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4882 Palabras
Detuvo sus pasos esta vez más cerca de Daniel y su mirada más expresiva le dirigía. Golpeaba el suelo con la pata delantera con insistencia y el niño sentía un deseo incontenible de pararse de aquella silla de ruedas, de salir de aquella prisión. El caballo blanco emprendía una vez más su trote y se detenía cada vez más cerca del niño, hasta llegar a estar al lado suyo. Aquella mirada impactante le desafió. Al retirarse nuevamente el corcel, Daniel quiso seguirlo haciendo girar con fuerzas aquellas detestables ruedas. El desnivel del suelo virgen hizo perder el equilibrio y silla y niño caían sobre él. Daniel hacía un esfuerzo sobrehumano por levantarse de aquella posición grotesca e incómoda, sin éxito. El caballo blanco corría sin cesar y el niño seguía desde allí sus movimientos admirando la agilidad de éstos. Sus fuerzas se agotaban, ya a punto de desistir de su cometido y llorando amargamente, el lindo caballo blanco se colocó nuevamente a su lado, bajando su cabeza hacia él, permitiendo que sus crines rozaran su rostro. Daniel se tomó de ellas y logró para su sorpresa, ponerse de pié, el caballo se alejó y allí estaba Daniel, de pié en el patio a lado de su volcada silla de ruedas, sin lograr digerir aquella realidad, con las piernas tambaleantes y temeroso de dar un solo paso.      El caballo blanco corría sin parar y regresaba junto al niño para volver a emprender el galope, y regresar nuevamente invitando al niño a seguirle, a imitarlo. Milagrosamente Daniel dio un paso, luego otro, y al rato corría detrás del caballo. Corría sin parar, sus lágrimas bajaban por sus mejillas, y la emoción le embriagaba. El espectáculo era fabuloso, un niño corriendo detrás de un precioso caballo blanco que mientras corría iba separándose del suelo y desplegando  unas grandiosas y espectaculares alas, se elevó a las alturas. Daniel se detuvo estupefacto mirando lo que a sus ojos llegaba y con sus piernas sensibles como antes. El caballo blanco galopaba en el aire, y en lo alto giró sobre si y le miraba como siempre, con una mirada tierna. La figura del caballo cambió y se presentaba ahora ante los ojos de Daniel, la de un hombre envuelto en túnicas blancas, que le daba la bendición mientras desaparecía en el firmamento. _ Gracias Dios por devolverme mis piernas dijo el niño.”           Había terminado la linda historia que era tan triste como esperanzadora y daba muestra de que en verdad la vida vale la pena y así se lo había hecho sentir a su hijo quien comprendiendo el significado de sus palabras, asimilaba también el gran amor que su padre le había demostrado desde siempre. Jamás lo dejaría solo, bajo ninguna circunstancia y mucho menos en esos momentos tan difíciles.      Había preparado el terreno para enfrentar al niño con la cruel verdad, solo tenía que esperar su comprensión. Sabía de antemano que no era fácil que el muchacho aceptara la pérdida de su amigo, que más que esto era su hermano. A pesar de todo, tenía que enfrentar la realidad que ahora vivía y el hecho de saber lo que él significaba para su padre, le daba la seguridad de que el niño no se dejaría dominar por el sentimiento de enajenación que el suceso le causaría.      Todo parecía equilibrado y a los veinte días posteriores a la desgracia, había egresado del hospital recuperado ya, aunque continuaba con la venda de yeso  que le había sido aplicada y que llevaría por varios días más. El año escolar languidecía por lo que tuvo que, mientras convalecía, estudiar en cama y gracias a un régimen especial y bajo supervisión, presentó los exámenes en casa siendo satisfactoriamente promovido de grado.      