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4914 Palabras
Es noble sentir el recuerdo cuando desde muy jovencitos, nos toca el amor, o lo poco que se conoce de él, y pareciera que lo supiéramos todo. Es lindo recordar nuestro primer amor. Para Rigoberto, después vendrían otros fugaces amores de la adolescencia, pero como ella no, como ella que regaló con delicadeza, su primer beso. El amor nos hace sentirnos seres humanos, nos hace sentirnos  vivos, hace que sintamos la vida. Y tenemos el derecho divino de recordar nuestros momentos lindos cuando éramos niños, cuando éramos adolescentes y jugábamos a vivir. Cuando delicadamente ignorábamos los grandes problemas de la vida, esos conflictos que surgen muchas veces contra todos y que transforma lo que se creía no transformable. Es que a esa edad, esos problemas no existen para algunos seres que son felices en un mundo feliz. Las manos suaves de María Antonia eran tocadas por la inquietas de Rigoberto, que, decidido, daba inicio a una plática devoradora. Cuantas veces no nos prometíamos decirle algo que se ensayaba por horas y que nunca salía de nuestras bocas, quedándose en un pensamiento atrevido que quería ser libre y bonito. Ahora el valor se posesionaba del joven, y empapado del sudor que surge del nerviosismo, expresa lo que llevaba tiempo sintiendo. _ María Antonia, quiero decirte algo.... Solo una mirada envuelta en ternura recibía como respuesta. El silencio acrecentaba el temor y la timidez era expresada abiertamente. _ Sí, dime. De esa manera, la linda joven esperaba lo que llevaba también tiempo esperando, la declaración de amor del galán que le gustaba demasiado. _ Tú me gustas mucho.... _ ¿Sí?             Con tan leve diálogo, se lograba el gran efecto que le hacía sudar aún más. Esa situación le hacía sentir tan torpe y sus palabras se confundían al salir de sus labios. Eran palabras temblorosas, confundidas, pero que decían exactamente lo que él quería decir. _ Sí, y quiero que seas mi novia, ¿Qué me dices?        Al ser recibida en la fría noche esa pregunta tan esperada, brillaron de alegría los ojos de María Antonia y no hubo necesidad ya de respuestas, aunque para el orgullo de alguien como Rigoberto, esa respuesta oral era sumamente vital. Se miraron largamente mientras la rueda de la fortuna no cesaba en su movimiento. Eran miradas puras, como deberíamos mirar siempre. Sus manos se tocaron y ese roce les hacía vibrar, pero Rigoberto cortó tajantemente el silencio. _ ¿Qué pasa? ¿Es que no te gusto? _ No. _ ¡Ah! Es eso. _ Digo, no, no es que no me gustes. _ ¿Entonces? _ Bueno, es que tendría que pensarlo, dame tiempo. _ Entonces si aceptas, si te gusto. _ Yo no he dicho eso, solo te dije que debo pensarlo, que me dieras tiempo. _ Pero es que si no quisieras ser mi novia, me lo dirías de una buena vez y no tendrías que pensarlo mucho. _ Bueno, te digo que lo voy a pensar, no te he dicho que sí. Igual podría decirte que no mañana, por ejemplo.        Las manos hablaban otro idioma y permanecían entrelazadas como para siempre. _ Bueno. – Decía Rigoberto.- tómate todo el tiempo que quieras, pero espero que de tu linda boquita salga un sí definitivo y rápido, eso si, no lo pienses mucho mira que no soy tan paciente que se diga. Al decir esto, se acercaron más de lo que ya estaban uno al otro y las manos se soltaban para dar paso a un abrazo que expresaba un mundo de sueños, de ternura, de amor eterno y de inocencia. _ Mañana en el liceo te doy la respuesta, no te preocupes.