Nunca había sentido algo así. Cada roce de Ryu sobre mi piel era un incendio que me consumía, y a pesar del miedo, del instinto que me pedía resistirme, me dejé llevar. Sus ojos recorrían mi cuerpo con hambre y adoración, deteniéndose en cada curva, en cada centímetro de piel que apenas estaba cubierta por mi kimono. La sensación de ser deseada así, de ser observada con esa intensidad, me hacía temblar y, al mismo tiempo, me excitaba más de lo que había imaginado. —Aiko… —susurró con voz ronca, casi un gemido—. Te deseo más de lo que puedo soportar. Mi respiración se aceleró. Lo deseaba tanto que cada pensamiento se desvaneció, dejando solo la sensación de su cuerpo contra el mío, su calor que me envolvía, su fuerza que me sostenía. Cuando nuestras bocas se encontraron otra vez, el mund

