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La viuda del clan

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los opuestos se atraen
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Descripción

Aiko Nakamura, a sus treinta años, es la implacable líder del clan Yakuza más poderoso de Japón, una mujer que ha dejado el amor atrás para proteger su legado y mantener el control férreo de un mundo dominado por hombres. Su vida se mueve entre la violencia, la estrategia y la soledad que su cargo exige.

Pero entonces llega él —el tigre blanco, un hombre oscuro y astuto, que ve en Aiko algo más que una líder: una fortaleza que desea conquistar y un poder que quiere controlar. Entre ellos surge una tensión eléctrica, donde el deseo y la desconfianza se entrelazan en un juego peligroso de poder y pasión.

En las sombras, Reina Sato acecha, la esposa olvidada y madre de un heredero secreto, que busca desestabilizar todo para reclamar lo que cree suyo. Su astucia y manipulación abren grietas que ni Aiko ni el jefe están preparados para enfrentar.

En este triángulo mortal, donde el amor se vuelve arma y la lealtad un campo de batalla, solo uno podrá emerger victorioso.

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La viuda de sangre.
(Narrado por Aiko) El incienso arde lento, como si supiera que no quiero que este día termine. No porque lo extrañe. Sino porque después de esto… ya no hay excusas. Estoy frente al altar. Rodeada de flores blancas y madera vieja. El humo me acaricia la cara como una mano sin cuerpo. Dicen que las almas viajan a través del aroma, que si ardes incienso, ellos te escuchan. Pero Hiroshi no me está escuchando. Él nunca lo hizo. Mi kimono es n***o. Tradicional. Cerrado hasta el cuello. El mundo espera que llore, que tiemble, que me quiebre. No saben que ya lo hice. En el silencio. En cada noche donde fingí no escuchar los susurros de sus amantes en la otra habitación. En cada ocasión donde su voz me cortó más que cualquier cuchilla. Estoy vacía desde antes de que muriera. Ahora solo me siento… libre. Envenenadamente libre a mis 30 años. Giro el rostro apenas y los veo: los hombres del clan. De n***o, impecables, disciplinados. Algunos con tatuajes que asoman bajo el cuello. Otros con las manos en puño. Y todos preguntándose lo mismo. ¿Quién va a tomar el trono? Uno de ellos —Kenji— está especialmente ansioso. Es como un perro oliendo carne tibia. Cree que el cadáver de mi esposo le abre la puerta al poder. Pobre idiota. Me inclino. Toco el altar. La urna. Las cenizas. Su nombre ya no me quema la lengua. Solo la endurece. Coloco el incienso con cuidado. No tiemblo. No flaqueo. Aunque siento algo subir desde mis entrañas, como una tormenta atrapada en un frasco. No vas a ganar, Hiroshi. Ni siquiera después de muerto. Me levanto, me giro. Y hablo. —He cumplido con mi deber como esposa. Mi voz no tiembla. No lo permito. El silencio es tan pesado que siento las palabras caer como cuchillas al suelo. —Ahora cumpliré con el deber del nombre. Algunos parpadean. Kenji sonríe como quien ha escuchado un mal chiste. —Aiko-sama… —dice, demasiado suave para ser sincero—. Este no es momento para decisiones apresuradas. El clan necesita un líder fuerte. Un hombre. Con presencia. Camino hacia él. Paso a paso. No es el movimiento lo que los asusta. Es que yo nunca camino sin saber hacia dónde voy. —¿Presencia? —repito—. ¿Como la de alguien que se escondía detrás de Hiroshi cuando los cuchillos estaban en la mesa? Kenji se encoge un poco. Apenas. Pero lo suficiente para que los demás lo noten. Me detengo frente a él. Me quito el guante. El dedo anular falta. Un recuerdo permanente de una traición que no fue mía, pero que pagué igual. —¿Sabes qué hace a un líder? —le digo en voz baja, para que todos escuchen—. No es el género. Ni el tatuaje. Es cuánto estás dispuesto a perder. Y yo ya perdí lo único que me quedaba. El miedo. Vuelvo la mirada al resto. —El Clan Nakamura sigue. No por legado. Sino porque yo lo decido. Y si alguien se interpone… Los entierros no me son ajenos. Silencio. Solo el sonido del viento afuera. Uno de los hombres más antiguos se inclina. Luego otro. Kenji no se mueve. Pero no dice nada más. Ya no necesita hacerlo. Perdió. Yo… gané. Pero no siento triunfo. Siento algo peor. Vacío. Cuando la ceremonia termina, camino sola. Los