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La prometida usurpadora

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multimillonario
venganza
prohibido
love-triangle
matrimonio bajo contrato
familia
HE
escapar mientras embarazada
arranged marriage
heroína genial
drama
sweet
sin pareja
pelea
brillante
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Oficina/lugar de trabajo
sassy
love at the first sight
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intro-logo
Descripción

Eric Barnes es joven, millonario, y alérgico al compromiso. Pero cuando su padre lo amenaza con desheredarlo si no se casa en dos meses, tiene que elegir: firmar un contrato de matrimonio… o ver cómo su imperio desaparece.

Lo que no esperaba era que su única "solución" viniera con doble riesgo: Clara, la camarera que lo trata como basura, y Nina, su mejor amiga secreta y enamorada de él desde siempre. Entre una mentira que se le va de las manos, una mujer que no se deja dominar, y otra que idealiza al hombre que no existe, Eric se verá atrapado en su propio juego.

Pero eso no es todo.

Su ex, la que desapareció con un embarazo y un escándalo, está de vuelta.

Y esta vez, no viene sola.

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Te tienes que casar
ERIC Mi padre me salió con otra de sus charlas absurdas. —Mira, hijo... tu ya estás por pisar la etapa mejor de la vida y yo estoy mas de allá que de acá. No me voy a volver más joven, y tu tampoco. Tienes que empezar a meterle a otras cosas además del trabajo —dijo con ese tono que usa cuando quiere hacerse el sabio. Por poco me muero de risa. —¿Y con "otras cosas" te refieres a mujeres, no? —le dije con sarcasmo. Se rió. Se le hicieron esas arruguitas al costado de los ojos que lo hacen ver más viejo de lo que está. Se recostó todo cómodo en ese sillón de cuero carísimo y movió su vaso vacío con hielo para que la empleada le trajera otro trago. —Quiero lo mejor para ti, hijo. Nada más —dijo. La chica no tardó en entrar y le sirvió un chorrito. Pero él levantó la ceja y ella, sin chistar, le llenó el vaso hasta el tope. Hizo una especie de reverencia y salió, cerrando la puerta detrás. —No te tienes que meter en mi vida. Yo estoy bien así, libre, con un par de novias y sin drama. Las mujeres lo único que quieren es dinero y fama. ¿No eras tu el que decía eso cuando mamá se fue? Mi mamá me dejó tirado a los seis años, justo cuando la empresa de mi padre estaba en la cima. Se escapó con un delincuente que encima la dejó embarazada. Desde ahí, mi padre quedó quemado con las mujeres. Siempre repite que se casan por interés y después te clavan el puñal. —Sabes que eso lo dije por tu madre. Estaba muy mal. La quería. Pero no todas las mujeres son así. Algún día vas a encontrar a alguien que se merezca llevar el apellido Barnes —dijo con resignación. Asentí solo para que me dejara de molestar. —Sí, algún día... pero hoy no. —Miré el reloj y fruncí el ceño—. Me tengo que ir. Tengo una reunión con un cliente. —No tan rápido. Ya es tarde. Posterga eso. —Hizo un gesto con la mano para que me volviera a sentar y ahí supe que se venía algo. Le reconocí esa cara. Me pasé la mano por la cara y me apreté el puente de la nariz. Sentía la jaqueca apretándome entre los ojos. —Ya hablamos, padre. Me tengo que ir. —Te doy dos meses como máximo y mira que soy generoso, te deberia de dar solo una semana. —¿Dos meses para qué? —pregunté, aunque ya me imaginaba la respuesta. —Para que te comprometas. Ni un día más, ni uno menos —Sentenció, con los labios fruncidos. —¿Y si no? —lo reté. —O te olvidas para siempre de Industrias Barnes —suspiró como si le doliera hasta el alma decirlo. —¿Pero qué carajo, papá? ¿Esto es un chiste? —me llevé las manos al pelo, ya con el pánico pintado en la cara. Pero lo conocía bien. —. Y si me caso, ¿eso es todo? Respiró hondo. —Si te casas, renuncio como director general y te dejo todo. La empresa pasa a ser tuya. Al final, es mi legado. Pero si te casas, te la entrego. Mi empresa. La misma por la que vengo rompiéndome el lomo hace años. Vale miles de millones y tiene respaldo del Gobierno. Me estaba dando todo... si firmaba el maldito papel del matrimonio. Me paré de golpe y agarré el maletín. —Nos vemos —gruñí entre dientes y me fui. —¡Ya sabes, hijo! —me gritó. Y lo último que escuché fue el sonido de su trago y su voz apagada murmurando: —Espero buenas noticias. * La música me retumbaba en los huesos. Me abrí paso entre un montón de cuerpos sudados, todos apretujados y pegoteados, mientras el alcohol ya me tenía medio ciego y con el cuerpo en llamas. Alguien se me pegó de repente. —¿Bailas, bombón? —me susurró una mujer al oído. Creo que podría ser mi esposa, pensé. Seguro que aceptaría. Pero yo no me engancho con mujeres de segunda. No es mi estilo. La quité de encima y seguí tambaleando entre las luces que parpadeaban. Necesitaba otro trago. Justo cuando me estaba por dar vuelta, la vi. Una ex. Tenía los brazos alrededor de un tipo y se moria de risa. