La noche había caído sobre Ravenshire. Las luces del motel parpadeaban, proyectando sombras irregulares en el asfalto del estacionamiento. Dylan cerró la puerta de la habitación con más fuerza de la necesaria y dejó caer su chaqueta sobre la silla.
Ethan estaba en la mesa, revisando mapas del bosque donde se habían encontrado los cuerpos. Levantó la vista un segundo.
-- Voy a la comisaría a hablar con el sheriff -- dijo, guardando sus papeles. -- Trataré de averiguar si hay testigos o algo que nos ayude.
Dylan solo gruñó en respuesta. Ethan rodó los ojos y tomó las llaves del Impala.
-- No hagas estupideces mientras no estoy -- murmuró antes de salir.
Apenas la puerta se cerró, un golpe en la ventana hizo que Dylan girara la cabeza. Zoey.
Estaba afuera, recargada contra el marco con esa media sonrisa de burla que siempre lo sacaba de quicio. Se veía tranquila, pero en sus ojos brillaba algo diferente. Algo desafiante.
Dylan abrió la ventana con brusquedad.
-- ¿Qué mierda quieres ahora? -- espetó, apoyando los antebrazos en el marco.
Zoey se encogió de hombros.
-- Solo pasar el rato. Parece que te pusiste de mal humor después de verme en el bar.
Dylan rió con amargura.
-- No te tengo en mal humor, Zoey. Simplemente no confío en ti.
Zoey inclinó la cabeza, evaluándolo con la mirada.
-- ¿Seguro que solo es eso? --
Dylan sintió un tirón en su interior. Maldita sea, ella siempre sabía cómo empujarlo al borde.
Sin pensarlo mucho, se apartó de la ventana y abrió la puerta de la habitación.
-- Entra, si vas a joderme, al menos hazlo con comodidad.
Zoey arqueó una ceja, pero no dudó en cruzar el umbral. Caminó con calma, observando la habitación con una sonrisa burlona.
-- Bonito lugar -- comentó con su tono insolente de siempre. -- ¿Siempre eliges los moteles más cutres?
Dylan cerró la puerta con fuerza, sin apartar la vista de ella.
-- Son baratos.
-- Siempre tan práctico -- murmuró Zoey, avanzando lentamente. Sus caderas se balanceaban con naturalidad, una seguridad nata en cada movimiento.
Él no se movió. No iba a jugar su juego.
-- Me pregunto… -- continuó ella, con esa sonrisa que lo sacaba de quicio. -- ¿Por qué te molesta tanto que haya venido? ¿Es porque no confías en mí… o porque no puedes controlar lo que sientes cuando estoy cerca?
Dylan sintió la sangre arderle en las venas.
-- No juegues conmigo, Zoey.
Ella inclinó la cabeza, divertida.
-- ¿Y qué pasa si quiero jugar? --
El autocontrol de Dylan se rompió.
Cerró la distancia entre ellos en un solo paso y la atrapó entre sus manos, sus labios chocando con los de ella en un beso feroz, cargado de rabia y deseo. Zoey no se quedó atrás. Lo desafió, enredando sus dedos en su cabello y jalándolo con fuerza mientras lo besaba con la misma intensidad, mordiendo su labio inferior como si quisiera reclamarlo.
Dylan gruñó contra su boca, acorralándola contra la pared. Su cuerpo se pegó al de ella, firme, sólido, dejando que sintiera el calor que lo consumía. Sus manos descendieron por su espalda, recorriéndola con una urgencia salvaje antes de deslizarse bajo su camisa. La tela no tardó en desaparecer.
Zoey jadeó cuando él atrapó su cuello entre sus labios, dejando un rastro ardiente en su piel. Se arqueó contra él cuando Dylan le desabrochó el sujetador con una facilidad irritante, sus manos reclamando cada centímetro de su piel expuesta.
-- No sabía que te gustaba tan rudo -- murmuró Zoey contra sus labios, su respiración entrecortada.
