2. El Fin

4739 Palabras
Camila —Celine —susurré, o lo que quedaba de ella, estaba tan delgada y sus manos temblaban al llevarse un cigarro a la boca, la que un día fue tan atractiva, ya no existía ahí, vestía una bata negra, los pies descalzos y el pelo le había crecido, pero parecía no haberse bañado en días. —Pasen, no tenemos mucho tiempo, él puede llegar —su voz era aún más ronca de lo que recordaba, arrastró sus pies hasta un raído diván y se dejó caer en él. —Te pedí que siquiera te bañes —Carlos entró tras ella y yo dudé, mirando el interior desde ahí, él abría las ventanas y sacudió una silla esperando que me sentara, di dos pasos hacia el interior, pero permanecí de pie— puedes comenzar —ella nos miró alternadamente, como si no supiese qué decir y luego suspiró. —Lo que me prometiste —extendió su palma, mostrando los dedos amarillos. —Ojalá te duren —le pasó una bolsa y ella comprobó sonriendo, abriendo rápidamente el cartón para sacar una cajetilla de Lucky. —Gracias —encendió uno de ellos con las brasas del que tenía en la boca y dio una fuerte chupada— delicioso, esas mierdas que fuma Marco son asquerosas. —Comienza de una vez, tú misma dijiste que estaba por llegar. —Bien —me miró a los ojos— ¿Cómo está él? —me levanté de hombros, tratando de entender qué hacía en este lugar con esa mujer que había drogado a mi novio para hacerme creer que se habían acostado— entiendo que no me estimes, yo les hice daño. —Estoy perdiendo la paciencia —murmuré, disipando toda la timidez y el temor de un principio, ella no era nadie, más bien, nada, no podía sentirme amenazada por ese despojo humano. —Dave y yo éramos más que un atracón, sin embargo, él no quiere reconocerlo —bajó la mirada, como si quisiera ocultar su tristeza, aunque no dejaba de pensar que su intención era buscar la expresión perfecta para doblegarme, pero dos ojos oscuros, llenos de odio, se clavaron en mí— ¿Alguna vez te habló de nosotros? ¿Nosotros? La sola mención de esa palabra provocó una presión en mi pecho y luché con todas mis fuerzas porque el dolor que estaba sintiendo no se reflejara en mi expresión, ella era el enemigo, debía saber mantenerme firme. Pero es que antiguos recuerdos pasaban frente a mis ojos, recuerdos que son borrosos y casi olvidados, Anabel, sentada sobre mi cama, cuando apenas tenía catorce años “…David con una amiga de ella, creo que se llama… Celine, iban a salir a una fiesta, los vi besándose en el sofá” tengo patente la sensación de los celos corroyéndome, yo quería ser ella, más que cualquier cosa, habían pasado pocos meses de que lo había conocido y él era mi mayor obsesión “¿Es su novia?” fue lo único que pude pronunciar, tratando de ser indiferente “No lo sé, pero ¿Por qué más la besaría de ese modo?” ¿Por qué más la besaría de ese modo? Y me sentí como una tonta, porque el día en que la conocimos, en el departamento de Etienne, yo sentí la tensión de sus músculos al verla y creí cuando me dijo que era una vieja historia, con una loca, el peor error de su vida y sus palabras podían tener muchas interpretaciones, pero claramente daba a entender que no tenía importancia y yo decidí creer eso, tal como decidí creer que él no me engañó esa noche, pero ahora, sabiendo del antiguo David, ese de las historias de Carlos ¿Podía seguir engañándome? Diciéndome que el amor bastaba, más bien, que lo amaba tanto, de una manera tan dependiente, que prefería hacer ojos ciegos a sus defectos con tal de tenerlo conmigo. “Pero ahora ya no está contigo, él se fue” —No, nunca lo hizo —contesté sin duda en mi voz. —Lo conocí más de lo que él me dejaba ver, se sentía solo y vivía asustado, pero así y todo alejaba al resto del mundo, no sé por qué me soportó por tanto tiempo, creo que en el fondo se divertía, yo lo hacía reír. —Sueles ser bastante ridícula en realidad —murmuré, recibiendo su ceño fruncido, dio la última chupada al cigarro antes de encender otro. —Hasta que quedé embarazada —levantó los hombros, como si estuviese hablando de lo nublado que estaba el día y mi respiración se detuvo— yo lo amaba ¿Sabes? Es