- Decía esto la chica, mientras se acurrucaba en los brazos de su galán y cerraba los ojos como para experimentar con más ímpetu, ese hermoso suceso que la marcaría para siempre de tanta ternura, de tanto amor. Ya habían transcurrido los minutos estipulados para que se detuviera aquel perfecto aparato de diversión, donde había sido el mundo, fiel testigo de la primera declaración de amor de la linda pareja, cuando ya María Antonia no tenía palabras  con las que contestar las ya insistentes ofertas de amor de su ya desinhibido galán. A esa edad, todas las palabras son sinceras, envueltas en estupendas verdades vírgenes de engaño y falsedades. Era la primera vez que tanto él como ella daban ese primer gran paso en una declaración amorosa. Era lo más bello que hasta ese momento, ambos habían experimentado. El orgullo de haber superado su temor le hacía sentirse poderoso, además de la seguridad de la respuesta positiva que recibiría. Eso era lo que sentía y era también lo que esperaba, una respuesta positiva ya que desde un primer momento la tuvo, desde el momento en que María Antonia le había obsequiado esa inmortal mirada de azucenas, esa sonrisa de azahares, la tibieza de unas manos y el bello resplandor de una esperanza. Desde ya, ese momento se perpetuaría en la mente de ambos y sería eternamente recordado, aunque en el futuro, cada uno tomaría distintos rumbos.   Por lo pronto, solo continuaban los dedos entrecruzados, ya no las miradas y mucho menos, las palabras. Solo se estaba allí, mirando nada. Todo estaba alrededor de ellos. Ellos dos eran lo único existente, el universo todo giraba y ellos eran el centro. El ruido del parque de atracciones, potente por demás decirlo, ya no llegaba a ellos, la fuerza del éxito experimentado, el significado de aquella primera declaración los hacía únicos, por lo que tampoco el mundo exterior, ruidoso y todo, era presenciado. Luego llegaban los días de plena felicidad. Aquellos en los que no nos importa lo que sucede a nuestro alrededor. No importa lo que se lea en la prensa, ni lo que se ve en los noticieros de la televisión, si es que nos queda tiempo para esas menudencias, dado a que se nos pasa la vida soñando y pensando en la persona amada. Que bueno sería que esa ternura y aquella gran visión que se tiene de los sentimientos existiera toda la vida y en todos los rincones. Cuando la pureza los decora y solo pensamos en el bien para esa persona a la que amamos. Que bueno sería que todo ser humano lo sintiera de esa manera, y que sintiéndolo, exhale su último suspiro de vida. Se extinguiría de ese modo la maldad, y el rencor, junto al odio. El primer amor quedó escrito en los libros del recuerdo perenne, como quedan siempre los buenos recuerdos; pero solo eso, un lindo recuerdo que se rememora con nostalgia. El amor se hizo para albergar a la felicidad y si se llega a sufrir por ese amor, él ya deja de serlo, se convierte en un sufrimiento mezquino que siembra el dolor, un dolor que nunca se podrá describir con palabras. Que bello es el amor sincero. Era un año electoral por lo que venían e iban todos esos anuncios publicitarios ceñidos a determinados candidatos y todos se confundían en una sola algarabía, en un exagerado escándalo. En fin, todas esas marramuncias que han inventado los falsos políticos, los demagogos por llamarlo de alguna manera, para llegar al poder, y lo más triste de todo, es que lo han logrado, pero más triste aún es que cuando llegan, no ven necesidades por ningún sitio. Lo que sucede es que muy pocas veces se piensa en las escaleras toda vez que llegamos al piso superior, solo pensamos en ellas cuando las necesitamos para subir.        Las vacaciones inherentes a la época navideña fueron prolongadamente adelantadas ya que se llevaría a cabo el proceso comicial, y como es sabido, en los institutos educativos es donde se efectúan dichos sucesos. Eso significaba que sería mayor el tiempo que permanecerían ambos separados, sin aquellos besos que ya se sucedían a cada rato, en cuanto tenían oportunidad, lejos de las miradas inoportunas de quienes les pudieran observar, en los sitios donde se ocultaban para dedicarse esas inocentes caricias.        Eran besos por primera vez experimentados ya que ninguno había vivido esa experiencia con anterioridad. Todo un mes, mucho más que un mes, casi dos meses sin disfrutar de ese brillante en el aparador, que jamás producía cansancio al mirarlo, nunca produciría desgano a la vista que se nutre de ese paisaje fabuloso de una belleza. Fue tan doloroso ese retiro. Eran contados los días que faltaban para el retorno a clases, para volver a encontrarse, para expresarse prometedoras palabras empapadas de amor.        