pétalos de cerezo caen como nieve sucia sobre el sendero. A lo lejos, oigo un susurro. No es real. Pero tampoco es completamente imaginario. “Nunca serás más que lo que yo te permita ser.” Era la voz de Hiroshi. Siempre tan elegante. Tan cruel. Me detengo. Miro al cielo nublado. Y dejo que el viento me golpee el rostro. “Eso fue antes.” Ahora soy yo quien dicta las reglas. Ahora soy la mujer que sobrevive al amor. Que hace pactos con la muerte. Que liderará un imperio de sangre. Y lo hará sola. "Ahora soy el arma. Y esta vez… la apunto yo" Las flores llegaron sin aviso. Lilas blancas. Silencio disfrazado de elegancia. Veneno con forma de aroma. El mayordomo las dejó sobre la mesa baja, junto al té que no pienso tocar. En la tarjeta, solo tres palabras escritas a mano: “Mi respeto, Aiko.” No firma. No necesita hacerlo. Solo un hombre en Osaka tiene el descaro de enviarme flores tres días después de enterrar a mi esposo. Ryu Shirotora. El Tigre Blanco. Líder del clan Shirokai, enemigo jurado de los Nakamura. Y el hombre más peligroso que aún respira en este maldito país. Podría romper la tarjeta. Podría tirarlas. Pero no. Las lilas no son casuales. Simbolizan el primer amor. Él lo sabe. Yo también. Hijo de puta poético. No han pasado ni cuatro días y ya empieza el juego. Cree que estoy débil. Que estoy sola. Que voy a negociar. Y lo peor es que… tiene razón en algo. Estoy sola. Pero eso no significa que esté disponible. Lo veo por primera vez en tres años esa misma noche. Un encuentro formal. Pactado a través de los canales tradicionales. Un restaurante privado en el distrito de Dōtonbori. Una sala con paredes de papel de arroz, puertas correderas y el silencio de los lugares donde se ha derramado sangre antes. Él ya está sentado cuando entro. Vestido de gris oscuro. Cabello suelto, ligeramente mojado. Cigarro apagado entre los dedos. Mirada de animal paciente. —Aiko —dice mi nombre como si probara un vino añejo. Me inclino solo lo justo. Él sonríe. Odio que lo haga. Porque su sonrisa no es cordial. Es territorial. —Gracias por recibir mis condolencias —añade. —No podía rechazar la cortesía de un enemigo tan… elegante —respondo. Nos sentamos. Té. Silencio. Medidas estudiadas. Él me observa como si ya me hubiera probado antes. Como si supiera algo que yo olvidé. —Tu esposo fue un hombre fuerte —dice, al fin—. Pero cometió un error. —¿Sólo uno? —respondo, sin mirarlo. —Te subestimó. Un silencio. No sé si me acaba de halagar… o amenazar. —Yo no cometo ese tipo de errores, Aiko-san. —No los necesitas. Prefieres las grietas sutiles. Las alianzas disfrazadas de cortejo. Él ríe. Su voz es grave, cálida, casi… íntima. —Tal vez. Pero contigo... no sería solo una alianza. Sería una evolución. Lo miro. Directo. Firme. —Yo no me acuesto con depredadores. —¿No? —inclina la cabeza—. Pensé que ya eras uno. Sus palabras me rozan como una daga en el cuello. No duelen. Pero cortan. Y lo peor es que… algo en mí tiembla. Una parte que detesto. Que juré enterrar con Hiroshi. Mi deseo. No el deseo de ser tocada. Sino el de **ser vista**. Leída. Entendida. Y controlada. Porque Ryu me ve. Me ve con esa maldita calma de quien sabe que tiene tiempo. Que puede esperar. Que va a desgastar cada uno de mis muros con paciencia hasta que yo me rinda. Pero no hoy. Me levanto. —Gracias por el té. Y por las flores. —¿Te gustaron? —Son hermosas. Pero tú y yo sabemos que las flores se marchitan. Como las promesas. Como las lealtades. Como el deseo. Camino hacia la puerta. Antes de salir, escucho su voz detrás de mí: —No es deseo lo que quiero, Aiko. Es lo que despiertas cuando ya no queda nada. Cierro la puerta sin responder. Y por primera vez en días… siento calor bajo la piel. No es amor. Es peligro. Y a veces, el peligro se viste como seducción. "Si él cree que va a poseerme como hizo Hiroshi… entonces será el próximo en arder." 3 años atrás. La primera vez que deseé que Hiroshi muriera, fue un jueves. Había lluvia afuera. Su cigarro encendido. Y el perfume de otra mujer en su camisa. No dije nada. No podía. No era el momento. No era mi lugar. Nunca lo fue. Él se sentó frente a mí, en el comedor del penthouse. Tiró las llaves sobre la mesa como si el mundo le perteneciera. Como si yo fuera parte del mobiliario. Su silencio era más ruidoso que sus órdenes.

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