1.2 Transición

2233 Palabras
Camila Me duché rápidamente y vestí mi pijama, dándole una última mirada a la ventana de mi habitación. Había dejado de dormir ahí, porque cada vez que abría los ojos, esperaba verlo aparecer y no soportaba el dolor de la decepción cuando la noche pasaba y David no estaba para mí. Miré el celular entre mis manos, cinco minutos para la medianoche, pero no quería pensar en que no me llamaría, así que sólo me dirigí al dormitorio contiguo, donde nada me lo recordaba y le di a llamar. —Lo siento —dijimos al mismo tiempo y reímos suavemente, pero mis ojos estaban llenos de lágrimas. —Soy un maldito egoísta, Cami —su voz quebrada traspasaba hasta el fondo de mi alma— me… molesta que llores por… —David, ya no importa, yo tampoco debí decirte eso y colgarte… tampoco debí llamarte en ese momento, bastante tienes con tus problemas, no tengo por qué atormentarte con… —Te amo —susurró y cerré los ojos acomodándome sobre la cama. —Demasiado y te necesito. —Hoy comí lasaña —exclamó riendo— no era tan deliciosa como la tuya, pero me trajo tantos recuerdos. —El próximo lunes tendré examen de matemáticas. —Podemos estudiar el sábado. — ¿En serio? —escurrí las lágrimas que comenzaban a asomarse. —Sí, estaré en casa de Máximo, podré darte toda la tarde si quieres, una larga video llamada. — ¿Puedes cantarme algo? —sonreí ante su suspiro y cerré los ojos disfrutando del sopor seguido al tarareo. El clima comenzó a cambiar, los días se sentían más fríos, pero aún no era tiempo de abrigos. Mi cumpleaños número dieciocho había pasado sin pena ni gloria, aunque Anabel había insistido en realizar alguna celebración, me negué rotundamente, sabía lo difícil que sería para David el imaginarme en una fiesta bailando con alguien más y mentirle no estaba en mis planes. Sí, fui feliz cuando llegó un paquete con una enorme caja de bombones, la edición de lujo de “La Princesa Mecánica”, adorando que se haya acordado del libro que mencioné alguna vez y una carta de su puño y letra, hablándome de todas las cosas que quisiera hacer conmigo en este día, riendo cuando la descripción se volvió algo picante, pero yo sabía que esa era la reacción que esperaba. Cuando Jeremy llegó a vivir a casa, al principio dudó en aceptar mi habitación, alegando que estaba acostumbrado a la que antes tenía, pero cuando vio mi rostro apenado, su sonrisa creció y asintió ligeramente. —Ayúdame a pegar mis poster —exclamó tomando mi mano— cuando Anabel llegue, va a querer cambiarlo todo y pretendo no dejarle opción. —No deberías hablar así de ella, es tu novia —tomé uno de sus bolsos y él una pesada caja de libros. —Novia o no, me saca de quicio la mayoría de las veces —bromeaba, lo sabía porque cuando trataba de no reírse sus ojos se arrugaban— dime una cosa ¿Debo esparcir agua bendita o algo así sobre la cama? —Si te refieres a qué hicimos con David en ella, no te preocupes, está inmaculada, aunque no tanto como la mantendrás tú. —Búrlate si quieres, no me molesta, estoy hecho a prueba de bromas, mis principios son sólidos como una roca —sacó un rollo de posters de la caja y comenzó a desplegarlos uno a uno, indicando el lugar en que los pegaría. —Llevan más de dos años juntos, no puedo creer que aún no suceda nada — le estiraba las tachuelas a medida que él me las pedía. —Cada cierto tiempo Anabel vuelve a ponerse en campaña y discutimos por eso, pero últimamente parece más tranquila —me observó con sus preciosos ojos claros y sacudió los rizos rubios de su cabeza— ¿Cuánto resistieron ustedes? —Querrás decir David, yo nunca me negué. —Eso no habla nada bien de una señorita —medio afirmó, medio bromeó. —Un poco más de dos meses, pero antes de eso ya… jugábamos un poco. —Los juegos son una bomba de tiempo, tentador, pero prefiero decir que no. —Jeeeeereeeee —sentimos el chillido de Anabel en el pasillo y nos miramos a los ojos sabiendo que debíamos cambiar de tema, apurándonos con el pegado— me alegro encontrarlos juntos, tengo algo que contarles —lo besó en los labios