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba al lado de ella, lo había corrido y le estampé un beso. Me sabía a alcohol. Me separé al instante, y me limpié la boca con la manga de la camisa. —¿Qué pasa, amorcito? —me volvió a hablar, todo sensual. Y ahí fue cuando empecé a verla doble. Parpadeé fuerte y se volvió una sola. ¿En serio acababa de besarla? Me fui alejando despacio y me fui directo a la barra del fondo. Ahí la música no sonaba tan fuerte. Me tropecé dos veces, pero no caí. Detrás de la barra, una mujer limpiaba un vaso con un trapo. Tenía una mirada serena, casi harta. —Tráeme lo más fuerte que tengas —le dije arrastrando las palabras. Ella levantó una ceja, dejando el vaso sobre la barra. —Creo que ya estás bastante borracho —me contestó. Tenía la voz gruesa, con carácter. Nada que ver con esas voces chillonas de las mujeres con las que suelo salir. Y eso la hacía mil veces más interesante. —¡Tráeme el maldito trago! —golpeé la barra con el puño. —Bueno, ya vuelvo —me dijo con calma. Agarró una botella de vidrio transparente, sirvió el vaso hasta el tope y me lo pasó frunciendo el ceño—. Toma. Ni pregunté. Me lo tomé de una. Me lo tomé tan rápido que ni lo saboreé. Dejé el vaso con un golpe seco y ella me lo llenó de nuevo sin decir palabra. Así estuve, tomándome como cinco seguidos. El dolor de cabeza se empezó a ir. La vista se me aclaró. Volvía a sentirme yo... con la única diferencia de que tenía esa sentencia dándome vueltas en la cabeza. —Estaba bueno. ¿Qué era? —le dije, señalando la botella que ya casi no tenía nada. Ella me miró como si fuera el más idiota del planeta. —Es mi bebida favorita. Cero alcohol, natural... y ayuda a bajar la borrachera —dijo pensativa—. Ah, sí. Se llama agua. ¿AGUA? Yo que había pedido algo fuerte. Me llevé las manos a la cabeza y me aflojé la corbata, sintiéndome el idiota del año. —Qué idiota que soy... —No te lo voy a discutir —contestó mientras lavaba el vaso y lo secaba otra vez. Su pulsera tintineó y me distrajo. La miré mejor. Estaba buena. Tenía el pelo n***o lacio, recogido en una coleta alta. Los ojos verde esmeralda. —¿Y tu cómo te llamas? —le pregunté, más curioso que borracho. Se quedó quieta un segundo. —¿Y por qué te interesa? —respondió. —Porque te lo estoy preguntando. Y espero que me contestes ya —le ordené, clavándole la mirada. A mí nadie me desafía. Ella tiró el trapo al hombro y dejó el vaso con fuerza sobre la barra. —Escúchame bien, egocéntrico de mierda. Que sea camarera no quiere decir que te puedes pasar de vivo. Te guste o no, yo decido si te digo mi nombre. Así que lárgate. —Oye, puede que estés harta de este trabajo miserable, pero yo no tengo la culpa—le dije, disfrutando verla tan sacada. Me encantaba ver cómo se le bajaba de a poco la rabia. —Puede ser. Pero ¿qué quieres que haga? Me pagan cinco dólares la hora. Las propinas son un chiste —resopló, dándome la espalda. Su pelo le caía hasta la cintura. Se giró de nuevo y me encaró. —Pero, ¿sabes qué? Eso ni siquiera es lo que más me molesta. —Me miró de arriba abajo—. Tu tampoco eres la gran cosa, señor trajeado. ¿Quién viene de gala a un bar? —Vengo directo del trabajo. —me reí sin ganas. —Y todo se fue al carajo cuando apareció mi padre. Me pasé la mano por el pelo y cerré los ojos. —Ayyy, pobrecito. El multimillonario llorando porque el papito le apareció con problemas —dijo, con sarcasmo, limpiando otra vez la barra. Levanté la cabeza y la miré serio. —No sabes nada de mí, camarera. —Clara —dijo, sin mirarme, limpiando justo frente a mí. —¿Tu nombre? —No, el de mi perro, idiota —me respondió con cara de enojo. —¿En serio? Me tiró otra vez los ojos al cielo. —No seas imbécil. Claro que es mi nombre. Clara. Me encantaba cómo sonaba. —Bueno, Clara —dije saboreándolo —, yo me llamo... —Eric Barnes. También conocido como el imbécil más grande del planeta —me interrumpió, y después me aplaudió despacito como si estuviera burlándose. —Y tu actúas como si fueras menos idiota que yo. —Puede ser —se encogió de hombros—. ¿Qué te hizo tu padre que te tiene así de mal? —Me dio una sentencia... —empecé, pero no terminé. ¿De verdad iba a contarle esto a una mujer que ni conocía? Igual... tampoco tenía a nadie más con quien hablar.

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