El silencio del motel solo era interrumpido por el zumbido tenue del ventilador de techo. La habitación estaba oscura, iluminada apenas por el resplandor del poste de luz que se filtraba por las cortinas gastadas. Dylan yacía sobre la cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando el techo sin ver realmente nada. Ethan dormía en la cama de al lado, su respiración tranquila, ajeno a los pensamientos turbulentos de su hermano.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Dylan frunció el ceño. Nadie llamaba a esas horas, y menos de un número desconocido. Se incorporó lentamente, sin hacer ruido, y tomó el celular. Al deslizar el dedo por la pantalla, se llevó el dispositivo al oído.
-- ¿Quién demonios es? -- susurró con voz ronca.
Un silencio corto. Luego, la voz que menos esperaba.
-- Dylan… soy yo. --
El mundo pareció detenerse. Henry.
Dylan se puso de pie de golpe, saliendo al pasillo con pasos apresurados. La noche estaba helada, pero su cuerpo ardía por la tensión. Su padre. El hombre que había desaparecido sin dejar rastro. El hombre al que había estado buscando sin descanso.
-- ¿Papá? ¡¿Dónde diablos estás?! --
Otro silencio. Luego, la voz de Henry sonó más baja, casi como un susurro.
-- Escúchame bien, Dylan. Deja de buscarme. No quiero que sigan mi rastro. Estoy bien. --
Dylan sintió un nudo en el estómago.
-- No me jodas, viejo. ¿Tienes idea de lo que hemos pasado? ¿De lo que Ethan ha pasado? ¡Creímos que estabas muerto! --
-- No estoy muerto -- respondió Henry con tono firme. -- Y no quiero que sigan buscándome. Lo que estoy persiguiendo… es más grande de lo que creen. --
Dylan apretó los dientes. Su mano temblaba de la rabia.
-- ¿Más grande? ¿Más grande que la muerte de mamá? --
Silencio.
La respiración de Henry se escuchó pesada al otro lado.
-- Sí. Estoy cazando a lo que la mató. Y no quiero que ustedes dos se metan en esto. No están listos. --
Dylan sintió un peso en el pecho. No estaban listos. Otra vez lo mismo.
-- No tienes derecho a decidir eso. Ethan y yo merecemos saber la verdad. --
Henry suspiró.
-- Tu hermano no debe involucrarse. Cuídalo, Dylan. Aléjalo de esto. --
Dylan sintió que la sangre le hervía. Le estaba pidiendo que le mintiera a Ethan.
-- ¿Y si no lo hago? -- desafió.
-- No es una opción. --
Dylan apretó la mandíbula, su respiración entrecortada por la furia.
-- Hijo de puta… --
Pero antes de que pudiera decir algo más, la llamada se cortó.
El teléfono quedó en su mano, con la pantalla en n***o.
Dylan golpeó la pared con fuerza, dejando los nudillos ardiendo. Su padre estaba vivo. Y lo peor de todo: le estaba ocultando la verdad a Ethan.
Respiró hondo, cerrando los ojos con frustración. No podía decirle. No aún.
Se quedó allí unos minutos, dejando que el frío de la noche lo calmara. Cuando regresó a la habitación, Ethan seguía dormido, su rostro relajado, ajeno a todo.
Dylan se sentó en la cama y se pasó las manos por el rostro.
-- Lo siento, hermano… -- murmuró en la oscuridad.
El sonido del agua corriendo en el baño despertó a Ethan. Parpadeó un par de veces, acostumbrando sus ojos a la penumbra de la habitación. Dylan no estaba en su cama.
Se pasó una mano por el rostro y suspiró. Miró el reloj de la mesa de noche: 7:43 a.m.
Se levantó con pereza, estirando los músculos tensos por el mal colchón del motel. Se sentó en la cama y tomó su computadora portátil, encendiéndola con un bostezo.
Mientras la pantalla se iluminaba, abrió una pestaña con los periódicos digitales locales. Era una rutina que había adoptado desde que empezó a cazar con Dylan. Cada día, revisar reportes de muertes extrañas, desapariciones o cualquier indicio de actividad sobrenatural.
Fue entonces cuando lo encontró.
Un artículo titulado:
"Otro cuerpo encontrado en Ravenshire. ¿Un asesino suelto o algo más?"
Ethan frunció el ceño y abrió el enlace.
Un pequeño pueblo en las montañas de Colorado estaba aterrorizado por una serie de asesinatos brutales. Los cuerpos aparecían mutilados en las afueras del bosque, con las extremidades desgarradas y los ojos arrancados. La policía no tenía pistas, y los lugareños hablaban en susurros sobre una "maldición" que acechaba el bosque.
Hombres lobo.
Ethan sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había leído sobre este tipo de ataques antes. Manadas que se establecían en pequeños pueblos, cazando en la oscuridad, eligiendo víctimas al azar o protegiendo su territorio.
La puerta del baño se abrió, y Dylan salió secándose el cabello con una toalla.
-- ¿Dormiste bien, princesa? -- dijo con una media sonrisa.