y se colgó de su brazo por un momento antes de negar con la cabeza al ver nuestra tarea— Sophia me ha contratado como su asistente personal. — ¿Por qué? —exclamé, notando como ella fruncía el ceño. —Tengo claro que estudiaré administración y no debo tener excelentes puntajes para postular, así que tengo mucho tiempo de sobra si no me dedico a estudiar tanto como ustedes, además, me servirá de práctica y para tener algo de dinero. —Es excelente, mi amor —la abrazó con fuerza, aunque yo sabía que él estaba tan sorprendido como yo, pero Jeremy siempre la apoyaría en todo. Hubo noches buenas y otras muy malas, en las que los sueños no me dejaban dormir, dando vueltas en la cama, tratando de encontrar la calma, que nunca aparecía. En una ocasión, el encierro se me hizo tan insoportable, que salí al pasillo a dar vueltas, frenando al sentir una sombra en la oscuridad. — ¿Cami? —cubrí mi boca para reprimir el gemido que luchaba por salir, pero calmándome al saber de quién se trataba. —Jere —sollocé dejando que sus brazos me envolvieran. —Todo estará bien —susurró en mi oído, acariciando mi pelo con la palma de su mano abierta— ¿Pasó algo? —Hoy es nuestro aniversario —sollocé. —No te saludó, quizás… —Sí, lo hizo, me llamó y envió un hermoso arreglo de flores Ikebana, como los que había en el Jardín de té, en San Francisco —tragué una gran bocanada de aire, porque lo había dicho todo muy rápido. — ¿Entonces? —Mi habitación huele a flores —volví a sollozar con más fuerza, como si eso lo explicara todo— no puedo dormir y… y… —Usa mi cama, yo me voy a la tuya —me apartó suavemente y enjugó mis lágrimas con las palmas de sus manos, yo sólo bajé el rostro, jugando con mis pulgares y comencé a hipar otra vez— Cami… —No quiero estar sola —no quería ver la expresión de su rostro y sabía que estaba siendo completamente irracional, pero es que realmente tenía tanto miedo de mis pesadillas. —Ay —apoyó su mentón en mi cabeza— no puedo evitar que tu dolor sea mi dolor, siento en mi esto que te pasa —suspiró— sólo no se lo digas a Anabel, ella no lo entendería. De alguna manera sabía que me arrepentiría de esto, sin embargo, me acomodé en mi lugar habitual, entre las sábanas y él parecía increíblemente nervioso, pero al final se acomodó bajo la gran colcha de plumas, por encima de las sábanas, mirándonos a los ojos por muchos minutos antes de tratar de conciliar el sueño. No necesitaba ser muy inteligente ni menos adivina para comprender cuáles eran las intenciones de Carlos, cualquiera pensaría que tenía una extraña fijación por los hombres mayores, o un imán, depende del punto de vista. Quizás más lo segundo, porque si bien él era para mí muy importante y adoraba verlo a diario, me reía tanto a su lado, como también me sentía protegida al saber que siempre estaría ahí, pasara lo que pasara, hiciera lo que hiciera. No sentía ni la décima parte de lo que David me provocaba, ni siquiera estaba cercano a la atracción que podía sentir por Erik si me lo propusiera. Aunque tuviésemos algún otro plan, siempre dejaba el tiempo para hablarme de David, recordando las cosas que hacían cuando eran amigos, antes de que yo fuese su novia y, aunque ante sus carcajadas sinceras ponía mi mejor cara de póker, sabía que todo eso me afectaba de alguna manera, porque las pesadillas se hacían más frecuentes, como también las visitas al dormitorio de Jeremy. No es que dejara de amarlo ni que comenzara a dudar, estaba segura de lo que sentía, pero no podía dejar de pensar que mi David, ese que yo conocía, el que velaba mi sueño, que me abrazaba con ternura, que me amaba de una manera salvaje, me llamaba cada noche hablándome hasta conciliar el sueño y diciéndome que me amaba mientras contaba los días para volver a verlo, el próximo once de noviembre, luego de seis meses de haberse marchado; ese era un ser ficticio, creado sólo para hacerme feliz. Porque el David del que alguna vez me previno Anabel, el que conocían la mayoría de las chicas en la universidad y, por lo tanto, del que me