la única persona que se ha preocupado por mí, bueno, ahora Carlos también lo hace, pero esa noticia lo cambió todo, él tenía todo este rollo con su padre, hablaba de los pecados que se heredan y tiraba de su pelo con tanta fuerza —tenía la vista fija en una mancha en el piso, sumida en su recuerdo— tuve miedo, porque yo no sabía cómo ser mamá, la mía murió cuando era una niña y Marco se hizo cargo de mí, nunca he sabido si realmente es mi padre, hace años que no lo veía, me recibió ahora, cuando no tenía dónde vivir. — ¡Al punto! —exclamé, sintiendo el ardor en mis ojos, la angustia en mí pecho y es que los peores pensamientos cruzaban mí mente, fuera de que él nunca lo había mencionado, recordaba también su reacción esa vez en que casi lo hicimos, cuando se dio cuenta que no estaba protegido y le dio un ataque, yo realmente creí que era por cuidarme, pero ahora… ¿Y si la idea de tener un hijo conmigo era tan repugnante como tenerlo con esta mujer? —Me hizo abortar —las lágrimas cayeron de sus ojos, enrojecidos ahora, haciendo más intenso su color verde— yo no quería, lo amaba y qué más sueña una mujer que tener un hijo con el hombre que ama —verla enjugar sus lágrimas, sufrir y saber que él se lo había provocado, hería mi corazón— pero qué más iba a hacer, dijo que podía ser de cualquiera, que yo era una cualquiera… — ¿Realmente era de él? —había hecho un largo curso de actuación el último año junto a David, no me era difícil fingir para ella en este momento. —Sí, yo solo estaba con él, mierda, pasábamos todo el día juntos, excepto claro, cuando él buscaba otras chicas —presionó sus ojos con fuerza— dijo que no me daría nada ¿Qué iba a hacer? Yo siempre he tenido problemas y… me obligué a creer que era lo mejor, me llevó a una clínica y no lo vi más. — ¿Qué quieres decir con eso? —Sólo me dejó ahí, hizo todo el papeleo y yo tuve una complicación, estuve muchos días interna —tragó mucho aire y miró a Carlos— si no fuera por Carlos no sé qué habría hecho. —No te creo —di un paso atrás, porque mis murallas se estaban derrumbando ¿Dejarla sola? ¿Matar a su propio hijo? ¿Esto era a lo que se refería cuando decía que era un monstruo, igual que su padre? ¿Un monstruo? Mi novio es un monstruo, cruel, despiadado… y real. —Tengo los documentos de la clínica —caminó hasta una repisa y, de una caja de latón, sacó varios papeles doblados en cuatro partes, sucios y arrugados— ahí está la ficha de ingreso, firmada por él y la de egreso, por Carlos, están todos los detalles, todo lo que me sucedió, cómo tuvieron que… como me secaron por dentro —me los estiraba con rabia— sé que yo no estaba bien antes, pero él me destruyó y me tiró a los lobos… lo odio, si quise separarlo de ti antes fue porque no mereces esto, él te destruirá también. —Sácame de aquí —mi voz apenas tenía fuerza y no era capaz de moverme, sentía que mi cuerpo se desharía en millones de partículas. —Mira los papeles, convéncete —en la periferia pude ver el rápido movimiento de Carlos, pero no alcanzó a tomarlos, porque mi grito fue más fuerte. — ¡Que me saques de aquí! —chillé y dejé que me llevara hasta afuera, agradeciendo el aire fresco en mis pulmones, inspiré dos veces y solté el aire con fuerza— llévame a casa. — ¿Estás segura? —No me preguntes estupideces en este momento —saqué mi celular del bolsillo, no era de noche, pero era tarde— estoy entumecida. — ¿Tienes frío? —No —me cosquilleaban las manos, como si hubiese estado sentada sobre ellas. Me ayudó a subir y comenzó a conducir con lentitud, me miraba cada pocos segundos, pero yo solo tenía atención para el paisaje, aunque en realidad, lo que estaba intentando era no pensar, no largarme a llorar. —Estemos un rato aquí —miré a todos lados, había una plazuela junto a nosotros, pero no hizo intento de bajar— ¿Cómo estás? —Como si me hubiesen dicho que mi novio es un parricida. —Que bien que te quede claro. Seguí jugueteando con el celular, debatiéndome si llamarlo o no ¿Qué le diría? Todo esto estaba mal, muy mal, necesitaba escuchar la voz de David y que me dijera que sí estaba bien, pero