Prematuramente una tarjeta deseosa de una feliz Navidad y un próspero año nuevo, llegó a manos de Rigoberto. Aunque pequeña, significó la gran fuerza que nutría la larga espera. En la parte anterior, San Nicolás tiraba de unos renos sobrevolando un minúsculo grupo de casas. Era ese el motivo de aquella singular tarjeta de Navidad. Era tan pequeña que cabria en la palma de la mano, pero para Rigoberto, era tan grande como su felicidad. En el mensaje se podía leer: “Dos claveles en el agua no se pueden marchitar, dos amigos que se quieren no se pueden olvidar” y al pié de aquel breve pero encantador mensaje se podía leer en nombre de María Antonia. El mensaje era leído una y otra vez a lo largo del día y de la noche, todos los días. Como sufrieron por esa larga separación a pesar de que sus casas solo quedaban a lo sumo, a pocas cuadras de distancia.                      No fue sino hasta después del día de Reyes cuando volvieron a encontrarse y ser felices nuevamente. Continuaron esa experiencia enriquecedora que les señalaba el camino al amor. Continuó así esa aventura amorosa de los primeros años, en una época en que la inocencia estaba presente por sobre todas las cosas. Solo la falta de su madre le hacía sentir aquella soledad que nunca llena nadie, que es insustituible y que sólo ella puede cubrir con su manto de ternura, a aquellos fragmentos de piel  sedientos de una caricia materna. En medio de tanta fantasía infantil, transcurrían los meses y llegó así mayo, el mes de las flores, el mes de las madres, y fue precisamente esa época del año la que hacía que Rigoberto se sintiera sumamente triste. De la misma manera lo sentía su padre y ninguno se decía nada al respecto. Cada cual se respetaba el silencio y el pesar del otro. Ellos sabían de qué se trataba. No existían palabras para describir tanto dolor. Era un silencio cargado de toneladas de tristeza, de congoja, del más grande pesar. Era inevitable sentir la ausencia de una madre. Contemplar como un hijo sufre por una madre. Era inevitable, sentir lejos al más grande amor.        Fue encargada otra composición poética en la clase de literatura, su más preciada clase sin lugar a dudas, y esta vez, la profesora pedía que se mencionara a lo más hermoso de la vida, que se dedicara la composición a las madres. He aquí su obra llena de un inmenso dolor y en ella, estaba plasmada toda la tristeza del mundo. Era pues, su sentir lo que manifestaba en aquel pedazo de papel que soportó como el más grande amigo, todas esas tristes palabras que demostraba la fuerza del gran dolor que sentía un hijo, de un niño por la ausencia de su madre. Un sentimiento que es capaz de desplazar a cualquier otro dada la magnitud del mismo. Ese amor que nos lleva cada noche a una cama, que nos palpa con cariño, que nos regala un beso y una sonrisa. Ese amor que nos dice con sobrada ternura: “Que Dios te bendiga hijo”. Rigoberto era carente de aquella caricia materna, de esa forma lo había sentido toda su vida. Cuan solitario se sentía al escuchar hablar del famoso regalo del día de las madres, cuando todos sus compañeros se abocaban a lograr lo mejor entre lo mejor, y él solo, cabizbajo, llegaba a su casa para observar a su padre quien miraba por la ventana hacia el mundo. Andrés Eloy enmudecía eternamente pasando desapercibida la llegada de su retoño amado, por lo que Rigoberto se instalaba en su alcoba para imaginarse como hubiese sido todo de distinto si su madre viviese. Si por lo menos supiera algo de ella, pero lo único que sabía, según lo dicho por su padre, era que había sido una gran mujer. Una gran mujer que había fallecido el mismo instante en que él había llegado al mundo. Siquiera una fotografía suya, un recuerdo visible. ¿Cómo sería su rostro? Sus ojos, sus cabellos. ¿Cómo sería su voz? No sabía como imaginarla sin tener el mínimo detalles de sus características físicas. No la podía recordar sencillamente porque no sabía quien era. He allí la razón de su composición. En la soledad de una habitación que cargaba mil kilos de tristeza y de soledad, Rigoberto tomó un lápiz y una hoja de papel para dejar plasmado todo un sentimiento que brotaba de su pesar por no tener a su madre, por no poderla recordar, por sentirse tan solo sin su valiosa protección y su inmenso amor. Escribía aquel adolescente lo que sus sentimientos por si solos expresaban. Sus dedos sólo eran un medio para lograr lo que su dolor manifestaba desde lo más profundo de su alma.             