hablaba Carlos, ese era el hombre real, el que nunca se mostró y que hacía agua mis mejores intenciones de ser fuerte y continuar. Trataba de no llorar, otra vez, como cada noche, trataba de no pensar en nada malo, para que esta fuese una noche tranquila, porque ya me daba vergüenza tener que buscar la compañía de mi nuevo mejor amigo, pero fue Jeremy el que llegó a mi habitación esta vez, sentándose a los pies de la cama, mirando sus pies, buscando las palabras para contarme lo que yo ya sabía, había terminado con Anabel. —Si me ama como dice, debiese entender. —No la juzgues así, además, ese no es el motivo —dejé el cuaderno de biología a un lado y el celular sobre él mientras gateaba por la cama, abrazándolo por la espalda, sintiendo sus manos estrechar las mías sobre su pecho— ¿Por qué te molesta que trabaje? —La acompaño, cada vez que puedo, porque la extraño, ya casi nunca tiene tiempo para mí y… —Pero eso es muy distinto a la reacción que tuviste esta tarde —zarandearla frente a un cliente no era definitivamente la mejor manera de tocar el punto. —Me sobrepasó —me apartó suavemente, agarrándose el pelo entre los dedos— están preparando un cumpleaños y él la mira de “esa” manera… — ¿Qué manera? —Como si quisiera comérsela, ni siquiera yo me he permitido mirarla así alguna vez, es tan hermosa —suspiró— la extraño, en solo dos horas, ya la extraño. —Jeremy —traté de tomar su mano, pero él la apartó con rudeza. —Él le ofrecería todo lo que yo no puedo —exclamó apresurándose a salir del dormitorio. Las lágrimas aparecieron sin que las llamara, eran como rayos dolorosos que cruzaban mi pecho, “ofrecer lo que yo no puedo” y la frase daba vueltas y vueltas en mi cabeza, porque si David me dejaba, ¿Qué podía yo ofrecerle a alguien más? Ese era mi destino, permanecer sola y triste por el resto de la vida, esperando a que alguien viera esa luz en mí, esa que David vio al conocerme y que, para mi pesar, lentamente volvía a apagarse. Contesté sin pensar, movida por el deseo de oír su voz, olvidando que le haría mal escucharme llorar, trataba de convencerme que no tenía sentido tanta tristeza, seguramente ellos se reconciliarían, después de todo era sólo un mal entendido, pero yo no era capaz de darle mis verdaderos motivos, explicarle que estaba perdiendo la fe. Al final me recordó que sólo faltaba una semana, que nos veríamos al fin y entonces los sollozos se hicieron más suaves, hasta lograr sonreír. No habíamos vuelto a hablar, me quedaba junto al teléfono, esperando su llamada, pensando en llamarlo yo, pero es que podía estar interrumpiendo algo, quizás estaba demasiado ocupado en arreglar todo para poder venir, quizás… las posibilidades más horribles daban vueltas en mi cabeza, que junto con las historias cada vez más tórridas narradas por Carlos, hacían la combinación perfecta. Aun así, no dejaba de estar feliz, porque lo vería, en tan solo dos días, todo mi ser ardía en ansias de estar entre sus brazos, tocando su piel, sintiéndolo en mí. Por eso cuando Carlos vino a buscarme, encontré el ánimo para decirle que sí. Estaba tenso, sus dedos bailaban sobre el volante y las miradas que me dirigía apenas duraban segundos, pero preferí no preguntarle. Las calles se volvían más angostas, pequeñas casas de formas iguales, hasta detenerse en una particularmente descuidada. — ¿Tienes algo que hacer aquí? —Tenemos —me ayudó a bajar del auto y presioné su brazo con fuerza, de pronto estaba muy asustada— hay algo que debes saber, yo esperaba no tener que decírtelo, pero si nada más te ha abierto los ojos, es necesario —golpeó la puerta con los nudillos y me sentí tan pequeña junto a él. — ¿No puede ser en otro lugar? Todo aquí es tan… feo. —Vamos, Cami, es sólo una casa pobre, no todos tienen las posibilidades que tienes tú. —Bien, pero no nos quedemos mucho tiempo — levanté el mentón y respiré hondo, en el mismo momento en que la puerta se abría y, quien yo menos pensaba apareció frente a mí— Celine.
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