Ethan ignoró la burla y giró la pantalla de la laptop hacia su hermano.
-- Tenemos un caso.
Dylan arqueó una ceja y se acercó. Leyó rápidamente el artículo y chasqueó la lengua.
-- Mierda… eso grita hombres lobo.
-- Lo sé. Y es reciente. El último ataque fue hace dos noches.
Dylan se cruzó de brazos, pensativo.
-- Un pueblo en medio de la nada, víctimas con heridas brutales… suena a un jodido festín de lobos.
-- ¿Vamos? -- preguntó Ethan, cerrando la laptop.
Dylan tomó sus llaves del Impala y sonrió.
-- Ya estás tardando en hacer las maletas.
La carretera se extendía frente a ellos como una serpiente de asfalto entre las montañas. El Impala rugía con fuerza mientras Dylan mantenía las manos firmes en el volante, con la mirada fija en el camino. Ethan, a su lado, revisaba una libreta donde había anotado detalles del caso.
-- El pueblo se llama Ravenshire -- dijo Ethan, sin apartar la vista del papel. -- Es pequeño, no más de dos mil habitantes. Casi todos viven de la madera y la caza.
Dylan bufó.
-- ¿Y qué? ¿Están cazando ellos o los están cazando?
-- Parece que los están cazando -- respondió Ethan con seriedad. -- Cinco muertos en un mes. Todos encontrados cerca del bosque, despedazados. Los lugareños dicen que son ataques de osos.
Dylan sonrió con ironía.
-- Claro, porque los osos arrancan ojos y dejan los cuerpos esparcidos como si fueran juguetes rotos.
Ethan cerró la libreta y lo miró.
-- Hombres lobo, Dylan. Lo sabemos.
Dylan asintió, acelerando un poco más.
Dos horas después, llegaron al pueblo. Ravenshire tenía ese aire de lugar olvidado por el tiempo: calles de tierra, casas de madera con techos inclinados, y un ambiente de melancolía en el aire. A pesar de ser mediodía, la gente caminaba con la cabeza baja, como si el miedo se hubiera convertido en parte de su rutina diaria.
El Impala se estacionó frente a un pequeño bar con un letrero de neón parpadeante. Dylan apagó el motor y bajó del auto con un suspiro.
-- Hora de conseguir información.
Ethan lo siguió, y al entrar al bar, el olor a madera vieja y tabaco los envolvió. El lugar estaba medio vacío, con un par de lugareños bebiendo en la barra y una mesera limpiando vasos con desgano.
Pero lo primero que notaron fue Zoey.
Estaba sentada en una mesa al fondo, con una cerveza en la mano y un montón de periódicos esparcidos frente a ella. Parecía estar investigando el mismo caso.
Cuando levantó la vista y vio a los hermanos, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
-- Vaya, vaya… -- dijo, recargando la espalda contra la silla. -- ¿Qué hace el dúo dinámico en un pueblo como este?
Dylan cruzó los brazos, frunciendo el ceño.
-- Debería preguntarte lo mismo.
Zoey tomó un sorbo de su cerveza y lo miró con diversión.
-- Estoy trabajando. ¿O creías que solo vine de vacaciones?
Ethan y Dylan se sentaron frente a ella. Ethan echó un vistazo a los periódicos y reconoció los titulares.
-- Así que también estás tras esto -- murmuró.
-- No me gusta cuando los lobos hacen desmadres -- respondió Zoey con tranquilidad.
Dylan la miró fijamente, notando algo en su tono.
-- ¿Sabes más de lo que dices, cierto?
Zoey le sostuvo la mirada, sus labios curvándose en una sonrisa enigmática.
-- ¿Qué te hace pensar eso?
Dylan apoyó los codos en la mesa, acercándose ligeramente.
-- Porque no confío en ti.
El ambiente se tensó por un momento. Zoey sostuvo su mirada desafiante, pero había un brillo en sus ojos que no estaba ahí antes.
Finalmente, ella se encogió de hombros y sonrió.
-- Pues… eso es una lástima, porque van a necesitar mi ayuda.
Dylan no respondió de inmediato, pero Ethan notó cómo su mandíbula se tensaba.
Sabía que su hermano odiaba sentirse acorralado, y Zoey tenía esa extraña habilidad de empujarlo al límite.
-- Si te metes en nuestro camino… -- comenzó Dylan, su tono bajo y peligroso.
Zoey inclinó la cabeza, su sonrisa más amplia.
-- Me vas a matar, ¿cierto? --
El silencio que siguió fue denso.
Pero Zoey se levantó con calma, terminando su cerveza de un trago y tirando unos billetes en la mesa.
-- Relájate, grandote. Solo vine a ayudar. -- Se giró hacia Ethan y le guiñó un ojo. -- Nos vemos en el bosque, chicos.
Y sin más, salió del bar, dejando a los hermanos con más preguntas que respuestas.
Dylan apretó los puños sobre la mesa, sus nudillos blancos.
Ethan suspiró.
-- Sabes que tiene razón. Vamos a necesitar su ayuda.
Dylan gruñó entre dientes.
-- Y eso es lo que más me jode.