Propuesta de matrimonio

1761 Palabras
NINA El solazo que entraba por la ventana me pegó directo en la cara y me despertó antes de lo normal. Abrí los ojos a medias, tratando de enfocar con esa luz intensa dándome de lleno. Lo primero que vi fue una cama grandota de caoba, y luego unas ventanas gigantes que iban del piso al techo. ¿Dónde carajos estoy? Sentí algo pesado alrededor de mi cintura y me incorporé de golpe, haciendo que las sábanas blancas volaran. Fue ahí que lo vi: Eric, roncando. Estaba boca abajo, el brazo que antes me tenía atrapada ahora tirado en la cama, y esos ronquidos… santo Dios, podrían despertar a un muerto. Me quedé a dormir en su casa. Y Clara... ¡No puede ser! Seguro ya está despierta haciendo el desayuno y pensando que me secuestraron. ¡Eric no le escribió! Este imbécil se olvidó. Brinqué de la cama y corrí por el piso de madera buscando mi ropa como loca. Al final la encontré toda hecha bola bajo la cama. Me puse el vestido a la carrera, pero la cremallera se atoró con mi pelo. Jalé con fuerza para soltarlo y casi grito del dolor. —¿A dónde vas? —Su voz me paralizó. Se movió un poco en la cama, suspiró y luego se levantó, caminando lento hacia mí. —Yo... eh... me estaba yendo. Se nos olvidó avisarle a Clara. Debe estar en modo pánico —le dije en voz baja mientras él se acercaba por detrás y me abrazaba la cintura. No podía ignorar que estaba sin camiseta y que sus músculos me estaban pegando por la espalda. Su piel estaba fría y me dio escalofríos. —Le escribí cuando te quedaste dormida. Sabe lo que pasó —me dijo. —Menos mal. Ya me estaba imaginando lo peor —me recargué en él, dejándome envolver. —¿Y si... —me mordió la oreja— te das una ducha? —Sus labios bajaron hasta mi cuello. Me recorrió un escalofrío desde la nuca hasta los pies—. ¿Y bajamos a desayunar, va? —me besó suave en la curva del cuello. Me reí, rendida. —Va, no me quejo. ¿Qué te está cocinando tu empleada para el desayuno? —le pregunté con una sonrisa y le di un beso rápido en los labios. Se alejó un poco, respirando más fuerte. —No tengo cocinera. No me hace falta. Le levanté una ceja y sonreí. —¿A poco tú cocinas? —le puse las manos en el pecho. —Claro —me dio otro beso y me empujó suavemente hacia el baño. * Después de la ducha, me pasó ropa suya, toda enorme. Cerré la llave y salí de la ducha de cristal, envuelta en una toalla. Salí suspirando, me puse su ropa holgada y crucé su cuarto. Pero ni una sola foto. Ni un cuadrito. Todo impecable, pero frío. Mientras bajaba por una de las escaleras de caracol, me llegó el olor a hotcakes con arándanos y miel de maple. Casi lloro. Doblé en la esquina, bajé dos escalones más y... ¡Rayos! La cocina más grande que había visto en mi vida. Eric estaba ahí, sin camiseta y en pants flojos, sirviendo los hotcakes en dos platos. Me le acerqué despacito por detrás, le di un beso en la mejilla y agarré mi plato. Me imaginé que esperaba un beso y pues... se lo di. —Gracias, qué lindo eres —le dije con una sonrisa. Él me sonrió también y agarró su plato, caminando conmigo al desayunador. Los hotcakes... se deshacían en la boca. Eric terminó primero, me dio un beso en la mejilla y subió a bañarse y alistarse para el trabajo. * ERIC Hoy era el día. Iba a pedirle matrimonio a Nina. No por amor, sino porque el plan lo requería. Llevaba días armando todo: una gala enorme en mi mansión, con la crema y nata de la alta sociedad. Más de 300 invitados, todos seleccionados por mí. Incluso dejé que la prensa se enterara “por accidente”. Necesitábamos show. Cámaras. Titulares. Todo bien montado. Mandé hacer un anillo especialmente para ella. Oro puro, diamantes por todos lados. Valía más que una casa… pero para mi cuenta, era como dejar propina. Nina no tenía ni idea de lo que venía. Le conté que la fiesta era para celebrar un contrato millonario con una empresa top de Inglaterra. Y aunque todo esto era una jugada para quedarme con el control total de Industrias Barnes, necesitaba que ella se viera emocionada, bien real, frente a los paparazzis. Todo tenía que parecer romántico. Ella me había dicho que invitara a Clara a la gala. No lo pensé dos veces. La llamé, le mandé todo lo que necesitaba: vestido, zapatos, transporte. Todo a su medida. Clara era la que de verdad quería ver hoy. Su voz rasposa todavía me retumbaba en la cabeza, y esos ojos... mierda. Me traían mal. Elegir el vestido para Nina fue pan comido. El mejor que iba a usar en su vida. Y carísimo, claro. No escatimé. Había que aparentar. Me puse rápido una chaqueta. Frente al espejo, me peiné con gel ese cabello n***o que nunca se me desacomoda y me rasuré la barba. Todo