catire, a todos los que la muerte me ha arrebatado pero sobre todo a ti mamá, tu que diste tu vida cuando yo vine al mundo”. Rigoberto pensó en la anciana que pedía limosna en el cafetín del hospital y a quien él ayudó. Pensó en la gran cantidad de niños que a diario piden para poder comer, para drogarse, en fin, para una larga lista de tareas que tienen esos niños que viven y deambulan en la calle. Ellos realmente no son culpables, sencillamente son traídos al mundo, ellos no lo piden, simplemente nacen. Siempre le echan la culpa a los padres irresponsable que en realidad si existen, y muchos; pero las madres también tienen una gran cuota de responsabilidad, porque está bien que tengan un “accidente” una vez, que un hombre las embarace y luego las abandone, que sean víctimas de estúpidos galanes que creen ser más hombres, mientras más hijos hacen; pero entonces ¿Por qué no previene un embarazo no deseado? Por qué apenas a los veinte años ya tienen una gran cantidad de hijos. Un error se puede cometer una y dos veces; pero por favor. Después se ponen a pedir, utilizando a sus propios hijos como carnada. O  los ponen a ellos a pedir, y si no llevan una gran cantidad los golpean y maltratan. Hay mujeres que tiene un hijo con cada hombre, y se crea la figura del padrastro que como no, los hay perfectos, pero estos son una gran minoría, desgraciadamente, la gran mayoría les pegan a sus hijastros; no ven que nada son de ellos, y no le duelen. Otros, violan a los niños, y hasta los asesinan. Cada quien debe ser responsable de lo que hace, si vemos que no tenemos un trabajo estable, una pareja estable, no se pongan a traer al mundo a unos seres que, verdaderamente van a sufrir. Si se es víctima de un engaño de algún ofrecetodo; por favor, quédese con ese solo hijo y como, el sexo es tan sabroso, utilice métodos anticonceptivos; pero por favor no tenga hijos a granel sino los puede mantener. Se ponen a construir calembes de ranchos en los cerros en donde cualquiera brisa o lluvia se lo lleva cuesta abajo, y dentro de los cuales una muchachera llora de
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