a la vez, tenía miedo de que me convenciera de ello. O sea, para mí, que todo esté bien, significa que seguimos siendo lo que tanto nos costó construir, pero ahora, más parecía un castillo de naipes, que poco a poco comenzaba a derrumbarse, porque sus bases, no eran tan sólidas como creímos. No es que deje de amarlo, en este momento todo mi sentir se inclina a buscarlo y consolarlo, por lo que pudo haber sufrido en ese momento, quizás la dejó sola, pero es que para él todo eso debía ser tan duro. Suspiro. —No sé qué hacer —gimo suavemente. —Sé lo que deberías hacer, pero si te lo digo me odiarás, debes decidirlo sola —puso sus dos brazos sobre el volante y apoyó el rostro en ellos, mirándome— voy a estar aquí, no me moveré. —Esto va a doler —susurré y presioné por varios segundos el número uno de mi celular, conectando la llamada de forma automática. —Mi amor, estaba haciendo la hora para llamarte —su voz, suave y hermosa, como el más delicado de los terciopelos. —No vengas, ya no estaré para ti —carraspeó una vez y escuché el susurro del aire entrando por su boca, pero no dijo nada— si vienes sólo lograrás aplazar algo que es inevitable, ha sido suficiente. —Cami —su voz sonó temblorosa y mi corazón se estrujó de dolor— pero… —Creí poder, pero ya ha sido demasiado, he tratado de comprenderte antes, he estado ahí en todos tus episodios, por lo menos debiste ser honesto conmigo, era lo único que te pedí, que no me mintieras y cada vez que descubro algo más, trato de dejarlo pasar, pero esto no lo puedo perdonar… ya no más, he tratado de ser fuerte, pero no me queda más de dónde aferrarme para seguir siendo tu sostén… se acabó, me exento de esta relación que no va a ninguna parte. —No, Cami, me lo prometiste, no puedes… dejarme, no así, no ahora, te necesito —cerré los ojos, sintiendo cómo el mundo comenzaba a girar— ¿Qué es tan difícil? Dímelo, tengo derecho a defenderme —jadeó con fuerza— iré de todos modos, sólo para que hablemos, que me mires a la cara y me digas esto, Cami, no así, no de este modo… —Es que no soportaría verte y, de todos modos, no estaré para ti, adiós, David. Sentí cómo el celular se deslizaba por mi mano, aunque no lo sintiera caer, mi cuerpo flotaba, en una nebulosa caliente y pesada, que no me permitía respirar, el calor subía desde mis pies, apoderándose de todo mi cuerpo, convirtiéndose en un horrible odio. —Llévame a casa —gruñí, con mis labios entumecidos. —No creo que sea lo mejor, demos una vuelta primero. Carlos. Sabía muy bien cuán egoístas eran sus intenciones, sabía que él buscaba hacerme sentir sola y vulnerable, para tener su tan esperada oportunidad, había utilizado todo tipo de tretas intentando buscar mi límite, hasta que al fin lo había encontrado, algo que yo no podía perdonar, el que David haya decidido terminar con la vida de su hijo nonato. Había sido mi error confiar en Carlos sabiendo lo que deseaba, permitiendo que me envolviera en esta ola de confusión y dolor. Quizás no pensé bien al buscar en él la opinión ecuánime que nadie más me podría dar. Mel y Tom ya no estaban, Anabel demasiado ocupada en su trabajo y Jeremy, él era el ser más devoto a David que jamás haya visto, si bien su consuelo era perpetuo, no podía pedirle una opinión, porque siempre lo defendería. Y Carlos lo conocía bien, quizás mejor que cualquiera de sus amigos, pero nunca pensé que su interés por mí tuviera límites tan poco claros. Otra ola de fuego me recorrió en ese momento. Erróneamente, él pensaba que, poniéndome en esta situación horrible, saldría ganando, si ya no estaba con David, entonces iría corriendo en busca de otro hombre, en su busca. No sabía lo equivocado que estaba, no sabía cuánto me hacía odiarlo por esto. Por el rabillo del ojo vi, para mi sorpresa, cómo sacaba el chip del celular y volvía a armar el aparato dejándolo junto a mí, pero cuando lo observé romper el pequeño cuadradito, con todos mis contactos en él, un fuerte dolor se instaló en mi pecho. — ¡No, imbécil! —grité, abalanzándome sobre él y los pedazos volaron por la ventana, inutilizables— te