Al terminar su composición, justamente cuando terminaba de escribir su apellido, hubo de apartar el rostro para que la lluvia que se precipitaba desde sus nublados ojos, no dañaran el papel. Su dolor se fue materializando y un agudo llanto emergió de sus cuerdas vocales hasta ese momento calladas, llanto que se tornó en un gran grito de histeria y lamentos.             Igual le sucedió en la clase cuando desde su asiento leía su obra. Su llanto no se hizo esperar, y dejando su pupitre sólo, corrió hasta la salida y se perdió en la tarde. Pasaron largos los minutos y comprendiendo todos lo que le estaba sucediendo, lo dejaron tranquilo. La profesora tomó la composición del muchacho y la leyó, posteriormente le colocó la máxima puntuación, la que merecía por tanta realidad expresada, amen de que le pareció extraordinariamente bella. Pasó larga una hora y como de costumbre, Andrés Eloy conectó el televisor donde unos mágicos robots gigantes se destruían entre sí, pasatiempo favorito de su hijo lo que tarde tras tarde contemplaba con detenimiento. Era por ello que encendía el aparato ya que dentro de poco llegaría su encanto. No había poder en este mundo que impidiera que Rigoberto se perdiera un solo capitulo de esa teleserie animada realizada en el Japón. Andrés Eloy luego de haber encendido la televisión, se quedó mirándolo por largos minutos, y luego, aburrido, se dirigió a la radio para escuchar lo que desde hacía mucho tiempo y como rutina ya hacía a esa hora, conocer los acontecimientos suscitados en el mundo a través del noticiero. El manto de la noche se acercaba despacio, derramando su oscura capa sobre los pobladores. Lento pero seguro, el ensordecedor silencio de la atmósfera nocturna fue posesionándose también de toda la comarca y a todas estas, sin que nadie reparara en ello, el día apasionante y tierno, brillante y acariciador, se fue marchando cansado, a cubrirse en los brazos que la noche dejaba solos.        Cuando la totalidad de la ciudad estaba cubierta de sombras, al unísono, el alumbrado público quiso sustituir al sol e incendiándose los faroles, las luces amarillas brillaban tenuemente, dándoles la luz a los pobladores. Pero algo grave comenzó a inquietar a Andrés Eloy. Rigoberto no llegaba, cosa que parecía algo extraña. A esa hora ya su hijo estaría bajo los encantos de la televisión descubriendo nuevos poderes de los luchadores del futuro. Ese día no había llegado a la hora de siempre y su padre ya estaba temiendo que algo le hubiera pasado. Poco después ante la noche y frente a ella, el preocupado padre no sabía a donde dirigir sus pasos, solo caminaba, no quería pensar en nada malo, sacar conclusiones apresuradas, drásticas que es lo primero que le viene a la mente a cualquiera en una situación similar. Caminaba con la sola idea de encontrar a su hijo, pues éste nunca caminaba un solo paso sin que su padre lo supiera. Transcurrió más de una hora y en ese momento, y cuando ya sus nervios no daban para más, una idea llegó como salvación a la mente de aquel hombre que ya estaba atrapado entre la fatiga y la preocupación. Desvió sus pasos hacia un sitio que ambos conocían muy bien. Al instante se reprochó el hecho de no haber pensado en ese lugar antes, pero los reproches estaban de más y la idea de ver a su retoño pudo más que cualquier cosa. Ya estaba cerca de aquel sitio y desde la distancia pudo distinguir una silueta conocida, la de un chico sentado bajo