Dylan sonrió de lado, deslizando sus dedos por la curva de su cintura antes de aferrarse a sus caderas y pegarla más a él.
-- Vas a descubrir muchas cosas esta noche -- susurró con voz ronca.
La levantó en brazos con facilidad, y Zoey entrelazó sus piernas alrededor de su cintura. Sus labios volvieron a encontrarse en un beso más desesperado, más crudo. Era un choque de fuego contra fuego, una batalla donde ninguno quería ceder.
Dylan la llevó hasta la cama y la dejó caer sobre el colchón con un movimiento brusco. Zoey soltó una risa traviesa, mirándolo con sus ojos brillando de anticipación.
-- ¿Siempre tan brusco? -- provocó, deslizando la lengua por sus labios hinchados.
Dylan se quitó la camisa y la lanzó a un lado.
-- ¿Siempre tan bocazas? -- replicó, inclinándose sobre ella.
Su boca recorrió su clavícula, bajando lentamente mientras sus manos exploraban cada rincón de su cuerpo. Zoey se retorció bajo su tacto, su respiración volviéndose errática con cada caricia, con cada beso que Dylan dejaba sobre su piel.
Ella arañó su espalda, marcándolo, dejando un rastro de líneas rojas sobre su piel. Él adoraba esa sensación.
Cuando las manos de Zoey bajaron hasta el borde de su pantalón, Dylan la atrapó de las muñecas y las sujetó contra el colchón.
-- Paciencia -- murmuró contra su cuello, su aliento cálido haciéndola estremecer.
Zoey gimió suavemente, sus ojos encendidos de deseo y desafío.
-- Me gusta cuando me dominas, Ravenwood… pero no creas que no te lo devolveré.
Dylan sonrió, inclinándose hasta que su boca rozó la de ella, apenas un susurro de contacto.
-- No esperaría menos.
Y entonces se perdió en ella.
La habitación se llenó de susurros entrecortados, jadeos ahogados y el sonido de cuerpos buscándose con una desesperación primitiva. El mundo dejó de existir, reducido solo a ese momento, a ese fuego incontrolable que los consumía.
Era salvaje. Puro. Una pasión prohibida que ambos sabían que solo los llevaría a la destrucción.
Pero esa noche… no les importaba.
El silencio en la habitación del motel era espeso, solo interrumpido por la respiración entrecortada de ambos. Dylan y Zoey yacían sobre las sábanas desordenadas, sus cuerpos aún entrelazados, la piel ardiente por el contacto.
Dylan tenía un brazo por detrás de la cabeza, mirando el techo sin decir una palabra. Sentía su pecho subir y bajar lentamente, todavía dominado por el efecto de la adrenalina.
Pero entonces, notó algo.
El corazón de Zoey.
No latía como el de una persona normal. Era demasiado lento.
Frunció el ceño. Su instinto de cazador, el que había ignorado durante la última hora, comenzó a encenderse de nuevo.
Zoey, a su lado, giró el rostro hacia él, con una expresión diferente a la de antes. Ya no era pura seducción ni desafío… era cautela.
Dylan la miró fijamente.
-- ¿Qué demonios eres? --
Zoey exhaló con lentitud y se incorporó, cubriendo su torso con la sábana. Sus ojos oscuros se clavaron en los de él con una intensidad peligrosa.
-- Sabía que lo notarías tarde o temprano. --
Dylan se sentó de golpe, sus músculos tensándose.
-- Responde la maldita pregunta, Zoey. --
Ella guardó silencio unos segundos antes de murmurar:
-- Soy una mujer lobo, Dylan.
El mundo pareció detenerse.
La sangre de Dylan se congeló en sus venas. Su mente procesó las palabras a una velocidad vertiginosa. Todo encajó en ese instante.
Su actitud evasiva. Su extraña conexión con el caso. El modo en que parecía saber demasiado sobre la manada que estaban cazando.