odio —chillé y mis manos se movían sin que las pudiera dominar, golpeándolo con tanta fuerza, en su rostro, su pecho— ¿Por qué me haces esto? Te odio, te odio —callándome al sentir la presión en mis muñecas y su expresión furiosa. —Tranquilízate —rugió— esto no es mi culpa, yo sólo te estoy ayudando, quédate quieta —y mis brazos languidecieron, con un leve temor, tiré de ellos y regresé a mi asiento. Esta vez ya no pude controlarlo, dejando que las lágrimas fluyeran sin parar, pensando en que siquiera mi canción de cuna estaría a salvo en la memoria. —Llévame a casa —ordené, con voz seca. —Si así lo quieres —encendió el motor y aceleró, desviando su camino un poco más allá, tomando la tan conocida intersección. Podía sentirlo aún con más fuerza, el calor ya iba por mis caderas y una pequeña sonrisa de satisfacción casi apareció en mi boca, usando la fuerza de todo el dolor que sentía en mis entrañas, pero obligándome a no pensar en lo inevitable, en este momento, sólo quería odiar. — ¿Te acompaño? —sus ojos parecían temerosos ahora, me miraba con duda en ellos. —No —guardé el celular en mi bolsillo, secando mis lágrimas, aunque venían más en camino, pensando en cómo estaría David tratando de llamarme a un número que ya no existía— ya no quiero verte más —una mueca se formó en la parte superior de mi boca. —Estás siendo ridícula, yo no… —Tú sí… —cerré los ojos, a ver si así podía calmarme— ¿Te gusta verme así? ¿Eso es lo que buscabas? — ¿De qué mierda estás hablando? Yo te quiero, Cami, esto es por tu bien. Abrí la puerta, gruñendo a través de mis dientes y la cerré con fuerza, cruzando hasta mi casa sin mirar atrás, ni siquiera ante su llamado desesperado. Busqué las llaves en mi bolsillo, pero temblaba tanto y mis ojos estaban completamente nublados, solté un chillido de rabia, cayendo al suelo de rodillas, presionando mi pecho con ambas manos, las oleadas de calor se habían convertido en verdadero fuego, quemándome por dentro. —Cami, hija —escuché la voz de mamá, pero no pude reaccionar, ni siquiera para decirle que me dejara sola. Traté de dar la vuelta en la cama, pero no pude moverme; traté de abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como rocas y, si lo pensaba bien, era como si la cabeza hubiese doblado su tamaño. ¿Estaba enferma? Me quejé, aunque no sé si de forma audible, estirando mi mano, buscándolo, pero el viaje de mis dedos se hizo eterno, sólo sintiendo la fría sábana bajo ellos. — ¿David? —susurré, sintiendo la boca tan seca. —Tranquila, hija, sigue durmiendo —casi logré sonreír ante las caricias de mi madre, pero entonces lo recordé… David, Celine, bebé… y los espasmos se apoderaron de mis músculos, sintiendo el ardor de las lágrimas saladas en mis ojos— no, no sigas, por favor, ya ha sido suficiente. —Déjame —sollocé con rabia, tratando de ordenarle a mi mano que quitara la suya de mi piel, pero aún no me obedecía. —No y dejarás de llorar si no quieres que vuelva a llamar al doctor para que te inyecte un calmante. Sentí algo húmedo, refrescante limpiando las lágrimas que se iban haciendo escasas, bebí un poco del agua que me ofreció y permanecí ahí, con los ojos cerrados, hasta que el verdadero sueño se apoderó otra vez de mí. —Cami —abrí los ojos de forma automática, encontrándome con el rostro de Anabel frente a mí— debes comer algo, Sophia dejó esta sopa, algo liviano dijo el médico. —No tengo hambre —volví a cerrar los ojos, pero el rugido de mi estómago me sobresaltó. —Vamos, si quieres te ayudo a sentarte. —Puedo sola —me volteé de espaldas lentamente, girando mis pies hasta sentir el frío del ambiente sobre mi piel, dejándolos caer al suelo, apoyando la mano en el colchón, me senté, notando que el mundo daba vueltas a mi alrededor— quiero ir al baño —traté de sonreír al ver el pequeño cuerpo de mi amiga sosteniéndome, pero no logré más que una mueca— me siento como si un auto hubiese pasado sobre mí. —Has dormido todo un día. —Eso lo explica, déjame, si te necesito te llamo. — ¿Estás segura? Sólo asentí y esperé a ver cerrarse la puerta para mirarme en el espejo, tenía los ojos hinchados, enormes ojeras y la palidez de un muerto. ¿Y si viene? Sus planes eran llegar temprano en la mañana, si he dormido todo un día, es que pronto va a anochecer, quizás en doce horas más. Mordí mis labios ¿Podía vivir con eso? Sí, definitivamente sí y hablaremos, le rogaré que me lo cuente todo, quiero saber también su versión… una sonrisa de esperanza se amplió en mi rostro, él vendrá por mí, porque me ama y luchará por nuestro amor. Poco rato después regresé al dormitorio, con el ánimo más repuesto, pero aún con más hambre, observé a Anabel que buscaba algo en mis cajones y me fui directo a la bandeja con comida sobre la cama. — ¿Jeremy? —exclamé viéndola dejar un par de jean y una sudadera sobre la cama. —Aún no me hables de él, sigo enojada. —Pero es que ¿Terminar? —una sonrisa llena de picardía amenazó con aparecer en su rostro. —Sí, tiene que aprender, no me gusta un hombre celoso. — ¿No? —esta vez me tocó sonreír a mí— es solo cosa de saber manejar esos celos, puedes volver las cosas a tu favor. —Eso pretendo o al menos lo intentaré —se levantó de hombros y se sentó a mi lado— no es de mí que debemos hablar ahora ¿Qué pasó? —Nada, al menos eso espero. —Me estás mintiendo —enfrenté su mirada segura y mis ojos bajaron al suelo. —Sí, pero si te lo cuento se hará realidad y no estoy segura de sí quiero que lo sea. —Yo… —se lanzó de espaldas en la cama, tapándose el rostro con las manos— yo nunca te pedí disculpas. — ¿Disculpas? ¿Por qué? —ocupé el lugar junto a ella y nos miramos fijamente. —Por oponerme a lo de ustedes, realmente creía que él no podría hacerlo. —No te preocupes, eso ya es tiempo pasado, pero hay algo en que tenías razón. — ¿Sí? —su ceño se frunció. —Dijiste que aunque me amara, él me haría sufrir. —Si Jeremy se fuese lejos, cualquiera sea su motivo, yo me muero —esperó unos segundos para continuar— a veces es inevitable provocar dolor, no necesariamente es con la intención. —Vuelve con él, no me gusta verlo triste. —Todo depende de cuándo se anime a pedirme disculpas, mientras no reconozca que fue su error, yo no puedo hacer mucho —se puso de pie con su ánimo habitual y me tiró la ropa en la cara— vístete, vamos a salir un poco, necesitas aire. En el antiguo auto de Sophia, fuimos hasta una cafetería, no la que habitualmente visitábamos, para evitar vernos envueltas en recuerdos, bromeamos y hablamos de cualquier tema durante un par de horas. De regreso a casa, la presión en mi pecho, la que me había acompañado últimamente, se hizo más intensa, tenía miedo de estar sola, porque era en esos momentos que mi mente se aceleraba, desmenuzando cada situación y, la verdad, ya no confiaba mucho en mis conclusiones. Pero había un temor más fuerte aún, que había estado en los bordes de cada uno de mis pensamientos desde que me miré al espejo en el baño, la sola idea hacía que mi corazón se contrajera con fuerza ¿Y si él no venía por mí? ¿Y si comprobaba que en realidad él no tenía la fuerza para conservar este amor? —Todo estará bien —sentí la mano de Anabel en mi hombro e intenté sonreír. Me encontré con toda la familia reunida en la cocina, incluyendo a Jeremy, que me observó con inquietud y Sophia que corrió a abrazarme. —Hija, me preocupé cuando llegué y no te vi ¿Cómo estás? —Mejor, sólo fue… no sé, pero estoy bien ahora —mentí— te ayudo en algo. — ¿Y tu celular? Te llamé un millón de veces. —Quizás esté apagado —suspiré, no quería dar respuestas en ese momento. Sentía el cansancio en mis músculos, pero prefería retrasar el momento de ir a mi dormitorio y, después de comer, hasta dejé la loza lavada. Apagando la luz, subí la escalera, cabizbaja, sorprendiéndome al encontrar a Jeremy sentado en mi cama. — ¿Jer? —deslicé mis dedos en su pelo haciéndolo levantar la cabeza y mirarlo a los ojos que mantuvo cerrados— ¿Qué pasa? —Estuviste con ella —murmuró. —Sí, hablamos de ti —tomé su rostro con mis dos manos. —No me va a perdonar ¿Verdad? — ¿Por qué crees eso? —me senté a su lado, pensando en que me era más fácil hacer a un lado mi tormento si me ocupaba del