impecable. Nina salió del baño ya lista. El vestido le quedaba de lujo, y los tacones estaban por ahí, tirados. Había contratado a una maquillista para que la dejara lista. Se me acercó sonriendo, moviendo las caderas, mostrando pierna con ese tajo en el vestido que gritaba provocación. —Toma —me dijo, agarrando la corbata blanca —. Déjame ayudarte con esto. Se acercó a mí y me amarró la corbata. Le di un beso a modo de gracias y me puse el reloj. —¿Amor? —¿Hmm? —respondí mientras me acomodaba por última vez frente al espejo. —¿Podrías ponérmelo? —me entregó el collar de perlas que le compré la semana pasada. —Claro —le aparté el cabello, le puse el collar y le di un beso en el cuello. Olía delicioso. —Te ves preciosa —le dije mientras mis manos rodeaban su cintura y nos mirábamos al espejo. Parecíamos una pareja perfecta. El empresario exitoso y su futura esposa. El timbre sonó y me volvió a la realidad. La gente ya estaba llegando. Por suerte, Ronald se encargaba de abrir. Unos segundos después, alguien tocó la puerta de la habitación. Con flojera me separé de Nina y fui a ver. Era una de las empleadas. Parada con cara de nervios. —Señor Barnes, todos los invitados ya están aquí. Siguen llegando más. Están bailando y esperando que bajen usted y la señorita Nina —dijo con tono formal. —Gracias, Juana. En unos minutos bajamos. Asegúrate de que haya suficiente picoteo y que nadie se quede sin champán —le dije, directo. —Por cierto, me llamo Mila —respondió, más coqueta de lo que me gustó, y se fue rápido. Ya era hora. El show iba a comenzar. * CLARA Esta casa era una maldita locura. Los techos tenían que medir como quince metros fácil, pero con esas columnas enormes parecía que estabas dentro de un museo romano. Me sentía como una extraña en una película de ricos. De pronto, se me acerca un mesero con chaleco n***o. —¿Gusta un cóctel, señorita? —me preguntó todo correcto. Me encogí de hombros y agarré uno. ¿Qué más da? Eric había contratado una banda en vivo que, hay que decirlo, sonaba hermoso. Nina había arreglado todo para que Eric me diera un poco de dinero y me comprara vestido nuevo y joyas. Y aunque se agradece, la verdad me chocó que fuera idea de ella. Yo puedo pagarme mi propio vestido y mis zapatos. Pero bueno, si ella quería ayudar, ni modo, yo no le iba a quitar su gusto. A fin de cuentas, siempre he estado para apoyarla. De repente, alguien me empujó y casi me voy de boca. —Mil disculpas, señorita —me dijo un tipo. Volteé y vi a un hombre. Rubio, guapísimo, con una mandíbula marcada. Traía del brazo a una pelirroja espectacular. Me parecia conocida la cara. ¡Obvio! Era Zoe Carter. Y él, Leo Graham. —No pasa nada —dije, tratando de sonar relajada mientras los miraba. —Creo que no nos conocemos —dijo él, tendiéndome la mano. Zoe también —. Soy Leo Graham y ella es Zoe Carter, mi prometida. Zoe me dio una sonrisa toda fingida, y después se limpió la mano en el vestido como si le hubiera pegado una enfermedad. Qué tipaza, ¿no? —Soy Clara Méndez. Amiga de Nina y Eric —les dije con una sonrisa más falsa que la suya. Leo me sonrió. —Ah, señorita Clara. Qué raro que Nina nunca me haya hablado de usted. Así que ya se conocían. Mira nada mas. Nina había estado muy callada últimamente sobre su vida. Pero ¿cómo mi mejor amiga de años me sacaba tan fácil de su mundo? Con todo lo que habíamos pasado juntas… Carraspeé. —Sí, qué raro. Supongo que está muy ocupada jugando a la celebridad como para presentarme. Pero te aseguro que es una buena amiga. Leo se rió. —Y tú eres graciosa también. ¿Qué no tienes tú? Estás guapísima, pareces súper lista y encima conoces a toda esta gente. Zoe tosió, claramente incómoda. —Lo que no tengo es un prometido. Ni siquiera he tenido novio. —¿En serio, Clara? ¿En qué cabeza cabe soltar eso? Buen trabajo, genia. Leo se rió, y Zoe también, aunque su risa era más falsa que nunca. —Fue un gusto hablar contigo, pero tenemos que seguir saludando —dijo Zoe, prácticamente jalando a Leo como si se lo fueran a robar. —¡Es CLA-RA! —les grité por detrás, aunque ya me ignoraban. Y justo en ese momento, todo se apagó. La música, las risas, todo. Las cabezas se giraron hacia la gran escalera de caracol doble, y ahí estaban ellos: Nina y Eric bajando como si fueran la realeza. Parecían hechos el uno para el otro. El vestido de Nina la hacía ver como una estrella, y Eric... bueno, ese tipo siempre ha sabido lucirse. Pero había algo raro en él. Su sonrisa no era real. Y entonces me miró. Fijo. Lento. Como si lo único que importara en esa sala llena de ricos y famosos... fuera yo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR