Lo miré directamente. —La visión no se comparte con cualquiera, señor Liang. Ni con quien viene ofreciendo matrimonio como si fuera un contrato comercial. Él sonrió, apenas. —Solo los sabios saben cuándo un contrato puede transformarse en una alianza… o en un destino. La tensión entre ambos fue cortada por la voz melodiosa de Dante Moretti. —Ah, ma che serata pesante… estamos hablando de poder cuando deberíamos brindar por la belleza de la estrategia. Se levantó, con ese aire teatral que solo los italianos dominan, y chasqueó los dedos. Un asistente se acercó con una pequeña caja envuelta en tela carmesí. —Signora Aiko —dijo, colocándola frente a mí con una reverencia exagerada—. Un modesto detalle. No una joya, no… algo que descubrí por casualidad en una subasta en Florencia. Lo m