un árbol enorme, viejo, seco, sinónimo para el joven, de la inteligencia y la nobleza que trae consigo la senilidad como una vez se lo narró su padre. Detuvo sus pasos aquel hombre completamente lleno de emoción y unas palabras débiles llegaron hasta sus oídos, eran unas palabras hermosas dirigidas hacia una madre. Allí estaba Rigoberto, tal cual como se lo había imaginado, tal cual su pensamiento le había predicho. Propicio era el sitio para ocultarse, aunque le muchacho no hacía precisamente eso. Cuando estaba cerca quedó sorprendido, muy sorprendido. Escuchaba a su hijo que, sin que supiera que su padre estaba en ese sitio, conversaba con su madre como si estuviera con él.     “Mamá, ¿Dónde estás? ¿Por qué no estas conmigo? – Decía  con su mirada dirigida al cielo, que, cubierto de estrellas, parecía escucharle.- No te imaginas cuanto te necesito. ¿Por qué me dejaste tan solo mamá?        Seguidamente un gran llanto surcó el ambiente de aquella tranquila e iluminada noche, por vez primera Rigoberto expresaba lo que en toda su vida le había hecho tanta falta. Tras de sí, un padre estaba compartiendo ese gran dolor y unas lágrimas bajaban por sus mejillas.          Presenciaba lo que siempre había temido, lo que ya a estas alturas pensó que no sucedería, el llanto sagrado de un niño por algo más sagrado aun, por su madre y por algo tan triste, por su muerte. Acercó Andrés Eloy sus pasos hacia donde estaba su hijo, éste por su parte no se daba cuenta  que su padre estaba presente ya que sus pensamientos y sus oraciones lo acercaban hacia quien ese instante sentía más lejos. Su rostro era cubierto de lágrimas, ellas no eran enjugadas y corrían veloces en todas direcciones. Levantó nuevamente la mirada a las alturas y la luna parecía entenderle, las estrellas parecían apagar su brillo. La tristeza del llanto de un niño tiene tanto poder, que hasta las estrellas se rendían ante él.        El corazón de Andrés Eloy ya no soportaba un minuto de aquel espectáculo que le sobresaltaba y le ocasionaba tanta impotencia por no poder tener cerca de su hijo a la madre para decirle, “Hijo, he aquí a quien tanto amas y a quien tanto necesitas” _ Rigoberto, hijo. – El niño desvió de inmediato la mirada hacia donde surgía aquella conocida voz. Al divisar la figura de su padre en la noche, corrió hacia él y se abrazaron grandemente. Ya juntos, lloraron largamente su gran pesar. Juntos necesitaban, adoraban y añoraban a María Elena. _ Papá, ¿Por qué ella no está con nosotros?             Era ésta una interrogante que fulminaba, una que exigía una respuesta cargada de la más cruda realidad, una respuesta que Andrés Eloy no podía en ese momento exteriorizar. Rigoberto necesitaba escuchar de boca de su padre una respuesta y a su padre no le parecía propicio el lugar y el momento para ello, por lo que invitó al niño a casa para en ella, entablar una larga conversación al respecto. Era una conversación por largos años evadida y siempre esperada, ya que tarde o temprano aparecerían las preguntas espontáneas, como el nacer de las flores.             La intención de Andrés Eloy no era que su hijo nunca se enterara de quien era fruto y lo ocurrido con su madre. La postergación de esa conversación cruda, era el evitarle el gran dolor que sabía que ésta le produciría. Anteriormente el joven le había preguntado por su madre y él le había hablado de ella, claro, era solo un niño que lo hacía por curiosidad, pero ahora era muy distinto, ahora era el raciocinio del muchacho que despertaba ante una necesidad, la necesidad de saber que había pasado con su mamá. A esa edad, sus sentimientos ya reclamaban esas respuestas que habían sido dadas cuando era un niño y que cobijadas en la más tierna inocencia no le habían dicho nunca nada. Había llegado ya el momento. _ Ya hijo querido, sabes que no me gusta verte así tan triste. No me gusta verte llorar. Recuerda que prometimos en la iglesia que daría mi vida por que estés siempre feliz, por que nunca sientas esas tristezas en tu corazón, que yo las tendría por ti. Que tú darías tu vida por hacerme siempre feliz, regalándome esas sonrisas tuyas que son lo único que me traen la alegría. _ Si papá, eso nunca se me va a olvidar, pero es que no te imaginas la falta enorme que me ha hecho mi mamá todo este tiempo.             Continuó llorando abrazado a su padre quien lo conminó a dirigir sus pasos hacia la casa. Era ya de noche y el peligro en esos parajes solitarios era inminente. No había muchas explicaciones que dar, el niño, como lo había exclamado, había extrañado mucho a su madre desde siempre y ese día en particular, cuando esa frase está en boca de todos, le llenó de tristeza y quiso estar a solas para platicar con ella, como lo hacía en su habitación desde hacía mucho tiempo.             Había llegado el momento en que una persona reclamaba las respuestas que siempre le fueron negadas, que fueron ahogadas en unos labios tristes, respuestas que siempre se cubrieron de fábulas, de mentirijillas blancas dirigidas a la inocencia, pero que ahora eran las respuestas a unas preguntas que reclamaban la verdad. El muchacho quería saber los detalles, los pormenores que contestarían sus dudas acumuladas por tanto tiempo y Andrés Eloy ahora si se sentía preparado para ello. Había bastado la sinceridad en las palabras de su hijo, para que el valor llegara a su alma de padre y sintiera ahora el deseo y el anhelo de hablarle a su hijo de su madre.             A pocos pasos de la casa, una brisa gélida se dejó sentir y apartaba los cabellos que caían sobre la frente del joven y velozmente su padre le cubrió con la chaqueta de la que se había despojado al notar el brusco cambio del clima que la noche trajo consigo. Era de admirar como la naturaleza deja verter sus encantos sobre nosotros. Gracias a Dios que, en su mayoría, sus encantos son más frecuentes que su furia.             Ya en casa se apresuraron Andrés Eloy y su hijo a dar inicio a la charla y buscaron acomodo en la alcoba del joven quien sin pensar en otra cosa, estaba presto a escuchar. _ Papá, ¿Cómo se llamaba mi mamá? _ María Elena. Cuando eras un niño te lo dije, pero eras muy chiquito y probablemente lo haz olvidado. Mi gran amor, mi eterna ilusión. Es un nombre tan bello, así como bella era ella. Ella hijo, fue una gran mujer que dedicó toda su corta vida al amor, a ser buena. Una gran mujer a quien por suerte conocí un buen día y empecé a amarla de inmediato. Una persona– Continuaba diciendo después de una pausa para enjugar una lágrima que desde ya se asomaban a sus entristecidos ojos. Se levantó aquel hombre esclavo del dolor y comenzó el acostumbrado paseo que siempre realizaba cuando meditaba o hablaba sobre algún tema interesante- a la que nunca le pareció demasiado el amor que entregaba. Ella siempre tenía un gesto bello y tierno, una mirada angelical y una sonrisa fecunda. Era ese el amor que me dedicó siempre. Era ese el amor, el sentimiento del que surgiste tú hijo de mi alma.             Guardó silencio bruscamente mientras se detenía en la ventana que daba a la calle y contemplaba sin contemplar, miraba a la nada, se refugiaba nuevamente en sus recuerdos. _ ¿Y que pasó con ella papá? – Preguntaba Rigoberto a pesar de que recordaba lo que su padre creía que no. Lo recordaba porque un día lo escuchó decir.             Esta vez el silencio se hizo más largo, más pesado, más ensordecedor. _ ¿Qué le ocurrió a ella papá? – Repetía la pregunta al palpar tanto silencio. _ Dios se la llevó consigo mi vida. – Lloraba Andrés Eloy al igual que el joven invadidos ambos por el pesar de sentir a una madre ausente.             Andrés Eloy se retiraba así, dando por terminada aquella plática que resultó en extremo corta. Eso que escuchó Rigoberto le bastó por ahora. No había necesidad de expresar más palabras para sentir a su madre. La forma de ser de su padre, melancólico si se quiere usar ese término, solitario, meditabundo la mayoría de las veces, le hacían ver que le hacía mucha falta, que nunca había dejado de amarla. Eso demostraba el gran amor que existía, que nunca dejó de existir. Eso decía mucho de la nobleza de los seres que le habían dado la vida. Por ahora no necesitaba que se dijera algo más de su madre. Con eso bastaba para pensar en ella esa noche. Para imaginarla aunque no existiera en su mente un rostro que imaginar, y amarla desde lo más profundo de su corazón.                                                            