Zoey no era solo una aliada en esta cacería.
Era parte de la misma maldita especie que estaban buscando eliminar.
Dylan no lo pensó. Actuó por puro instinto.
Con un movimiento rápido, sacó el cuchillo de plata de la mesita de noche y lo lanzó directo a su pecho.
Pero Zoey ya lo esperaba.
Se movió con una agilidad sobrehumana, esquivando la hoja en el último segundo y rodando fuera de la cama. La sábana cayó al suelo mientras ella se levantaba de un salto, con la respiración agitada.
Dylan también se puso de pie, con los puños apretados y los ojos encendidos de furia.
-- ¡¿Desde cuándo te estabas riendo en mi cara, maldita perra?! -- escupió, con la mandíbula apretada.
Zoey no retrocedió. No mostró miedo.
-- Nunca me reí de ti, Dylan -- respondió con voz firme. -- Nunca te mentí. Solo… nunca lo dije en voz alta.
Dylan apretó los dientes hasta que su mandíbula dolió. Su mano seguía aferrada al cuchillo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
-- ¿Y qué esperabas? ¿Que te agradeciera? -- soltó una carcajada amarga. -- ¡Eres un maldito monstruo!
Zoey cerró los ojos por un instante, como si esas palabras la golpearan más fuerte de lo que esperaba.
Cuando los abrió de nuevo, su mirada era de acero.
-- ¿Un monstruo? -- repitió con voz fría. -- ¿Y qué eres tú, Dylan? ¿Un santo?
Dylan sintió un fuego rabioso crecer en su interior.
-- No compares lo que hacemos con lo que eres. Yo cazo a cosas como tú. --
Zoey dio un paso adelante, mirándolo directo a los ojos.
-- ¿Y alguna vez te has preguntado si realmente merecemos morir todos? --
Dylan no respondió.
Porque en el fondo, ya conocía la respuesta.
Había visto demasiadas criaturas que sí merecían morir. Pero también había visto otras que solo querían sobrevivir.
Y ahora tenía a una de ellas justo frente a él.
Zoey lo estudió un momento más, notando la batalla en su mirada.
Entonces, bajó lentamente la guardia.
-- Sé que quieres matarme, Dylan. -- Su voz era suave ahora, sin desafío, sin burla. Solo una simple verdad. -- Y lo aceptaré… si realmente crees que lo merezco.
Dylan tragó saliva. Sus dedos temblaban sobre el mango del cuchillo.
Podría hacerlo.
Debería hacerlo.
Pero algo dentro de él… se lo impedía.
No sabía si era el recuerdo de lo que acababa de pasar entre ellos. Si era la forma en que Zoey lo miraba, sin miedo, sin súplicas.
Solo esperando.
Finalmente, bajó el cuchillo.
Su voz salió áspera, con un filo peligroso.
-- Lárgate.
Zoey parpadeó.
-- ¿Qué? --
Dylan dio un paso hacia ella, su presencia intimidante.
-- Te estoy dando una oportunidad. Vete. Desaparece de nuestras vidas. Porque si vuelvo a verte… -- se inclinó hacia ella, su tono más bajo, más amenazante -- … no voy a dudar la próxima vez.
Zoey lo miró por un largo momento. Algo en sus ojos brilló por un instante, algo que Dylan no pudo descifrar.
Pero al final, simplemente asintió.
-- De acuerdo.
Sin decir nada más, recogió su ropa, se vistió en silencio y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo un segundo y giró ligeramente el rostro.
-- Cuídate, Dylan.
Y con eso, desapareció en la noche.
Dylan se quedó allí, mirando la puerta cerrada, sintiendo que algo en su interior se desgarraba lentamente.
No supo qué era.
Solo que se sentía jodidamente equivocado.
Dylan aún estaba de pie en medio de la habitación cuando escuchó el rugido del Impala estacionándose frente al motel.