de ellos. —Porque la he llamado y no me contesta —suspiró con fuerza— no he querido molestarte, sé que tienes tus propios dramas y que hoy estuviste muy mal —tomó mi mano izquierda y jugueteó con mis uñas, delineándolas suavemente— mejor cuéntame de ti… —No, siempre estás para mí, es tu turno ahora —le sonreí, tratando de infundirle seguridad, pero él sólo pudo suspirar. —Al principio estaba tan furioso, que no me importó demasiado no verla, pero después, pensaba y la extrañaba, ella me hace reír. —A todos nos hace reír. —Emilie siempre se ha burlado de mi por ser tan apegado a mamá, cuando decidieron regresar a Seattle fue muy duro, pero conocer a Anabel ¿Recuerdas ese día? —Cómo no, fue muy divertido, ustedes se miraban como dos tontos. —Había salido con algunas chicas antes, pero nunca había sentido lo que ella me provocó ese día. —Amor a primera vista. —Como un tonto —hizo una mueca— le expliqué de inmediato lo de mi promesa, porque no quería tener problemas por eso. — ¿Por qué? —me miró extrañado— lo de tu promesa ¿Por qué? —Siempre me gustó leer, tú sabes que me fascina todo lo que tiene que ver con las historias del sur y los soldados de la confederación, era muy niño, soñaba en cómo debía ser un verdadero caballero y un día le dije a papá que iba a hacer una promesa de celibato hasta casarme —una sonrisa apareció en su boca, mezclada con una chispa de tristeza en su mirada— se rió tanto que ya no podía ni respirar y me dijo si acaso yo sabía lo que eso era. — ¿Lo sabías? —Claro que no, si tenía ocho años, pero el asunto es que me sentí tan ofendido, así que comencé a estudiar y mientras más lo hacía, más se iba formando mi idea, no es algo religioso, es algo de principios, de que cada vez entendía más que una relación no se puede basar en el sexo y que, por lo mismo, la primera vez era un regalo sagrado que sólo debía ser concedido en la primera noche de bodas —suspiró— no te rías. —No lo hago —tuve que morder mis labios con fuerza para que estos no se curvaran— ¿Sabes qué pienso? — ¿Fuera de que quieres burlarte de mí? —Además de eso, pienso que eres quizás un romántico y, también, que tienes miedo. — ¿Miedo? —Creo que entiendo un poco tu idea —mordí mi labio suavemente— David y yo hemos cometido muchos errores —costaba reconocer lo que iba a decir— él no debió mentirme y yo… —tragué aire, pero este no quiso entrar a mis pulmones— yo creí que, si le daba todo lo que necesitaba, de alguna manera se sentiría obligado a quedarse… pero aun así no lo hizo… tienes razón, si hubiésemos esperado, yo no me sentiría tan decepcionada y dolida. —Él te ama —su voz fue un gemido. —Quizás, pero no lo suficiente —cerré los ojos, concentrándome en la caricia de sus dedos, cómo quisiera que fuese él— debes hablar con Anabel, ser completamente sincero, no esperes que ella entienda si no le dices todo lo que sientes. —Estoy dispuesto a eso y mucho más con tal de volver. — ¿Incluso a eso? —traté de que se escuchara como broma, pero la tristeza era demasiado fuerte. —No, no a eso, si no puede respetar mis ideales, es que tampoco me ama a mí, aunque duela, tendría que comprender que ella no es la indicada. —Quizás, como dices tú, por mucho que duela, David tampoco es el indicado o yo para él, no lo sé. — ¿Llegará mañana? —Le dije que no venga —confesé, sin atreverme a mirarlo, aunque sabía que estaría realmente preocupado por su amigo, más que por mí— pero sinceramente espero que no me haga caso, debería estar tomando el avión si sigue los planes. — ¿Y si no viene? —Cuando eso suceda, entonces planearé el modo de que podamos hablar, realmente lo necesitamos —a cada minuto que pasaba, se iban generando en mi cabeza nuevos escenarios del reencuentro. —Espero que llegue —rodeó mis hombros con su brazo. — ¿Devuélveme mi habitación? Sólo por esta noche. —Si así lo quieres, iré por mis cosas. Dejé la cortina abierta, apagué la luz y me acomodé entre las sábanas que olían a Jeremy, abrazando la almohada con fuerza, esperando que llegara el amanecer y David con él.
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