Me incliné hacia adelante también, con el mismo gesto tranquilo, dejando que nuestros rostros quedaran apenas a un palmo de distancia. —Tienes razón —susurré—. Hiroshi me dio un apellido. Pero tú, Reina… tú nunca has tenido un hombre que te dé ni respeto ni poder. Por eso los compras. O peor… los alquilas. Su respiración se agitó. Vi en sus ojos el brillo de la rabia contenida. —¿Crees que puedes insultarme solo porque ahora tienes la atención de unos extranjeros ingenuos? —escupió con una risa amarga—. Ellos se cansarán, Aiko. Todos lo hacen. —Tal vez —dije, volviendo a tomar mi té—. Pero a diferencia de ti, yo no tengo que buscar hombres peligrosos para hacer mi trabajo. Ni entregar mi cuerpo para que me tomen en cuenta. Reina se puso de pie, abruptamente. Su sombra cayó sobre la me