Aquella mañana llegaba trayendo consigo una suave brisa que alegraba el inicio de aquel hermoso día, haciendo que el revolotear de las avecillas decorara el firmamento. Un niño vestido precariamente corría tras una perra con tres o cuatro cachorros, él queriendo atraparlos y ella poniendo a salvo a sus crías, ladraba con desgano. Un pequeño grupo de ancianos leía la prensa y discutían animadamente el contenido de las noticias, mientras el blanco humo que expelía la pipa que llevaba en su boca uno de ellos, se dejaba arrastrar por aquella suave brisa que la transportaba con gracia. En la sacristía, la señora que realizaba la limpieza concluía ya su trabajo, mientras el obeso sacerdote aguardaba parado en la entrada de la misma para no entorpecer la labor de la anciana que con gran devoción dejaba, día a día, reluciente el sagrado recinto. Luego de que Trina hubiese finalizado su faena, el padre Ignacio tomó asiento y se dispuso a secar el sudor que permanentemente escurría por su cuello, hiciera o no calor. Lo hacía con un blanco pañuelo que había extraído de una de las gavetas de su escritorio de aquella enorme oficina llena de archivos, estantes y un sin fin de objetos propicios de aquel sitio. Frente a sí, varios portarretratos le transportaban una vez más al pasado mediante sus recuerdos. Hacia aquella tierra que lo vio nacer como hombre y como ese ser dedicado a Dios en su totalidad. Recuerdos de su infancia que había transcurrido entre guerras y sucesos agresivos. Vivió su infancia también y gracias al señor, en la dulzura de un hogar, donde su hermosa madre y su adorado padre, lo dieron todo por procurarle un sitial que un hijo siempre necesita, eso sí, siempre al lado de ellos, de unos padres que amaron sin fronteras. No había tenido hermanos, siempre fue él, ojos, amor y orgullo de Don Sebastián y Doña Cristina, allá en su natal España. Su nacionalidad nunca la podría ocultar aunque quisiera, porque se le denotaba su gentilicio cada vez que se expresaba, dada la particular forma de prácticamente partir en dos las palabras al pronunciarlas y de modular las eses como si de zetas se trataran, además de no dejar de nombrar nunca a su querida Valencia, tierra que lo vio nacer. El padre Ignacio era uno de esos seres especiales que siempre estaba allí, con sus manos prestas a ayudar, bien sea haciendo alguna obra de caridad, orando, o dirigiendo sus palabras sabias y orientadoras que guiaban las almas descarriadas, consolando a quien sufría o aconsejando a quien lo necesitara. Desde muy niño su madre lo condujo por el camino de las enseñanzas que muy oportunamente ofrece siempre la fe cristiana. Fue educado tanto en casa, como en el colegio y la iglesia. Recordaba con suma melancolía a aquella iglesia, pero sobretodo a aquel sacerdote, a quien nunca olvidaría y quien fue baluarte insustituible en aquella vocación que germinó en él desde que aún era muy joven. Era el padre Antonio, venido de lejanas tierras y se quedó en España hasta que el corazón le provocó  una desagradable y mortal jugada, un mortal infarto. Nunca le olvidaría. Su infancia transcurrió entre la escuela, la iglesia, las bibliotecas y el huerto de la familia. Pero el sitio especial que siempre lo cautivó fue el hogar para ancianos que quedaba muy cerca de la iglesia y que era dirigida por religiosas. No pasaba un solo día en que no acudiera a ese sitio a prestar asistencia a aquellos gerontos que realmente necesitaban de personas que se encargaran de ellas, ya que sus parientes nunca se dignaban a merodear por allí, mucho menos ocuparse de ellos.
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