Ethan.
Su hermano entró con paso apresurado, dejando caer unos archivos sobre la mesa. Su rostro estaba serio, preocupado.
-- Tenemos un problema -- soltó sin rodeos.
Dylan apenas había tenido tiempo de procesar lo que acababa de pasar con Zoey, pero dejó esos pensamientos de lado y se enfocó en su hermano.
-- ¿Qué encontraste? -- preguntó, frotándose la cara con ambas manos para despejarse.
Ethan señaló los papeles que había traído.
-- Los ataques en Ravenshire no son aleatorios. Las víctimas tienen algo en común: todos eran forasteros. Ningún residente ha sido atacado.
Dylan frunció el ceño.
-- ¿Estás diciendo que la manada solo está cazando a los de fuera?
Ethan asintió.
-- Exacto. Parece que están protegiendo el territorio. Todo indica que los asesinatos son advertencias.
Dylan maldijo en voz baja.
-- Lo que significa que saben que estamos aquí.
Antes de que Ethan pudiera responder, un sonido rompió la calma de la noche.
Un aullido.
Largo, escalofriante, retumbando en la distancia como una señal de caza.
Ethan giró la cabeza hacia la ventana, su cuerpo tensándose al instante.
Dylan, en cambio, ya tenía su cuchillo de plata en la mano.
-- Salimos de aquí ahora mismo -- ordenó, tomando su chaqueta y guardando su pistola con balas de plata.
Ethan ya estaba empacando sus cosas cuando, de repente, las luces del motel comenzaron a parpadear.
Un crujido bajo.
Un gruñido gutural.
Dylan reconoció el sonido al instante.
-- Mierda… --
El cristal de la ventana estalló en mil pedazos.
Un enorme lobo gris irrumpió en la habitación, su cuerpo impactando contra Ethan y lanzándolo hacia la pared con un golpe brutal.
Dylan disparó sin pensarlo dos veces.
BANG.
El disparo resonó en la habitación, pero la bestia fue rápida y esquivó la bala por centímetros, lanzándose sobre él con garras afiladas.
Dylan rodó sobre la cama en el último segundo, sintiendo el aliento caliente del lobo rozar su rostro. Con una rapidez impresionante, hundió su cuchillo en el costado de la criatura.
El lobo aulló de dolor, pero no cayó. Eran más resistentes de lo que parecían.
Ethan, aturdido por el golpe, se levantó tambaleándose y disparó dos veces más. Una bala rozó la pierna de la criatura, la otra golpeó su pecho, pero el lobo seguía de pie, furioso, hambriento.
Dylan apenas tuvo tiempo de recuperar el equilibrio cuando otro aullido resonó afuera.
Ethan miró hacia la puerta con horror.
-- No está solo… --
Dylan chasqueó la lengua.
-- Jodido pueblo de mierda.
Un fuerte golpe hizo volar la puerta de la habitación en pedazos.
Dos lobos más entraron.
Ethan y Dylan ahora estaban rodeados.
Dylan miró a su hermano y supo que iban a tener que pelear por sus vidas.
Se encorvó, apretando el cuchillo con más fuerza.
-- ¿Listo? --
Ethan tragó saliva y levantó su pistola.
-- Ni de coña.
Dylan sonrió.
-- Bienvenido de vuelta, hermano.
Y entonces, la verdadera pelea comenzó.
El primer lobo se lanzó contra Dylan con una velocidad sobrehumana.
Dylan rodó hacia un lado justo a tiempo, sintiendo el aire cortante de las garras pasar a centímetros de su rostro. La bestia se estrelló contra la pared, pero se giró en un segundo, con los ojos brillando de rabia y colmillos ensangrentados.
Ethan disparó tres veces más.
BANG. BANG. BANG.
Dos balas de plata impactaron en el pecho del lobo, haciéndolo gruñir de dolor, pero no fue suficiente para matarlo.
-- ¡¿Por qué siguen de pie?! -- gritó Ethan, recargando la pistola con las manos temblorosas.
Dylan saltó sobre la mesa destrozada, esquivando un mordisco del segundo lobo, y enterró su cuchillo en la nuca de la criatura.
El lobo rugió con furia, sacudiéndose con tanta fuerza que lo lanzó contra el suelo.
Dylan jadeó cuando su espalda golpeó el suelo con un impacto seco. El cuchillo seguía incrustado en la criatura, pero el maldito seguía de pie.
Ethan trató de alcanzarlo, pero el tercer lobo saltó sobre él, derribándolo sobre la cama destrozada.
La criatura empujó su hocico contra el rostro de Ethan, sus fauces abiertas, su aliento caliente y putrefacto envolviéndolo.
Ethan forcejeó con todas sus fuerzas, sujetando al lobo por el cuello para evitar que lo mordiera. Pero la bestia era demasiado fuerte.
-- ¡Dylan! -- gritó, sintiendo que su fuerza empezaba a fallar.
Dylan se arrastró hasta donde había caído su pistola. Sus dedos rozaron el metal frío… casi la tenía…
Pero el primer lobo se abalanzó sobre él antes de que pudiera alcanzarla.
Dylan sintió el peso aplastante de la bestia sobre su pecho. Sus garras se hundieron en su brazo, perforando la carne.
-- ¡MALDITA SEA! --
El dolor fue cegador.
El lobo abrió sus fauces… iba a arrancarle la garganta.
Dylan supo que era el final.
Hasta que un rugido aún más fuerte rompió la noche.
La puerta destrozada se partió en más pedazos cuando una sombra oscura irrumpió en la habitación con una velocidad brutal.
Hubo un destello de garras. Un chasquido de huesos.
El lobo sobre Dylan fue arrancado de su pecho de un solo golpe. La criatura voló por la habitación y chocó con la pared, soltando un chillido desgarrador.
Ethan, aún atrapado bajo el otro lobo, miró con los ojos abiertos de par en par.
Porque en medio de la habitación… Zoey estaba de pie.
Pero no era la Zoey que conocían.
Su cuerpo temblaba, su piel cubierta por un brillo sobrenatural. Sus ojos brillaban con un dorado intenso, y sus colmillos sobresalían de su boca.
Sus manos ahora eran garras afiladas, goteando sangre.
Los lobos titubearon.
No porque la vieran como un enemigo… sino porque reconocían lo que era.
Zoey era uno de ellos.
Pero algo en su presencia… algo en su postura dominante los hacía dudar.
Ella gruñó, bajo y amenazante.
-- Lárguense.
Los lobos intercambiaron miradas entre sí. No estaban seguros de qué hacer.
Hasta que Zoey dio un paso adelante… y rugió.
El sonido no era humano. No era solo un rugido de mujer lobo.
Era el rugido de un alfa.
Y los lobos huyeron.
Todos.
Salieron por la ventana rota y la puerta destrozada, desapareciendo en la oscuridad del bosque en cuestión de segundos.
Zoey aún respiraba agitadamente, con sus garras extendidas, su cuerpo vibrando por la transformación parcial.
Ethan la miraba sin poder procesarlo.
Dylan… solo quería matarla.
Se puso de pie con dificultad, su brazo aun sangrando por las garras del lobo. Sus ojos se clavaron en ella con puro odio.
Zoey se giró lentamente hacia él, su expresión ilegible.
Pero Dylan no dijo una palabra.
Simplemente tomó su cuchillo ensangrentado… y lo lanzó contra la pared con furia.
El arma se clavó en la madera con un ruido sordo.
Ethan miró a su hermano.
Dylan estaba temblando. No de miedo. De rabia.
Pero no contra los lobos.
Contra sí mismo.
Porque, aunque la odiaba… sabía que Zoey acababa de salvarles la vida.
Y eso lo jodía más que nada.