-̶¿Estás drogada otra vez? , me espeta. Su cara está llena de ira mientras me mira fijamente. —¿Qué? ¡No tengo ni idea de lo que estás hablando! —le refunfuñé—. Si lo tuviera, ¡no veo por qué es asunto tuyo! ¿No es eso lo que quieres? ¡Verme desmoronarme y suplicar piedad a tus pies porque eres un cabrón sádico! -No finjas que no te encanta estar de rodillas para mí, adorándome a mí y a mi polla como si fuéramos tu dios. Ahí es cuando tu coño está más húmedo, ¿verdad?, me gruñe. Miro hacia otro lado avergonzado porque, joder, el bastardo tiene razón. -¡Vete a la mierda! murmuro. -¿Por qué? ¿Porque no soportas la verdad en mis palabras, cariño?, pregunta, y como el traidor que es mi cuerpo, responde cuando me llama cariño. Suena bien viniendo de sus labios y odio admitirlo incluso ante