Había también Andrés Eloy reintegrado al trabajo en el cual había solicitado un permiso no remunerado, ya que el remunerado fue muy breve. Todo había vuelto a la normalidad aparentemente. Muy de mañana antes de partir a la faena diaria, quiso el hombre acudir en busca de su amigo, por lo que su rumbo ese día fue otro. Tomó una unidad de transporte público para ahorrar tiempo y ya pronto arribaba al humilde barrio. Se extrañó de ver puertas y ventanas cerradas a esa hora. Felicita cuando barría el frente de la casa, abría la puerta y las ventanas para que “entrara la gracia de Dios”.      Tocó varias veces como lo había hecho desde hacía mucho tiempo sin recibir respuesta alguna. Caminó alrededor de la casa y mirando a través de una pequeña grieta que había en una de las paredes constató que no había nadie en la misma. Más extrañado aún, continuó llamando esta vez por la puerta posterior sin obtener de igual manera, respuesta alguna.      Quiso preguntarle a los vecinos lo que había ocurrido con la familia amiga y todos coincidieron en una misma terrible respuesta: Nicolás, debido al  sufrimiento por la pérdida de su hijo se transformó en un orate y estaba recluido en un hospital psiquiátrico de una ciudad vecina, y Felicita con sus otros muchachos habían desaparecido sin que nadie lo notara, hasta  nadie sabía donde.      Se entristeció en demasía al escuchar esas aseveraciones, considerando lo mucho que pudiese haber hecho por su amigo, y hasta se sintió algo culpable de la situación que había ocurrido en su casa, pero nadie hubiese querido que pasara algo tan terrible. Dios sabe que de imaginarse siquiera que los niños planeaban eso, no lo hubiese permitido en lo absoluto. Dada la impotencia para saber de sus amigos, se marchó haciéndose la promesa de que algún día sabría de ellos.      Esos días y los subsiguientes estuvo muy afligido, ya que intentó en vano localizar a sus amigos y no sabía de algún familiar que le diera noticias de ellos.  Todos los días Rigoberto le hacía las más variadas preguntas referentes a su amigo, extrañado de que Wilmer no había acudido a visitarlo junto con su familia. _ Papá. _ Sí hijo. _ ¿Cuándo me van a quitar este yeso? _ Pronto hijo. ¿Te molesta mucho? _ Bueno al principio me molestaba bastante, paro ya me acostumbre, papi. Lo que pasa es que quiero que me lo quiten para ir a visitar a Wilmer que algo le debe pasar que no ha venido a visitarme.      Se hizo un largo silencio, Andrés Eloy titubeaba hasta que decidido expresó: _ Mira hijo mío, siempre he estado contigo ¿verdad? _ Si papi, tu eres muy bueno conmigo. Te quiero mucho papi, te quiero mucho.- Rodeaba con sus brazos su cuello y le regalaba muchos besos como siempre lo hacía. _ Si mi vida yo también te quiero mucho, pero escúchame bien, préstame mucha atención que tengo que decirte algo muy importante que estoy seguro que te va a afectar mucho. _ ¿Qué papá? _ El día en que sufriste el accidente, bueno, en que sufrieron el accidente, tu vida corrió mucho peligro, estuviste a punto de morir, fueron momentos terribles. _ Si papi, tu me los haz dicho muchísimo, menos mal que tu eres muy bueno conmigo y siempre me ayudas cuando me pasa algo, pero lo que yo quiero saber es lo que le  pasó a Wilmer, que también se cayó de la mata, ¿También se golpeó bastante así como yo? _ No, hijo, como tu no. _ Menos mal, porque si fuera así como yo, al pobrecito le debe haber dolido bastante, por que él es más chiquito, pero ¿Por qué no lo vamos a ver? ¿Porque no ha venido?      Mientras el niño hablaba, su padre pensaba en la forma más fácil de decirle la verdad, lo mejor que se le ocurrió para no hacerlo todo tan difícil fue decírselo  todo de una buena vez y así lo hizo. _ Hijo, tienes que ser muy fuerte porque lo que te voy a decir es muy feo. _ ¿Qué papi? ¿Me vas a poner una inyección? _  No mi vida, no es eso. _ ¿Entonces? _ Hijo, Wilmer ya no está con nosotros. _ ¿Por qué papi? _ Lo que pasa es que se dio un golpe muy duro en la cabeza, cuando se cayó de la mata. _ ¿Así como yo? _ No mi amor, más fuerte. El golpe le hizo mucho daño y los doctores no pudieron salvarlo. _ Entonces papi ¿Wilmer esta muerto? _ Si mi cielo, no quisiera decirte que tu amiguito esta muerto, pero esa es la realidad hijo. _ No papi, no te creo, Wilmer no se puede morir, él me dijo  que siempre íbamos a estar juntos, y si yo estoy vivo él también tiene que estar vivo.      Los sentimientos del niño eran ahora escuetos y su llanto era exiguo para demostrar cuanto le afectaba lo que estaba escuchando. Abrazado a su padre  dejó escapar su llanto, no pudiendo Andrés Eloy ocultar el suyo, por lo que ambos lloraron amargamente sus pesares.      Había muerto su compañero de juegos y no había podido estar con él es sus últimos momentos, es más ni siquiera lo había sabido hasta ahora. Se imaginaba cuanto había sufrido el pobrecito, al igual que se imaginaba como el tío Nicolás y la tía Felicita, que era como él les decía, al igual que Juancito y Minerva, estaban sufriendo. El apetito se marchó y ni siquiera el sueño era tranquilo. Rigoberto era nuevamente víctima de una circunstancia que la muerte se había encargado de llevar a su vida. Pero la vida continuaba su rumbo y Andrés Eloy con la cooperación de su hermano y su cuñada, hicieron lo posible por que el niño aceptara la pérdida y recibiera el mandato de Dios con mucha fuerza. No había más que se pudiera hacer.                         La muerte de Wilmer había dejado una huella imborrable en la vida de Rigoberto, pero aunque le extrañaba mucho, el paso del señor tiempo lograba que el jovencito continuara la vida con el ahínco del niño de la historia que aquella noche en el hospital le contara su padre. El recuerdo de su amigo era, al igual que su  padre, el arma más fuerte para seguir el camino.      Su vida continuaba como la de muchos otros jóvenes. Se sucedía el tiempo, Herminia se tornaba cada vez más cariñosa con él, al tío Lázaro, las pocas veces que le veía cuando iban para su casa, era también muy cariñoso. Todos en la casa le querían en extremo, hasta le habían decorado una habitación  muy bonita solo para él para que pernoctara en ella cada vez que quisiera.      Habían pasado varios años desde que Rigoberto perdió a su amigo y el recuerdo aún persistía, tanto que  muchas veces frecuentaba los mismos sitios que otrora frecuentaban. Las calles del barrio que recorrían a toda velocidad con sus carritos una y otra vez hasta el cansancio o hasta que sus padres le permitían cuando este no llegaba. Subía solo los espaciosos medanales justo en el mismo sitio en que ayer lo hacía junto a él. La placita, el gran árbol hasta donde más nunca subió, todos esos sitios eran para él, sagrados a sus recuerdos.       Tenía doce años, aunque aparentaba más debido a su estatura y  a su manera tan lista de actuar ante cualquier situación  que se le presentara. Era tan alto como su padre, una hermosura comenzaba a resaltar en el jovencito que ya pronto sería un apuesto hombre. Una melodiosa voz era deliciosamente expresada, un tono que aún no era transformado hormonalmente.       No faltó mucho tiempo para que comenzara  a descubrir muchos  cambios en su cuerpo. Alarmado le contó a su padre, y éste le recordó lo que en muchas oportunidades  ya habían conversado largamente.      Su voz repentinamente se transformó a un tono muy grave con varias imperfecciones cada vez que la emitía. Su crecimiento repentino hizo que mucha de sus ropas  no ajustara a su cuerpo teniendo que ser sustituidas por otras tantas. Sus genitales crecieron y sobre el pubis se desarrollo un menudo grupo de pelos que hacía sentir ególatra al efebo, procurando que desde ahora nunca nadie le sorprendiera desnudo. De sus rudimentarios senos brotaron dos pequeñas prominencias que eran dolorosas al tacto.      Eran largas las horas que transcurría frente al espejo. Su imagen ahora le ocasionaba una inmensa preocupación y evitaba que se le olvidara lo que antes: La colonia, el pañuelo perfectamente doblado y empapado en ella, su cartera, y sobre todo le dedicaba toda la atención del mundo a su bien cuidado cabello.      Cursaba ahora octavo grado de educación básica y ya le atraían algunas de sus compañeras de clase. Pasaba mucho tiempo dedicado a su atención personal, estudiaba mucho y le atraían las ciencias naturales como la biología, la anatomía, la fisiología, que delataba desde ya su vocación, además de gustarle la lectura como a su padre, pues ya había devorado varias novelas de afamados escritores, María de Isaacs era una de sus favoritas. Era bueno en todas las asignaturas, pues siempre obtenía excelentes calificaciones.      En una de sus clases de literatura la profesora había asignado la realización de una composición poética que escogieran de cualquier autor. El leyó una muy hermosa que escribiera su padre y con sobrado orgullo lo dijo. En efecto, era un poema dedicado a un amigo haciendo Andrés Eloy alusión a Wilmer en ella como homenaje póstumo. El joven lloró al realizar la lectura.      Demostraba Rigoberto  su gran apego a ese triste pasado que le robó a su amigo y que le inspiraba la tristeza, la melancolía y el gran pesar que dejaban plasmado su padre en ese poema, que si bien no era muy artístico, poseía una gran condición humana del amor y de la amistad.      En clase, a todos les gustó la composición que leyó Rigoberto y le produjo una buena calificación. Andrés Eloy demostraba un gran orgullo por su hijo, de igual manera sus tíos ya que veían en él al hijo que nunca llegó. En sus momentos libres, que aunque no eran muchos, trataba de compartirlos con sus tíos por los que también sentía una enorme simpatía y un gran amor. Herminia había sido la figura materna que siempre sintió, la que le acompañó en las  largas noches de fiebre, cuando de pequeño padecía ya sea sarampión o cualquier otra eruptiva de la infancia.      Herminia derramaba su dulzura en Rigoberto en todo momento y cada instante  que pasaba a su lado eran momentos gratos, llenos de ternura, el niño que nunca tuvo, el hijo que siempre soñó y que la vida le había negado. Se había sentido terriblemente mal cuando supo la noticia de la muerte del amigo de su sobrino y no podía evitar el desprecio que le hizo el día de la fiesta de cumpleaños.           Convocaban a una reunión, ya que había concluido uno de los trimestres en que se divide el año escolar y había de informar a  padres y representantes de las calificaciones obtenidas por los alumnos. Para las diez de la mañana estaba pautada la reunión y Andrés Eloy ya estaba allí a las nueve y treinta, la puntualidad era una de sus tantas virtudes.      Como siempre, a las diez y treinta dio inicio la asamblea y después de firmar el registro de asistencia, el profesor guía anunció los puntos a tratar. Era un hombre de unos cincuenta años, especialista en biología y química. Su piel lucía un bronceado reciente, debió estar expuesto a un fuerte sol de playa, de seguro. Sus canos cabellos eran abundantes, y una nariz aguileña sobre sus abundantes bigotes, le hacían muy particular.      A la hora de declarar las notas fueron mencionados los nombres de tres alumnos que habían sido los más destacados, entre ellos figuraba el nombre de Rigoberto Palacios.      Andrés Eloy y los demás tomaron asiento en la primera fila a donde habían sido llamados. El profesor dirigiéndose a todos expresó: _ Y bien señoras y señores, han sido tres los alumnos más destacados, repito, tres. Hay algunos que también salieron bien pero sus notas deben mejorar. Debo decirles que este año, la comunidad  educativa va a sortear tres becas entre los mejores promedios. Es una beca directa desde el Ministerio, que les será otorgada hasta que terminen su educación universitaria, ojalá se las ganen ustedes. Bueno no me queda más que felicitarles y que sigan así.     Cuando Andrés Eloy llegó a casa Rigoberto le esperaba escuchando música romántica mientras miraba  una revista ilustrada donde aparecían varios grupos musicales y las letras de varias canciones de las cuales una de ellas era la que se dejaba escuchar a todo volumen. La habitación estaba toda desarreglada, la cesta de la ropa sucia estaba completamente vacía mientras que en derredor había ropas sucias  en todas direcciones. Los juguetes estaban tirados por todas partes, mientras que sus originales sitios estaban desolados. Así es la habitación de un adolescente. Andrés Eloy llegó a la habitación suponiendo que estaba en ella, Rigoberto, sin haberse percatado de la presencia de su padre, continuó escuchando música como si nada, éste le bajó el volumen al equipo de sonido dándose cuenta ahora Rigoberto de la presencia de su padre. _ Que pasó, ¿Porque lo apagas? _ Eso estaba muy alto hijo, demasiado ruido te hace daño, además es muy peligroso. _ ¿Peligroso? ¿Y por que? _ ¿Por qué? ¿Me preguntas por que? ¿No te das cuenta la cantidad de ruido te tuve que haber hecho desde que llegué? Abrí las rejas que siempre suenan, después la puerta de la sala que también hizo ruido al cerrarla, estuve llamándote cuando no te vi en la sala, llegué a este cuarto, te llamé varias veces y ni siquiera lo notaste. _  ¿Y por eso es peligroso? _ Por mi no, pero si se trata por ejemplo de un ladrón o que sé yo. _ Bueno papá, si es verdad, fue que no me di cuenta que habías llegado. _ Está bien hijo, pero la próxima vez no le pongas mucho volumen. _ Si papá, te lo prometo. _ Bueno, lo que te quiero decir es otra cosa. _ ¿Que papá? _ Que te felicito. _  ¿Por qué? _ Por que sacaste muy buenas notas, vas excelente, me siento muy orgulloso de ti. _ Papá tú me ayudas mucho, por eso salgo bien. _ Bueno, para recompensarte te voy a llevar a un parque de diversiones que instalaron hace poco. Esta tarde te arreglas que nos vamos a divertir de lo lindo.      Sonaban a bajo volumen ahora, las suaves y melodiosas notas de “Como poder curar a un corazón herido” que pusieron muy de moda un excelente grupo musical hacía varias décadas y la cual su padre en su juventud hubo de escuchar y cantar en varias oportunidades.      Culminaba la tarde, cuando después de preparar entre ambos, muy felices, una rica cena, estaban rumbo al parque de atracciones que se había instalado en la ciudad desde hacía varios días. Quedaba en el corazón mismo de la ciudad colonial, en medio de una de sus principales avenidas. No era muy grande pero como sitio de recreo  era estupendo. El carrusel, donde varios felices niños imaginaban divertidas aventuras era el primero en activarse. Varios juegos viraban al ritmo de lindas melodías: Los paticos, los avioncitos, las sillas voladoras, entre otros.      Para adolescentes como Rigoberto  disponían de un sin fin de divertidos aparatos mecánicos, pero los que más le gustaban eran los carritos chocones y el gusano. Mientras el niño agotaba una larga tira de boletos que para él su padre había comprado, éste se entretenía caminando, mirando a los otros niños y recordaba cuando su hijo era solo un bebé. De vez en cuando apostaba a algún juego de azar, no obteniendo premio alguno.        Se hizo de  varios aros, los que arrojaba a unas botellas que estaban dentro de un círculo dibujado con pintura. En ellas, varios billetes estaban atados con un delgado hilillo, como premio a quien osara acertar un aro en alguna de las botellas. Por supuesto, Andrés Eloy no acertó en ninguna. Cansado del juego, que no era precisamente su fuerte, se acercó a los carritos chocones, donde su hijo se divertía grandemente. Compartía con un grupo de niños que en ese momento se habían transformado en torpes choferes, y entre sí, colisionaban sin cesar. Realmente esta era la finalidad del juego. Después de varios choques, de tanto tambalearse en su auto, decidió probar otro juego, por lo que se dirigió al ”Gusano” que seguía un camino de altos y bajos. Era como una  pequeña montaña Rusa, y era también una de sus diversiones preferidas de aquel paraíso que significaba el parque de atracciones mecánicas. Las sillas voladoras no le gustaban, le parecían en exceso, peligrosas, por lo que las ignoraba. Llegó el momento de instalarse en la rueda de la fortuna, o el viaje a la luna, como también se le conocía, y en donde había una larga hilera de personas aspirantes de abordar aquel divertido paseo. En esos menesteres descubrió a la jovencita que compartía sus clases y que le llamaba poderosamente la atención, en compañía de otras chicas de más o menos su edad, quienes celebraban con carcajadas sus ocurrencias. Desde que la había mirado por primera vez, el joven galán soñó con estar a su lado para siempre. Cada noche, en la soledad de su aposento, cobijado en la tibies de su cama, repetía hasta quedarse dormido, mil maneras de declararle su admiración y su inmortal amor; pero una timidez desmedida le cohibía a dar ese gran paso.             Ella era muy delgada, pero por ello no dejaba de tener unas recientes curvas femeninas que sobresaltaban del ceñido vestido que lucía de un color rojo intenso. Su blanca piel hacía resaltar el color de su vestimenta. Los ondulados cabellos negros retozaban al aire, siendo acomodados insistentemente a los lados, para instantes después volver a vibrar al viento. Sus mejillas rosadas denunciaban su reciente exposición a los rayos del astro rey. Ojos verdes como el agua que refleja el verdor de la naturaleza y una angelical cara, la hacían lucir majestuosamente bella. Sus compañeras eran, en cierto grado, muy lindas también, pero era ese angelito embajador de lo celestial, la que completaba la iluminada noche dueña de la luna y las estrellas, con esa expresión que la vida asoma en una mujer bonita. Al descubrirlo en la intensidad de aquella noche superpoblada de adolescentes, ella se apartó un poco de sus compañeras como haciendo una insinuación al galán que también le encantaba. Tímidamente se le acercó y a pesar de la protesta de las personas que se encontraban aguardando el puesto para la compra de los boletos, se quedó a su lado platicando de temas diversos. De inmediato comenzaron un intenso coqueteo, hasta llegar al tema que les interesaba. _ No me imaginé que estuvieras aquí. - Decía Rigoberto evadiendo de esa forma la plática sobre las clases que forzosamente debieron iniciar para poder colarse en ese sitio. _ Que sorpresa verte Rigo. ¿Con quién andas? _ Con mi papá, que está por allí. _ ¿Tienes rato por aquí? – Volvió a indagar María Antonia. _ Bueno, como desde las siete. – Mirando a su hermoso reloj. _ Yo llegué hace poco. ¡Ah! Mira Rigo, ellas son unas amigas. _ ¿De manera que tú eres el famoso Rigoberto? – Decía imprudentemente una de las chicas mientras acercaba su mano a la del joven para darse a conocer. María Antonia no hace más que hablar de ti.        De inmediato, un marcado rubor se dibujó en el rostro de la joven, al igual que en el de Rigoberto. _ Bueno, tan famoso no creo, pero muchísimo gusto.      Y de esa forma fue estrechando la mano de cada una hasta conocerlas a todas. Una a una decía algo de la pareja, como para ayudar un poco en la materialización de un hecho que ya era evidente e inevitable.       Ambos chicos sentían una fuerte atracción el uno por el otro; pero no era sino hasta esa perfecta noche, cuando se daría el inicio a “un gran amor”. Era uno de esos amores que se siente cuando, a los doce años, se enamora uno hasta de las profesoras, de la compañera bien proporcionada de la cual todos los muchachos de curso también están de igual modo, enamorados.        Le sucedía al muchacho, lo que en la adolescencia era muy normal, estaba inmensamente atraído por María Antonia y ella estaba locamente enamorada de él. Nunca se habían sentido tan alegres en la vida como cuando les llegó el momento de subir a la rueda de la fortuna. Toda vez que sentía Rigoberto que llegaba el momento propicio de estar a solas con la chica de sus sueños y declararle su amor; evadían a su vez, a los pícaros comentarios de las compañeras de la chica que les intimidaban. _ Tu primero.- Expresaba cortésmente el joven galán. _ Gracias. – Solo atinó a decir la bella chica.        Posteriormente se dejo sentir, un largo silencio y únicamente las miradas hablaban el lenguaje mudo que siempre expresan los ojos cuando faltan las palabras, o cuando no son necesarias. Yraida, al notar las miradas de los chicos cuando se instalaban en el paseo, comenzó una broma. _ ¡María Antonia esta enamorada, María Antonia está enamorada!- Cantaba bromeando la chica  de color a lo que María Antonia un poco molesta agregó. _ ¿Es que ahora no se puede charlar con un amigo?             La respuesta no la alcanzó a escuchar, ya que al estar instalados en la rueda de la fortuna, ésta se movió para permitirle a la siguiente pareja, abordar. _ Amigo es el ratón del queso. – expresó un señor que casualmente había presenciado el juego de los muchachos. Y celebraba entre risas la broma. La mente del joven comenzó a dar mil vueltas en busca de una propicia palabra con la cual comenzar la tertulia. Quería impresionarla y a la vez declararle lo que por ella sentía. Ella sólo le miraba con una mirada que a él le gustaba en demasía, y a la vez le sonreía tímidamente, mostrando unos blancos dientes que asomaban por entre los rojos labios que brillaban a la luz de la luna llena de aquella mágica noche. Rigoberto reconocía una vez más que aquella belleza que estaba a su lado, le gustaba como mujer. Era deseo, deseo de estar cerca de ella para tocar su rostro, sus cabellos que retozaban al viento y mirar detenidamente sus ojos. Deseos de pensar todas las noches en ella y revivir a cada instante lo que vivieran en el día, en los momentos bellos que pasaran uno al lado del otro. Cuando en el liceo sus miradas se intercambiaban, en ellas se decían mil cosas. Cuando escuchaban sus nombres durante las clases, se estremecían y allí estaban esa noche que les cobijaba románticamente. Ambos sentían una intensa emoción cuando llegaba la mañana del lunes, pues se iniciaba una semana en la que se mirarían una vez más, y se aterraban cuando aparecía el viernes, ya que se acercaba un eterno fin de semana en la que no se sentirían, en las que sus miradas no se encontrarían serenamente para expresar lo que sus corazones querían manifestar. Pero hasta esa noche, no dejaba de ser solo eso, solo miradas tenues que dejaban escapar un repertorio de amor que sentía el uno por el otro. Hasta que se materializó la fantasía en brazos de aquella noche bañada de la gélida brisa que hacía llegar el clima. Eran dos adolescentes sentados uno al lado del otro, eso bastaba para ser feliz. Que hermoso es cuando nos enamoramos por vez primera y sentimos también por primera vez, que alguien que no sea papá o mamá, se interese por nosotros. Ese alguien que llega fortuitamente y que se queda para siempre en nuestros recuerdos, y  nos damos cuenta, ya de adultos, que siempre le recordamos, de alguna manera, pero siempre se llevará en algún sitio especial, por ser el primer amor. Es ese primer amor, el infantil, cuando nuestros sentimientos son inocentemente puros de toda hipocresía, de cualquier engaño, de estar y no estar a la vez. Un amor que no ve más allá de lo que debe mirar y como no lo practica, ignora lo impuro. Que hermoso se recuerda a ese primer beso, a la primera vez que nos sentimos importantes para esa persona que nos gusta. Es un recuerdo bonito, tal vez ya sin ese amor que algún día, en la añoranza de la juventud tan tierna, sentimos. Es que a esa edad, el amor no se comprende tal cual es, eterno y hermoso, lo que nos hace vivir todos nuestros sueños, en fin, lo que nos hace inmensurablemente felices; pero que cuando se aleja, nos hace sufrir como nunca lo imaginamos. Es ese primer amor, el que nos conduce a pensar casi siempre, en esa persona, a no hablar más que de ella, y cuando la noche nos cubre con su terso manto, los brazos de Morfeo no nos abriga como antes, no, se apodera el insomnio de nosotros, y en medio de él, la aventura vivida es nuevamente sentida en nuestros pensamientos.
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